"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 26 de diciembre de 2015

El lamento final del traidor

¿Será por haber llegado muy lejos que no hay nadie a mi alrededor? ¿O será que, al haber avanzado siempre de traición en traición, todos están ya advertidos y ninguno más se arriesga a ponerse a tiro?... ¡Ah, qué cobardes son los hombres! ¡Yo empeñado en introducir en sus vidas una íntima tragedia que las torne épicas, y ellos pagándome de este modo, con una maldición que no termina, haciéndome el vacío sobre esta soledad de tierra quemada que me rodea!

viernes, 25 de diciembre de 2015

En la piel de Santo Tomás

Para el pensamiento religioso la vida es la única ocasión que tenemos los hombres de prepararnos para bien morir. Hoy en día, sin embargo, casi todo el mundo pasa por ella desperdiciándola. ¿Existe mejor prueba de que Dios ha muerto o, puesto que a estas alturas todos somos racionalistas y sólo creemos en lo que ven nuestros ojos, necesitaremos aún que nos muestren su cadáver?... Tal vez la verdad sea que  muerto o vivo, es muy difícil para un hombre que piensa en la muerte creer en un Ser que no tiene por qué hacerlo. ¡Y, sino, que se lo pregunten a Santo Tomás! 

lunes, 14 de diciembre de 2015

Uno de esos días

Estoy en "uno de esos días", como dicen los anunciantes de compresas y nunca le oí decir a ninguna mujer. Yo no es que tenga la regla, naturalmente, porque lo mío no es un periódico sangrado interior en estrictu sensu, aunque sus síntomas no sean muy distintos, a saber: un malestar o indisposición general, cierta irritabilidad nerviosa y sin causa conocida, y una tendencia instintiva y equívoca a quejarme de mi condición ante mis amistades que, de manera algo contradictoria, va acompañada del orgullo indisimulado que me produce el hecho de tener todavía entre mis múltiples posibilidades la de sangrar. "Sangro, luego existo": conclusión cartesiana que jamás habría podido sacar Descartes, ya que Descartes era un hombre y sólo las mujeres son capaces de concebirla y entenderla. Y, con el permiso de Santa Teresa, también dispongo de la versión mística: "Sangro porque no sangro, y tan grande sangría espero que muero porque no muero". Como iba diciendo, este es uno de esos días en que sangro y muero precisamente porque hace tiempo, mucho tiempo, que no hago ni una cosa ni otra. Ahí afuera está la mañana esperándome como últimamente hace todos los días, pero yo me limito a mirar cómo esa pobre tonta se agita en vano, cómo se agota y termina por morir de la impaciencia de haber deseado tanto y tan inútilmente que, de un momento a otro, se abriese hacia ella mi ventana... ¡Ay! ¡Sangro porque no sangro ni una sola gota de sangre que me permita afirmar: soy, vivo, existo y, por supuesto, me muero!

viernes, 11 de diciembre de 2015

Por siempre Quimera

Comenzaré por diferenciar: no es lo mismo tener espíritu artístico que ser artista. Por ejemplo: mi mujer creía que yo tenía mucho de lo primero y nada de lo segundo, lo que acabaría siendo la causa principal de nuestra separación porque yo, naturalmente, no me resignaba entonces, ni me resigno ahora, a ver como una mera fantasía espiritual de hombre desarraigado mi deseo de concluir alguna vez algo que merezca el calificativo de "obra de arte". Pero pretender hacer obras de Arte es una ambición de naturaleza quimérica en un mundo en que la Quimera ha dejado de ser un mito atractivo que seduzca poderosamente a los seres humanos (algo que denunció, por cierto, Luis Cernuda en su magnífico poema Desolación de la Quimera), y, por tanto, no puedo culpar a mi Ex por  tratar de apartarme de esa mítica seductora y devoradora de hombres, ya que ella creía sinceramente que yo sufría la clásica "crisis de los cuarenta" en la que los varones que tenemos espíritu nos volvemos locos hasta el punto de ser muy capaces de tirar todo lo conseguido hasta ese momento por la ventana con la excusa de empezar de cero en otra parte (excusa que, por lo demás, en seguida se revelará como quimérica puesto que esa "otra parte" es, en realidad, ninguna parte). Es muy posible que ella, mi Ex, sólo intentara protegerme de mi propio carácter puesto que me conocía bien y sabía que yo estaba perdidamente enamorado de un sueño infantil desde que era un niño: quería ser escritor desde que tenía uso de razón y no hallaba mejor uso para ella (la razón) que arrojarla por la ventana de mis sentidos con el fin de enamorarme, no ya de cualquier quimera, sino de la más loca de todas: la del Arte. Y, naturalmente, el arte de escribir era para mí el arte supremo, el Arte con mayúsculas. ¿Por qué? Porque, si uno era realmente un artista, podía dibujar o pintar un cuadro, tallar una escultura, fotografiar un paisaje, rodar una escena, inventar una filosofía y hacer música sólo con palabras, y, para colmo de la magia, sin necesitar más instrumentos, herramientas, máquinas o aparatos que un simple lápiz de colegial. Así que escribir no sólo era un arte mayúsculo sino que, además, era barato pues, para iniciarse en él, sólo había que comprarse un sencillo artilugio compuesto de una fina mina de carbón incrustada en un alargado cilindro de madera que se fabricaba en serie y no costaba más que unos pocos céntimos de cualquier moneda en curso, por lo que (como actividad al menos) estaba al alcance de todo el mundo, y de ahí que, como arte, fuese también el más democrático y extendido... 
Sin ir más lejos, esto último era lo que a mí me hacía sentir bien conmigo mismo cuando escribía: escribiendo me sentía a un tiempo fuera del mundo y hombre universal, valga la paradoja, como si gracias a ello residiera a la vez en el centro del espacio interestelar y en cualquier punto remoto del planeta, siendo, pues, un verdadero ciudadano del Cosmos (lo que se llama un "cosmopolitano", por decirlo con un barbarismo de andar por casa). En suma: escribiendo era cuando mi yo se convertía, a su vez, en Cosmos, en eso que en términos literarios se conoce como "el propio cosmos o cosmos personal" y  que, paradójicamente, también está habitado por el resto de los hombres, ni más ni menos que este planeta. Y aquí, antes de despedirme por hoy, es donde me conviene introducir la puntualización más importante que ha de hacerse a sí mismo un escritor siempre que se pregunte si, en el fondo, lo es: tener un cosmos propio implica disponer a discreción de muchos mundos, lo que representa una crucial diferencia con ese famoso "mundo imaginario" al que huyen todos los niños del mundo, grandes y pequeños, persiguiendo sus propias fantasías. Me explico: en general a los niños, tanto a los que lo son durante unos pocos años como a los que lo son toda su vida, su mundo imaginario les sirve para escapar al normativo de los adultos, mientras que, en el caso de los verdaderos escritores, el mundo de los adultos es sólo otro más de todos los posibles y disponibles en su personal cosmos literario. Recordarlo todos los que, como Cernuda o yo mismo, perseguís todavía y siempre la hermosa quimera de la Literatura...

