Entre las acepciones de la palabra "fuga" hay una que siempre me interesó: "la mayor intensidad de una acción".
Lo que se fuga no es algo que meramente se escapa (escapar es una acción débil). Lo que se fuga tampoco huye, sin más: no sólo se evade, sino que también se desvanece, desaparece repentina y definitivamente.
Los objetos no tienen capacidad para la fuga, que precisa autonomía: son capaces de perderse, pero no de fugarse. Los animales sí son autónomos, pero tampoco tienen la fuga entre sus opciones vitales: dominan, en cambio, el arte de la huida pánica que conduce al extravío. Sólo el humano se fuga según la acepción de marras: intensa y dramáticamente.
La literatura es sólo uno de los múltiples disfrazes de la fuga: tras éste es donde yo me embozo. La literatura es la fuga que yo practico. Por partida doble, además. Pues no solamente me fugo yo escribiendo, sino también mis escritos del cajón en que los encierro. Y las dos son "acciones de la mayor intensidad": verdaderas Fugas en el sentido más arriba comentado y concertado.
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