Un hermano mayor y atolondrado de la Fuga es el Arrebato. El convulso útero de la Precipitación engendró a estos vástagos tan dispares entre sí en carácter. El "chico" salió como su madre, impulsivo y violento. La "niña" todo lo contrario: contenida, calculadora.
El vehemente muchacho derivará incorregible salvo que el desenlace de alguna de sus tropelías le conduzca de vuelta al seno materno, a saber: al precipicio. Entonces volverá a ser pacífico y apático, como buen perezoso.
La señorita, en cambio, avanzará contra el ejemplo dado en su propia casa, es decir, tomándose su tiempo: es lenta por naturaleza, pero no perezosa como su hermano (la verdadera pereza sólo actúa impulsivamente).
Nuestra precavida joven se detiene a cada paso, pero nunca retrocede, pues ella no es de donde viene sino de adonde va: cartografía primorosamente los vientos y mantiene el rumbo trazado sobre el plano. Si, de repente, la azotaran por la proa imprevistas y furiosas rachas de nostalgia, plegaría las velas pero aparejaría los remos. A brazo partido también se sigue adelante cuando el que sigue tiene la lentitud por costumbre. Ella sabe que el que se apresura pasa de largo, y quien pasa de largo retrocede más rápido por el efecto singular de la singladura curva, que es ley universal.
Su arrebatado hermano mayor desconocía el fin tan perseguido: lo persiguió por tener prisa, simplemente por eso, y de ahí que su destino acabara siendo su lugar de origen: el vientre abierto de un precipicio.
Sin embargo, la Fuga, la hermanita pequeña, ya era muy distinta desde el principio: desde el Precipicio Materno. Ella ya sabía entonces cuál sería su meta: la meta era ir lento a donde fuera, no parecerse a su madre, no precipitarse.
_Sólo hay una forma de escapar del destino -se dijo la Fuga al nacer-: retrasarlo. Yo no permitiré que mi meta se aleje de mí hasta un diferido mañana: la haré mía ahora y lo haré despacio. Que se desespere por mi tardanza mi destino: esa es la forma.
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