jueves, 10 de diciembre de 2015

Apuntes y reflexiones sobre la palabra más rara del diccionario

En una sociedad basada en una economía liberal de beneficios salvajes las relaciones económicas son de humillación en todos los casos, no de igualdad, porque en ella de lo que se trata es de engordar a un pato (el trabajador, da lo mismo que sea autónomo o asalariado) para que los poderosos puedan untarse con su hígado las tostadas del desayuno. En una sociedad así, quien paga el pato no es precisamente quien lo engorda para luego sacrificarlo y comerse sus hígados transformados en exquisito paté. No: en ella el que paga el pato es, cómo no, el propio "pato", y normalmente lo hace dejándose los hígados en su trabajo y, por si eso fuera poco, siendo humillado públicamente por ello, pues el trabajo como tal es inevitable que pierda valor y sentido para la opinión pública de una sociedad que ya sólo valora el beneficio puro y duro. Se me dirá (algún acérrimo liberal lo hará de inmediato) que el beneficio no permanece sin moverse, inmóvil, sino que se invierte en otros mercados y nuevos puestos de trabajo gracias a los que se emplearán otros "patos" en otra parte. Bien, ¿pero qué clase de trabajo va a generar un beneficio que sólo busca más beneficio por lejos que se vaya? Yo os lo diré: uno que sólo pretende transformar en paté a los trabajadores de cualquier parte, a los trabajadores del mundo entero. El paté hecho con hígados selectos y escogidos de la clase obrera es el de mejor sabor y, por encima, el menos caro, como saben muy bien los políticos ultraliberales, esos señores tan sibaritas que sólo se alimentan de exquisiteces. Por tanto, es lógico que intenten aprovisionarse colmando sus despensas con estos sabrosos productos autóctonos, y es por ello que el primer punto de su programa sea siempre una Reforma Laboral que acometen a toda prisa, en cuanto alcanzan el poder, inspirándose en el exitoso principio comentado en El Gatopardo por el Conde de Lampedusa, a saber: "Cámbialo todo para que todo siga igual". (Lo que en traducción libre significa: "Haz como que haces algo, pero sin hacer nada que incomode a los que te ordenan aparentar que has hecho todo lo que la mayoría te pedía que hicieras y que a ellos, a los que en realidad te dan las órdenes, les permite continuar haciendo lo que han hecho siempre con el mayor de los descaros y el más grande de los apetitos, o sea: untarse una rebanada de exquisito paté proletario fabricado con el hígado obsoleto de un parado de larga duración al que, por momentos, le cuesta ya recordar el significado real de una palabra tan rara como esa: Trabajo").

martes, 8 de diciembre de 2015

A ver si lo he entendido

Hemos llegado aquí por un accidente de la Biología y nos iremos a causa de otro. Mientras tanto, presumimos de tener conciencia y un sentido trascendente que nos hace únicos a pesar de que nuestros cuerpos lo desmientan al enfermar y degenerar siguiendo un patrón común y para nada original. Porque es absurdo e injusto estar vivos teniendo que morir hemos inventado los dioses y otras ideas inmortales, un conjunto de bellas mentiras al que pomposamente llamamos "nuestro acervo cultural", y que transmitimos a las siguientes generaciones con la loca pretensión de que ellas acepten como su mayor herencia nuestro particular engaño y continúen engañándose también a su manera. Pero la realidad es que el hambre nos acecha todo el tiempo, y que el sueño de la felicidad nos persigue sin darnos tregua, impidiéndonos descansar en ninguna creencia o verdad propia salvo, claro está, que consideremos una forma de descanso el ir y venir de la mosca atrapada en su frasco, pues tal como esa mosca cautiva se halla el hombre en la Historia... 
A groso modo, a esta descripción responde la vida humana en este planeta, menos tal vez la de los que mandan y tienen el poder de acabar con ella en todas partes apretando un simple botón, ya que estos señores perfectamente podrían ser vistos hoy como los nuevos Jehovás desde que el equipo del doctor Oppenheimer le arrebató la prerrogativa del Apocalipsis a la cruel divinidad bíblica. Resumiendo: aquí estamos nosotros como esas prisioneras aladas en su cápsula transparente, como esas moscas que, al no tener ya en el vuelo la principal opción de su libertad, van y vienen caminando por una pared cóncava de cristal que, cual lente óptica de aumentos, las deforma a ellas cuando se las mira desde fuera, al tiempo que deforma todo lo que ellas ven del otro lado, y es por eso que se puede afirmar sin excesivo temor a equivocarnos que la realidad que vemos y la que somos se presentan siempre deformadas, y que no es posible que nosotros tengamos jamás una imagen nítida y exacta del mundo, como no lo es que el mundo la tenga alguna vez de nosotros... ¿Es así?

domingo, 6 de diciembre de 2015

A la par que todos los males

La situación en el amor no correspondido es la misma que en cualquier enfermedad terminal: sabemos la verdad desde el principio pero no queremos verla y sólo pedimos que nos cuenten una milonga más, otra mentira piadosa y convenientemente dosificada que prolongue la agonía un poco más: sólo hasta mañana, mi amor, ¿a ti qué mas te da?; sólo hasta mañana, mi vida, para que pueda aceptarlo...
Está claro que, en general, los hombres somos unos cobardes, y que morir nunca es la solución más oportuna para quien ya no tiene otra. Y también queda claro por qué la esperanza salió de la Caja de Pandora, a la par que todos los males...

