El artista del humo encendió su enésimo cigarrillo diario. En numeración ordinal, este ocupaba el puesto trigésimo séptimo, pero él no lo sabía porque no sabía contar cigarrillos. A partir del segundo, todos eran enésimos para él; y si le hubiéramos sorprendido fumando se en concreto también habríamos podido decir que estaba fumando su enésimo segundo cigarro sin que él se escandalizara por la acusación implícita: la de ser un "exagerado" por fumar de esa forma, enésimamente.
El humo era creativo a partir de esa cifra temprana de lo enésimo, pues el primero era de puro ensayo, sin valor artístico: lo fumaba porque era su deber, porque no había más remedio para desplegar todo su arte.
Pero del enésimo segundo en adelante ya se consideraba un creador: se divertía, se sentía realizado. El que su obra se esfumara tan rápido en el aire no llegaba a deprimirle por mucho tiempo pues, como buen artista, tenía pasión y disciplina para encender los enésimos uno detrás de otro. Como debe ser en estos casos, el humo lo era todo para él, la obra de su vida.
Pero del enésimo segundo en adelante ya se consideraba un creador: se divertía, se sentía realizado. El que su obra se esfumara tan rápido en el aire no llegaba a deprimirle por mucho tiempo pues, como buen artista, tenía pasión y disciplina para encender los enésimos uno detrás de otro. Como debe ser en estos casos, el humo lo era todo para él, la obra de su vida.
Obviamente, nadie compartía su entusiasmo... Aunque eso es lo normal tratándose del Arte.
Pero volvamos a lo dicho al comienzo: "el artista del humo enciende su enésimo (el trigésimo séptimo) cigarrillo del día cuando...". Es fácil saber cómo sigue esta frase: porque, detrás de un condicional, siempre aparece un psicólogo. Y, como era previsible, ese psicólogo amonesta sin pérdida de tiempo a nuestro artista con una densa humorada propia:
_Permítame decírselo: es usted un compulsivo succionador, amigo. Apuesto a que en su remota infancia fue usted un mamoncete precozmente frustrado.
Por descontado que el artista del humo no se digna contestarle. Al revés: él apura el ritmo de las caladas para poder encender cuanto antes otro enésimo. (El trigésimo octavo, según nuestros cálculos).
En cambio su arte no echa cálculos: solo echa humo, volutas de humo.
A base de volutas: es así cómo nuestro hombre se fuga...
¡Y es que sabe latín!
¡Y es que sabe latín!
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