viernes, 27 de noviembre de 2015

Off-On

Una vida de pensamiento es, no exactamente opuesta, pero sí distinta a una vida de acción. La vida de acción precisa del conglomerado exterior, de la naturaleza, de la sociedad, de la "realidad". La vida de acción es gregaria, pertenece en realidad a los demás; la del pensamiento, en cambio, es soberana, pertenece sólo a quien la vive. Mi amiga Jimena (extranjera que aspira sin muchas esperanzas a ser algún día española) suele decir que los españoles, en general, somos "gente Off", queriendo resaltar que vivimos de preferencia en la calle, en los espacios abiertos de los bares y de otros escenarios ruidosos y multitudinarios, como podrían ser los estadios, los recintos feriales o de romería, los ruedos taurinos y los innumerables programas televisivos de la Telebasura. Un español de a pie es "off" desde que nace, de ahí que nuestros bebés berreen con tantas ganas desde el mismo momento en que les sacuden la primera cachetada en las nalgas, y de ahí que exijan en seguida ser paseados en sus cochecitos Jané con las ventanillas abiertas para conocer cuanto antes el mundo que les rodea, el espacio abierto de su propio barrio del que, probablemente, salgan sólo para irse de vacaciones, o del que no salgan en absoluto durante el resto de sus endémicas existencias...
Pero el español de a pie no sólo vive en el exterior, sino, sobre todo, de cara al exterior: por eso "exporta" con tanta naturalidad emociones y opiniones que, en el fondo, apenas le importan al no tener la costumbre de pensar a fondo en lo que le emociona ni en lo que opina. ¿Y de qué extrañarnos?: él tiene más que suficiente con emocionarse por nada y con opinar sobre cualquier cosa para tener una vida plena en ausencia de todo pensamiento profundo (lo que no significa que no piense, sino que piensa básicamente con la emoción y en base a lo que opinan sus iguales). No es casualidad que, en su historia, España no tenga casi pensadores de renombre, salvo los que llegaron aquí gracias a las fértiles invasiones de otros pueblos y culturas. Por no pensar, en este país no piensa ni Dios, quien, por otra parte, aquí siempre ha llevado una vida de acción patriótica, y si no que se lo pregunten a la Iglesia Católica (como filosofía política en acción, todos estaremos de acuerdo en que el Catecismo ha sido aquí infinitamente más activo que el Comunismo o el Fascismo, sin ir más lejos). Con permiso de los argentinos que le creen un ciudadano más del Gran Buenos Aires, se podría apostar, incluso, a que Dios es un individuo de nacionalidad española, o bien a que lo será el mismo día en que entregue sus papeles en la ventanilla de extranjería del Ministerio de Interior: se lo debemos por los muchos siglos que ha vivido entre nosotros siendo, primero, un emigrante perseguido de origen hebreo o árabe y, después, un converso o un marrano que pasó desapercibido para la Inquisición. (Y yo, al menos, apuesto a que Él lo conseguirá antes que mi amiga Jimena, pues la pobre ha tenido la mala suerte de nacer en el altiplano Andino y ya se sabe que en este país los "sudacas" lo tienen mucho más crudo).
Pero dejemos en paz a Dios y volvamos a nuestro dilema Off-On: ¿es mejor actuar o pensar, vivir afuera y para fuera o hacerlo adentro y para uno mismo? Por supuesto, algunos de vosotros me diréis que esta pregunta tiene trampa porque sus términos no tienen por qué ser excluyentes, ya que una misma persona puede hacer perfectamente las dos cosas, actuar y pensar, vivir adentro y afuera a la vez. Vale, lo admito. Pero lo admito sólo en el caso de que quienes respondan así sean españoles, porque el resto del mundo no puede. Ante una pregunta así  las restantes nacionalidades (al haber tenido entre sus compatriotas grandes filósofos que les enseñaron el placer de pensar) se pondría de inmediato a imitarles posponiendo toda acción hasta hallar una respuesta original e intransferible que, si bien no tiene por qué dejarles completamente satisfechos, les dejará, al menos, conformes con su actitud a la hora de encarar los retos que propone a la inteligencia de cualquier hombre el pensamiento humano de todos los tiempos. Excluyendo a los españoles que estén encantados de haberse conocido a sí mismos, contestad entonces: ¿qué es mejor, pensar o actuar?...
(P.D: Por favor, enviad vuestras respuestas a esta dirección y por este mismo conducto. Gracias).

Tratado de bolsillo sobre la mudanza universal

Es curioso: una de las personas por las que, con el paso del tiempo, he ido sintiendo más y más interés es aquella que, en su momento, cuando la conocí, más me desagradó, y no sólo físicamente. Si esta prueba no basta para comprender que todo cambia, tanto dentro de nosotros como afuera, que venga Dios y lo vea. Y ésto debería convencernos también de que casi todo en nosotros es orgullo que nos impide cambiar de emociones y recuerdos, y hacer justicia al constante mudar del universo, pues aquellos que nos hirieron, decepcionaron u ofendieron, no podrían ser hoy los mismos aunque lo quisieran y, por tanto, cuando ahora pensamos en ellos estamos faltando a la verdad objetiva, lo que objetivamente hablando es una cobardía, mírese como se mire. El tiempo es el mejor sofista porque siempre encuentra argumentos para defender cualquier causa y, al cabo, incluso nosotros no podremos negar que aquel que nos traicionó tuvo sólidas razones para hacer lo que hizo (entre otras, que éramos terriblemente orgullosos y que, a nuestro lado, sería para ellos un martirio constante tener que explicarnos una y otra vez que es algo por completo natural cambiar de sentimientos, de emociones y opiniones, igual que lo es la imparable mudanza de nuestro aspecto exterior).  

jueves, 26 de noviembre de 2015

Agujetas en el chocho

"Tengo agujetas en el chocho", me dijo una vez una puta ya veterana que conocí en la cola del paro (yo no sabía que las putas también fichaban en el INEN, pero se ve que la crisis actual ha hecho estragos en todos los sectores económicos y, en este caso, se trataba además de una trabajadora de cierta edad cuya productividad debía haber descendido notablemente, por lo que ya no era tan atractiva para el particular capitalismo carnívoro que la explotaba). El ácido comentario de aquella mujer hizo que yo recordara otro del mismo estilo hecho por Henry Miller en uno de sus libros (creo que en "Primavera negra", pero también puede haber sido en alguno de sus "Trópicos") en el que este escritor se quejaba amargamente de todo lo contrario, es decir: de no disponer de un "chocho" con el que poder pagar su propia manutención, las facturas y el alquiler de su casa. Por esa época, el escritor estaba compartiendo piso con un amigo y, al no tener un céntimo en el bolsillo, no podía contribuir a los gastos comunes que genera una vivienda, debido a lo cual se esforzaba en escribir un cierto número de páginas al día que su amigo ojeaba al llegar de la oficina como quien comprueba los billetes que se le deben a cuenta de un crédito que ha concedido por adelantado. Frente a ese hábito avaricioso de su mantenedor, Miller echaba cuentas a su vez y concluía que ojalá pudiera él abrirse de piernas para pagar diariamente con un polvo rápido aquel mecenazgo encubierto, en vez de verse obligado a trabajar de la mañana a la noche sentado en su escritorio (sudando y maldiciendo su suerte como cualquier minero o estibador en su puesto de trabajo) para satisfacer la deuda contraída con su colega.
Las maldiciones de Henry Miller ante su situación como trabajador explotado quizás os suenen exageradas pero, aunque no despierten la misma compasión, son tan comprensibles como las de la prostituta que acudía al Instituto Nacional de Empleo en busca de otra ocupación menos agotadora: se entienden porque, en el fondo, no son distintas a las que profiere cualquiera que, al dirigirse todos los días a su lugar de trabajo (ya esté éste en un edificio administrativo, en un ambulatorio, en un colegio, en un taller, en una fábrica o en la dirección virtual de una página web), sienta que en realidad va a "hacer la esquina", a prostituirse para poder sobrevivir. (En este sentido, acaso también el INEN podría ser visto como una institución de "naturaleza proxeneta", porque muchos de los que solicitan sus servicios lo hacen, básicamente, por la necesidad que tienen de abrirse de piernas para intentar sobrevivir en una sociedad que no les deja más opción). Tales reniegos se entienden porque, en el fondo, es muy posible que buena parte de nosotros nos encontremos a todas horas en la situación de la prostituta de mi anécdota, o sea: "con agujetas en el chocho" y buscando desesperadamente iniciar otra vida menos desesperada y fatigosa: una vida de prostitutas de lujo, por ejemplo, que nos permita vivir de hotel y atendidos por trajeados mayordomos que, antes de irse al paro, fueron asesores de banca y ahora nos visten de pies a cabeza mientras nos informan de la revalorización bursátil de nuestras acciones...
Porque la verdad es que la cosa está bastante jodida, y que la jodienda no sólo es general sino que parece ir en aumento, por lo que más de un padre de familia quizás ya esté lamentándose de no poseer un "chocho" propio e intransferible que, como a Miller, le saque del apuro y le permita relajarse un poco (siempre, claro está, que entre la clientela no se le cuele un inspector de Hacienda que le pida cuentas por el IVA no declarado en cada uno de sus servicios, en cuyo caso tal vez le fuera mejor resignarse a engrosar la cola del paro en busca de un empleo digno que no sea ni de puta barata ni de escritor desconocido, porque, como queda probado aquí, ninguna de estas profesiones tiene futuro una vez se sobrepasa cierta edad sin que uno haya alcanzado en lo suyo la categoría social de una madame, y, por otro lado, sin que haya tenido la suficiente inteligencia para hacer ahorros o para encontrar un mecenas que le ponga un piso a su nombre sin exigirle nada a cambio, ni siquiera que se abra de piernas de vez en cuando).

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Palabra de ciego

Lo único que no veo es, precisamente, la oscuridad.

sábado, 21 de noviembre de 2015

La pseudovida del escritor

El tema es viejo y manido entre los escritores que desgastan de continuo esta idea en sus mentes, como si fuese una moneda que, sin cesar, mueven entre sus dedos neuróticos tratando de controlar sus exaltados nervios: la renuncia a la vida en  aras de la palabra, planteamiento vital y profundo de todos aquellos que ven en el ejercicio de la Literatura otra forma del Sacerdocio, y en ésta la religión verdadera. Es bien sabido que todo sacerdocio supone renuncias, y éste no iba a ser menos. Pero, ¿a qué, según ellos, ha de renunciar un individuo que desea consagrarse al arte ascético de la Escritura?... Pues a éso: a la vida en general, a las vivencias comunes del resto de la humanidad, ya que en cuanto un escritor se sumerja en la vivencia perderá ipso facto su rango de tal, creencia básica en la que se sustenta esta fe integrista. Este último dogma podría ilustrarse con la siguiente parábola: la vida es como un mar insondable y sin límites, y el escritor como un buceador apasionado y temerario que desciende a pleno pulmón hasta sus fondos. ¿Y qué será lo más lógico que ocurra cuando se zambulla de cabeza en ella? No hay que ser un genio para deducirlo: que se olvidará, tal vez para siempre, de escribir al verse arrebatado su voraz deseo por la fascinación del cambiante espectáculo que se ofrece a unos ojos infantiles (todo artista es un niño, no lo olvidemos) en el seno de ese océano sin fin...
Pero volvamos al tema: ¿vale la pena renunciar a la vida, a participar en ella como un hombre más, quiero decir? Con fe no menos cierta e ingenua, mucha gente suele afirmar que hay que vivir porque eso es lo único que nos llevaremos de aquí al morir. Ahora bien: ¿dónde está escrito que los muertos se lleven consigo sus vivencias, como quien lleva consigo sus trajes y enseres de tocador para hacer más soportable un viaje que, acaso, no tenga retorno? ¿No es ésta otra superstición que no por estar tan extendida es menos risible?... Haber vivido más o menos no importa a la hora de emprender ese viaje. O quizás sí, pero, en todo caso, la lógica y el sentido común apuntan a lo contrario: a que se le hará más difícil partir a quien tenga más cosas que dejar atrás, más experiencias, más "mundo", más vivencias, en definitiva, pues siempre es más doloroso renunciar a lo que se conoce que a lo que se desconoce (la prueba es que en muy pocas ocasiones se logra). Entonces, ¿por qué insiste esa misma gente en vivir a toda costa, en beber más champán que nadie, en viajar más lejos que ningún otro, en ver con sus propios ojos todas las maravillas de la Tierra, en amar a manos llenas a todo el mundo, como ni siquiera amaron Jesucristo o Casanova?...
La realidad es que vivir es ser vivido, nada más, pues vivir realmente es crear y para eso no es necesario moverse del sitio. Ni ver otro paisaje que el de las calles de nuestra infancia, ni hablar otra lengua que la materna, ni beber otra cosa que el agua que sale del grifo. Pero todo ésto, advierto, siempre que se sea un escritor-sacerdote y no se tenga más vida que una pseudovida, porque en cualquier otro caso no sirve. La realidad es que un hombre, cualquier hombre, podría encerrarse, a solas con su amor o con su imaginación, en un cuarto que él considera su templo particular, e ir más allá de lo que jamás soñó el más atrevido de los aventureros; pero, en cambio, lo normal es que prefiera comprarse dos billetes de avión (el segundo a nombre de su actual amante) para desaparecer temporalmente en la Polinesia, de donde es muy probable que vuelva convertido en un fatuo engreído que cree haber vivido una experiencia única, la vivencia más extraordinaria de toda su existencia. ¿Por qué? Porque, en general, los hombres (incluidos gran parte de los escritores) anhelan zambullirse en el mar aún cuando sepan positivamente que van a ahogarse. Y es que la vida es demasiado atractiva como para permanecer a su orilla sin mojarse nunca los pies... Salvo, claro está, que uno sea uno de esos ascetas que sólo se alimentan de frases y palabras, y esté convencido de que todas las vivencias son en sí mismas un material informe que resulta por completo inútil para perfeccionar su arte. 

Que sepas que fue sin querer

Excusa de gente estúpida es que te digan "Conscientemente, nunca quise hacerte daño" cuando todo el mundo sabe, o debería saber, que la herida mayor, y la que más veces se infecta, es la que uno hace sin conciencia. Cuando alguien te hirió porque eso era lo que más quería en ese momento, no sólo actuó con limpieza, sino que al menos lo hizo queriéndolo plenamente, lo que (dentro de lo que cabe) no deja de ser un consuelo. Pero lo terrible e imperdonable es cuando una persona, por no quererte en modo alguno, ni bien ni mal, declara entre teatrales temblores y gimoteos que, en realidad, nunca quiso herirte, ni tan siquiera un poquito, ni lo más mínimo. Y uno, naturalmente, puesto que ha sido educado en un carísimo colegio católico y conoce de oídas aquello de poner la otra mejilla (la que nunca recibirá una caricia, un solo beso), disculpa y perdona a pesar de no estar hecho de piedra, y dice que no pasa nada, y que hoy por ti y mañana por mí, y que aquí paz y después gloria, y continua por estos derroteros un buen rato sumando a las tonterías anteriores una gilipollez tras otra, hasta que agota todo el repertorio que manejan los hipócritas en situaciones parecidas, y entonces, cuando empieza a sentir el picor en los ojos, ya con las lágrimas a punto de brotar, aprieta los dientes procurando que no se le note demasiado y piensa para sus adentros "¡Pero será cabrona!", al tiempo que, haciendo un tremendo esfuerzo, gira en redondo sobre sus talones y se va por donde ha venido, aunque ahora con una nueva determinación que poco a poco se abre paso en su mente aniquilada: mandar cariñosamente a la mierda al próximo cabronazo/a que le diga, con un hilo de voz que intenta evidenciar su sincero arrepentimiento pero que sólo consigue hacer obvia su inaudita cobardía: "Lo siento si te hice daño, querido, pero que sepas que fue sin querer".

jueves, 19 de noviembre de 2015

La lógica del traidor

Lo primero que hay que conocer de él es que vive permanentemente en el miedo, a la inquietante manera en que el molusco vive en el agua: siempre temiendo a la marea baja que aleja el plancton de sus branquias puesto que, a pesar de saber que todo lo que sube baja, nunca está seguro de que esa mecánica funcione a la inversa. Y lo segundo que nos conviene no perder de vista es que es un cobarde que, en defecto del valor, se hace digno de la vida siendo, por encima de todo, fiel a sí mismo. Ésta es, en el fondo, su gran hazaña en cuanto hombre ya que es precisamente ante ese reto donde los héroes verdaderos acostumbran a fracasar. Él, en cambio, no pierde tan pronto los nervios y, aunque no lo haya, siempre se concede un tiempo para calcular en frío si salvador y salvado han de ser necesariamente distintas personas. Por eso triunfa en las más adversas circunstancias, y de ahí que sea un superviviente nato. Comparte con cualquier tumor la lógica oculta en sus células: a ser posible, medrar sin dar síntomas hasta que sea demasiado tarde, lo que explica el alto porcentaje de éxitos que obtiene al traicionar y la tierra quemada que deja a su paso. Si alguien comete la osadía de amarle, sería un crimen de lesa humanidad no advertirle de que no es prudente acostarse con escorpiones, por mucho que los escorpiones sean tan dignos de vivir como cualquier otra criatura perteneciente a la fauna universal. Pero la traición está en sus genes y éstos, como ya sabemos, son de naturaleza oncológica: no se sabe cuando comenzarán a mutar, lo único que se sabe es que lo harán tarde o temprano. La amargura es la única herencia en que él se muestra pródigo, y sirve básicamente para que sus deudos le recuerden entre maldiciones. Sin embargo, el hecho de ser plenamente consciente de tan triste destino, no hará que se retracte de su comportamiento, pues cambiar de lógica no es algo que esté a su alcance, como no lo está para un cáncer el convertirnos en inmortales por más que la inmortalidad sea, a fin de cuentas, el secreto de su mortífero poder...

martes, 17 de noviembre de 2015

Historia sentimental de una fotografía

La noticia de la muerte de alguien relativamente próximo a mí me ha despertado de madrugada y, a pesar de haberlo intentado, ya no he vuelto a pegar ojo. Ya sé que la muerte no es contagiosa, pero eso no impide que, a veces, uno se vea  infectado por su temor y corra a recontar en algún álbum de antiguas fotografías el número de bajas que ha sufrido en sus propias filas (que, por fortuna, hasta el presente no han sido muchas, aunque sí dolorosas e irreparables). Es ahí donde me he topado de bruces con una instantánea de grupo que no recordaba poseer: si bien de espaldas a la cámara, posamos en ella mis viejos amigos de juventud y yo mismo, un grupo de hombres bohemios que miran la cercanía del bronco océano de la Costa de la Muerte en alguno de los pueblos ribereños del Finisterre gallego. He olvidado dónde fue tomada exactamente, pero no a quién la capturó por sorpresa y a traición: esa persona era una gran aficionada a "eternizar" instantes que a ella, por la razón que fuese, se le antojaban "memorables", y, en este caso, a fe que lo consiguió. Trataré de describir la fotografía para vosotros al tiempo de contaros los pormenores que la explican: si mal no recuerdo, aquella mañana el grupo al completo andaba de resaca tras pasar, insomne, una noche de copas por los bares y cantinas de la localidad, y nos habíamos encaramado en fila india a lo largo de un malecón que defendía un coqueto puerto de pescadores para, separados unos de otros por una corta distancia, alinearnos allí con la mirada perdida en el mar, en una actitud reflexiva y concentrada en quién sabe qué pensamientos personales. En ese posado involuntario y, no obstante, sincronizado e idéntico (como si hubiera sido planeado al detalle), todos, sin excepción, adoptamos al unísono una postura vagamente filosófica, introducida una de nuestras manos en el bolsillo del pantalón y con la cabeza gacha, inclinada hacia delante, como si escudriñásemos el abismo de las aguas revueltas a nuestros pies y despreciáramos, en cambio, hacerlo con la línea difuminada del horizonte que se adivina más allá, en el fondo azul y blanco de un día que, por lo demás, parece de verano... 
"¿Cuánto tiempo habrá pasado desde aquella mañana?"... Mientras me lo pregunto recuerdo que aquella persona, la fotógrafa, tenía la costumbre de anotar las fechas de sus capturas al dorso de las copias que nos repartía luego con maniática generosidad, y ahí están el día y la hora, en efecto. Hace veintisiete años de ese instante eternizado en falso por una mujer joven y leal que, como todos nosotros, creía aún en la eternidad de los afectos juveniles. Sin embargo, esa eternidad es tan breve como cualquier otra, y la prueba es este pequeño trozo de papel que sostengo en la mano, en la misma mano que hace ahora veintisiete años se refugió en el fondo de un bolsillo para que yo pudiera pensar con libertad en... ¿En qué? Eso es lo único de aquel instante que no se registró en la emulsión de la película fotográfica: en qué pensaba cada uno de nosotros. Tal instante es como un sello que, en retrospectiva, da autenticidad a nuestras vidas de entonces, pero su color es el sepia de un pasado tan lejano que se diría remoto. ¿Y qué habrá sido de la vida de mis amigos de antaño, ahora que ya no están en la mía? Sé que alguno ha muerto, pero ¿y los demás? Evidentemente, se los llevó la riada de los años con su séquito infernal de responsabilidades añadidas, una fatalidad que, en cierto sentido, es todavía más terrible que la de la muerte, porque ésta sí hubiésemos podido evitarla de haber querido. ¿Pero queríamos? Es obvio que no, y no lo digo como reproche pues, concluida la juventud, pocos son los que soportan de continuo a su lado testigos incómodos que, en el momento menos pensado, podrían recordarle ciertas palabras pronunciadas entonces y que más adelante desmintió con sus hechos, ciertas vergonzosas traiciones que quien más quien menos ha de cometer para hacerse un hueco entre los hombres y conquistar su futuro, su sitio en el mundo. Para muchos vivir es eso, precisamente: renunciar para siempre a lo que no se olvida nunca, y hacerlo a cada minuto de cada hora mientras persiguen sin descanso objetivos, ambiciones y halagos que, según ellos, se les deben desde la cuna, e incluso desde antes.
En fin: es probable que los años pasaran trayéndole a cada uno de los fotografiados un destino merecido o no, pues en este juego de la vida el azar también juega y no siempre lo hace con limpieza. Todos eran buenas personas, pero, sobre todo, eran los mejores "chicos malos" que jamás conocí: les amé todo lo que pude mientras pude, y después les olvidé para que ellos se sintieran, asimismo, libres de mi añoranza. Les deseo suerte si continúan vivos; y, si no, nada les deseo salvo que no cometan la estupidez de volver aquí a hacerse fotos. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Amén

J.L.Borges definió la poesía con un epigrama rimado del médico y místico alemán Johannes Scheiffer (Angelus Silesius) que resume a la perfección la génesis misteriosa y el florecimiento secreto, desamparado y sin causa, de los versos: "La rosa es sin por qué, florece porque florece, no cuida de sí, no desea ser vista". Aquí la Rosa no es, naturalmente, una rosa vegetal, sino una rosa mística que crece en los invernaderos de un sobrio palacio semiabandonado perteneciente a una Gran Duquesa Universal que ha sido despojada de su título de nobleza en todas las cortes del mundo: su Excelentísima Irracionalidad.
Como todos sabemos, la tradición de la rosa es antiquísima, su olor se difunde por todas las culturas a lo largo de la historia: indios, babilonios, sirios, egipcios, griegos... Prácticamente todos los pueblos de la Antigüedad le reservaron un papel estelar en sus fábulas y leyendas. Sin ir más lejos, en Grecia se decía que la rosa había nacido de una gota de sangre derramada por la diosa Afrodita al herirse en el pie con una espina (se supone que no sería una espina de rosal porque, sino, la flor ya existiría con anterioridad). En Roma, las cortesanas se adornaban con ellas el día de su patrona (Venus esta vez). En el Asno de oro, de Apuleyo, un borrico se transformaba en hombre al comerse un ramo entero. En el Cantar de los cantares, el rey Salomón halaga a su esposa con ese piropo (mi rosa). Y en Romeo y Julieta, Shakespeare es el primero que plantea el gran problema intelectual que supone la rosa al decir que su esencia no está en el nombre...
Porque ese es el meollo de la rosa: su nombre. ¿Qué se nombra, qué se quiere expresar con ese nombre al no poder hacerlo con otras palabras?  El místico Silesius, como tantos y tantos poetas antes y después de él, no podía expresar de otro modo la razón irracional de la poesía: "es sin por qué", nos dijo, queriendo decir (probablemente) que así era el Hombre que era Dios, y, como tal, el único efecto sin causa. Pero... ¿de veras era el único?
Volvamos ahora a la última parte de la definición inicial: "florece porque florece, no cuida de sí, no desea ser vista". ¿No se podría definir así también la risa o el amor humano de cualquier época, incluidas las que se engloban en la abreviatura A.C.? Pensad por un instante en la risa silenciosa y sin aparente fundamento de los niños muy pequeños, de los bebés propios o ajenos que conozcáis. ¿De dónde brota esa flor, por qué y con qué palabras expresarla? ¿No demuestra ella también que la esencia de la rosa no es el nombre y que, sin embargo, no hay otra forma de nombrarla? ¿Y qué decir del amor que, apenas nacido, hace que ría nuestro corazón de modo semejante, como si fuese también él un mamoncete que, sin poder caminar aún, se agarra a los barrotes de esa otra cuna que es el pecho de todo enamorado? Ese corazón y ese niño no son todavía capaces de expresar nada con palabras, por lo que han de recurrir a la rosa y hacerlo con un suspiro, ya que "un suspiro lo dice todo", en palabras del querúbico peregrino, Angelus Silesius. A él le dejo, pues, la última palabra sobre este tema: "Si quieres expresar el ser de la eternidad, debes despojarte antes de todo discurso". Amén.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Oración para rezar a la salida del curro

Acuérdate, Señor, de ejercer toda tu influencia sobre tus Ángeles Caídos para mantener vivo el fuego en que (si Tu Justicia no es mera retórica) ha de estar quemándose el alma del Sr. Thiers, aquel burgués feroz y mezquino que escribió en su día esta bajeza: "Cuento, entre otros, con el clero para la difusión de esa filosofía de vida que enseña a los hombres a sufrir, y no esa otra filosofía que, por el contrario, les dice: ¡Gozad!". Otrosí: te suplico, en cambio, que le concedas al Sr. Lafargue (autor de esa nueva biblia abreviada que es su "Elogio de la Pereza") la gloria eterna que merece por haber proclamado a los cuatro vientos de la imprenta que el hombre libre no debería conocer más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia, y por exigir que la Tierra dejara de ser el valle de lágrimas de los trabajadores para convertirse en el sagrado lugar donde (como hijas de la Naturaleza, y en tanto en cuento se evite su mal uso y su exceso) todas las pasiones humanas tendrán por fin rienda suelta, menos la del trabajo, la pasión depravada y moribunda del trabajo: ese Cancerbero alimentado por la moral capitalista con los despojos sanguinolentos de sus agotados "esclavos voluntarios". Otórgale a este último, ¡Oh Padre!, un sitio a tu derecha en el que, por favor, no tenga que hacer nada eternamente excepto amar y beber, es decir, excepto lo que debería hacer cualquier hombre por el privilegio de estar hecho a tu imagen y semejanza y querer imitarte en todo, incluida, por supuesto, tu majestuosa pereza...

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El peligro de sentirse Hemingway

Como diría Scott Fiztgerald, un hombre con más de cincuenta años es como todo soldado que ha vuelto vivo de la guerra: ha perdido el amor (quizás más de una vez) porque él mismo lo abandonó, ha visto morir ya a unos cuantos amigos, y aún no sabe cómo ha logrado sobrevivir, sólo sabe que esto demuestra que él era el más astuto y el más gallina. 
...Y también demuestra que se trata de un bastardo, y que, aunque no lo soporte, se merece que le hayan dejado solo como a un perro (como diría yo de sentirme alguna vez un Ernest Hemingway, cosa que, por fortuna, todavía no me ha pasado, pero que puede suceder en cualquier momento porque también a mí me gustan las escopetas recién disparadas y las mujeres que están en la situación contraria -es decir, siempre cargadas y apuntando- porque son de las que tiran a matar para hacer el menor daño posible).

sábado, 7 de noviembre de 2015

Indefinidas Menudencias

En una ocasión vi en el escaparate de una ferretería este letrero: "Disponemos de una amplia gama de INDEFINIDAS MENUDENCIAS". La curiosidad que mata al gato me retuvo frente a él durante unos perplejos minutos hasta que, al cabo, decidí entrar para preguntarle al dependiente qué ofertas se hacían al público al amparo de tan extraordinaria promoción. Después de ciertos titubeos iniciales, el hombre que me atendió me dijo que al inconcreto epígrafe de la propaganda se acogían una serie de utensilios, artículos y productos que, o bien se hallaban descatalogados, pasados de moda o casi obsoletos, o bien tenían próxima su fecha de caducidad, tras lo cual me condujo hasta una sección de estanterías polvorientas donde se acumulaba en aparente desorden un pandemóniun de cachivaches y cajones en los que se podía encontrar prácticamente de todo, desde viejos sifones de inodoro hasta simples arandelas de latón oxidado o pastillas de encendido para chimeneas cubiertas de moho. Entonces, sin mas, le di las gracias y me fui (para perplejidad suya esta vez). Ni siquiera pregunté el precio de ninguna de las baratijas ofertadas; en cambio, nunca pude deshacerme de la sugerente definición que las resumía. Tanto es así que, andando el tiempo (años después), aún seguía pensando en cómo componer un cuento que aceptara ese título (Indefinidas Menudencias), y en qué consistiría el argumento o hilo narrativo que le ofreciese alguna verosimilitud. Confieso que no pude coger ese hilo y que ese hipotético relato nunca vería la luz. Sin embargo, la musiquilla intrínseca de ese dueto formado por dos palabras que, por separado, no me decían nada, continuaba sonando en mi imaginación, estimulándola de un modo sutil, y me atrevería a decir que levemente perverso, porque, para mí, era como esa sofisticada tortura ejecutada con una pluma sobre la planta de un pie desnudo. Y, ya digo, me hacía constantes cosquillas en la imaginación, sin que acabara de dejarme en paz... 
Hasta que un día volví a pasar por delante de la ferretería en cuestión y descubrí que ese negocio había echado el cierre definitivo, siendo sustituido por... ¿A que no lo adivináis?... ¡Por una librería! Naturalmente, mi sorpresa fue mayúscula porque, para empezar, en los nuevos tiempos pos-crisis las librerías están desapareciendo por centenares, a un ritmo pavoroso, y se me antojaba un gesto de un valor extraordinario que alguien (un emprendedor suicida, probablemente) se atreviese a llevarle la contraria a los tiempos. Como se puede comprender fácilmente, no tardé ni medio segundo en colarme en el interior. El lugar proseguía estando repleto de estanterías, aunque ahora estaban limpias y recién barnizadas (aparte de que su contenido era radicalmente distinto, claro está). Me acerqué con ánimo alegre y reconfortado al mostrador donde el librero revisaba unos albaranes; y entonces, al agacharse éste en busca de unas hojas caídas, sufrí lo que se llama un déjà vu inesperado y feliz: detrás del mostrador, sobre la bien surtida sección de enciclopedias y diccionarios, divisé el fantástico cartel que el anterior arrendatario del local debía haber incluido en el traspaso acordado con el nuevo inquilino y pude leer otra vez la ya conocida leyenda: "Disponemos de una amplia gama de INDEFINIDAS MENUDENCIAS". El impacto del descubrimiento me dejó atontado durante unos segundos y ni siquiera escuché con claridad la pregunta cortés del dependiente:
-¿Busca algún título en especial?...
Negué con la cabeza, pero no abrí la boca porque no podía articular palabra. Después sonreí como un idiota y me fui, con todas mis perplejidades a cuestas.
A la semana, aproximadamente, me vino la idea de este cuento que nunca supe si era un cuento o un escrito inclasificable. Sólo sé que, mientras lo escribía, notaba todo el tiempo unas placenteras cosquillas en el dorso de mi imaginación. como si alguien me estuviera torturando allí con una pluma. Eso fue al principio, porque en seguida comprendí que el instrumento de tortura no podía ser una pluma (hace mucho que me he modernizado y sólo escribo a ordenador) y, por tanto, el cosquilleo tenía forzosamente por causa las ideas que saltaban de un lado para otro, como si mi mente fuera uno de esos circos portátiles donde las pulgas trabajan de trapecistas. Mientras escribía, repito, me asaltaban un montón de ellas, hasta tal punto que no sabía con cuál quedarme. Por ejemplo: tuve la idea de que el cuento, en sí, era ridículo y que debía haberse conformado con ser un poema corto (un haiku, y para de contar). Y luego tuve la idea opuesta, es decir: que, en realidad, el argumento daba para mucho más y que, en vez de limitarme a hacer un cuento, me interesaba inflarlo hasta redondear una novela (policíaca o de terror, el género me daba igual). Pero de entre todas mis ideas saltarinas había una que saltaba más alto que el resto, una verdadera estrella del trapecio: era aquella que me había inspirado la última visión del letrero de marras junto al stand reservado a las biblias del Conocimiento Universal. A saber: ¿por qué resignarse a un cuento o a una novela cuando el tema era de una amplitud casi inabarcable y había material de sobra para compendiar una enciclopedia en varios volúmenes, además de para adjuntar a esa gran obra un diccionario terminológico aclaratorio? Un escritor que se precie está obligado a ser ambicioso, ¿y qué mayor ambición que intentar un compendio general de todas las "Indefinidas Menudencias" habidas y por haber?... Juro que lo pensé durante un buen rato, hasta que comencé a notar que las cosquillas dejaban paso al olor a chamusquina y advertí que mis sesos estaban a punto de arder por simple auto-combustión. Menos mal que me di cuenta a tiempo porque, de no ser así y a partir de este punto, estaríais leyendo ahora cualquiera de las ocurrencias automáticas al alcance de la escritura de un descerebrado, y no el final más o menos verosímil de un cuento al que nadie en su sano juicio se le ocurriría novelar. 
He aquí, pues, el desenlace: al día siguiente de renunciar a la redacción de la más estrambótica enciclopedia jamás imaginada, me dirigí por segunda vez a la librería recién inaugurada con la intención de arrinconar a su titular hasta conseguir, a base de sucesivas pujas, la propiedad del referido letrero. Tengo que deciros que no me fue difícil, y que abandoné al pobre librero con la boca abierta, igual de perplejo que estaba yo hace apenas unos párrafos. Eso fue ayer y ahora vengo de prender fuego al famoso anuncio en la chimenea del salón: se ha quemado en un santiamén a pesar de la película plástica que lo recubría por entero. Vosotros quizás os preguntéis cómo es posible que se queme tan rápido un cartel plastificado, y yo os contesto de mil amores. ¿Os acordáis de cómo empezó esta historia, de cuando el dependiente de la ferretería me enseñó su stock de "Menudencias"?... Pues bien: he de confesaros que, en el fragor del relato, olvidé anotar un dato muy importante: soy cleptómano y, como es natural, no pude resistirme a robar algo de entre aquel batiburrillo de objetos y enseres que, realmente, parecían "indefinidos" bajo la capa de suciedad que los cubría. ¡Vamos, os reto a que lo adivinéis!... ¡Sí, exacto!: una pastilla de encendido teóricamente caducada (aunque ya se sabe que las fechas de caducidad son sólo indicaciones aproximativas y que en África, por ejemplo, no se tienen en cuenta). Así que, mientras no me demuestren lo contrario, yo diría que este final es bastante verosímil, ¿no os parece?

jueves, 5 de noviembre de 2015

Desde el otro lado del abismo

A mis amigas aventureras, Helen y Ana.

Alguna vez lo hablamos: en el corazón humano no hay lugar para el descanso porque lo atraviesa una cuerda de deseos trenzados y antagónicos a la que se agarran dos contendientes enfrentados desde tiempo inmemorial, dos oponentes que clavan sus pies en un barro resbaladizo mientras pujan por llevarse el gato al agua o el agua a su molino. Pero la suya es una lucha a muerte y no un inofensivo deporte de barrio. De un extremo de la cuerda tira el deseo de vivir intensamente una vida que en realidad valga la pena; del otro la necesidad que esa misma vida tiene de sentirse segura en un medio social exigente y muchas veces hostil. Ambos bandos se sienten cargados de razón para no cejar en su esfuerzo, pues ambos poseen motivos de sobra para no desistir de su objetivo: el uno, de la intensidad máxima; el otro, de la seguridad plena. Uno está empeñado en incrementar la sensación de vivir a cualquier precio, para lo cual nunca pondrá reparos a salir al paso de la incomodidad y el malestar, que le llevarán incluso hasta los límites del desfallecimiento, pues sabe que no se consigue dar valor a los actos si no se acepta el riesgo de morir en el intento. Y el otro persigue en todo instante la intención contraria, la preservación de la propia vida a toda costa, la duración por el simple hecho de durar, para lo cual debe limitar en su interior todo impulso sospechoso de temerario y desechar toda idea que nos proponga llegar como individuos lo más lejos posible, a ser posible hasta el borde mismo del abismo.
Vosotras sabéis tan bien como yo que hay diferentes clases de aventura, pero que los distintos tipos de aventureros se parecen mucho entre sí: todos quieren abrir una ventana, un respiradero en el uniforme muro de la Cotidianidad, cuando no, simplemente, derribarlo. Para ellos siempre existen horizontes que sortear, retos a conseguir, obras por hacer, nuevos mundos por descubrir u otras gentes que conocer. E independientemente de la niñez particular de cada cual, de adultos comparten todos un común denominador: son personas de alma intrépida que nunca olvidaron "las hermosas manzanas de la infancia", las de mejor sabor en la medida que más costaba saborearlas, aquellas para cuya recolección era preciso desafiar algún obstáculo imposible o bien una señal de prohibición: encaramarse, por ejemplo, a una altura de vértigo que daba miedo al más valiente, o saltar una tapia erizada de cristales con los que disuadir, entre otros, a estos pequeños ladrones de su primera gran aventura que, sin saberlo ellos aún, les iba a servir de entrenamiento para sus expediciones futuras, para cuando se dispusieran a saltar otras tapias todavía más altas y peligrosas: los mares, los continentes, las fronteras y las abigarradas culturas que cohabitan en este planeta. La misma intrepidez alegre que, de niños, les facilitaba el asalto a un huerto vecino repleto de manzanos, hizo luego que les fuera más fácil vadear ríos, atravesar desiertos y trepar a las más elevadas cumbres solamente habitadas por la paradisíaca pareja del Silencio y la Nieve, su novia de siempre...
Sí: alguna vez lo hablamos, si mal no recuerdo. La aventura no es un fin propuesto a la virtud del hombre en tanto en cuanto el único objetivo de éste sea el mero sobrevivir: un fin conservador, sin verdadera vitalidad y, por tanto, negativo. Vosotras lo sabéis igual que yo: quien, viviendo, persigue siempre la máxima intensidad busca, aunque sea indirectamente, la muerte, pues sólo un peligro cierto la aumenta. Abrid, pues, los ojos en esa África ancestral, cuna de la Humanidad, que a no tardar querrá daros el abrazo bestial de sus selvas y sabanas, el beso ardiente de sus desoladas mesetas y la caricia fustigadora de sus tormentas de arena. Abridlos a sus coloristas multitudes y a sus vacíos inmensos donde el hombre ni siquiera existe como memoria, donde nunca será un simple número. Abridlos a la luz que ruge sobre sus llanuras y montes en pie de igualdad con cualquier otra fiera poderosa. Abridlos, en fin, a la más intensa vida jamás soñada, y, mientras lo hacéis, recordad al amigo cobardica que se ha quedado en casa porque su aventura es otra y no le exige sino la imaginación contenida en las palabras para viajar lo más lejos posible, no ya al otro lado del mundo, sino más allá incluso: al otro lado del abismo.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El defecador de estrellas

Los escritores de mi tipo no conocen la realidad y, por eso, apenas hablamos de ella, No es falsa modestia ni humildad, es peor: es la pura verdad. En lo que a mi respecta, y aunque me tacharan de déspota, la expulsaría al extranjero para que no diera tanto la lata. En este país, sin embargo, no se puede vivir al margen de tan totalitaria dama, so pena de no tener de qué hablar con los amigos. Aquí, incluso los que podrían hablar con solvencia y brillantez de cualquier otro tema, se inclinan en seguida por citarla y comentarla a cada rato, como si la conversación no tuviera otro recurso vital del que mantenerse. Actualmente, entre los conversadores (incluso entre los buenos), ese recurso se concentra en la "situación política", a la que se califica unánimemente de "más problemática que nunca", como si la realidad de España a lo largo de su historia hubiera sido otra cosa distinta a un problema. Todos ellos olvidan, o parecen olvidar, que la realidad no sólo es obvia (lo que todavía tendría un pase), sino que, además, es redundante, y que  la redundancia, al ser redonda, no hay por donde cogerla. Sin embargo, todo el mundo quiere hacerlo justo por donde más le duele, es decir, por sus órganos reproductores: el gobierno, los partidos, los bancos, la monarquía, Cataluña, el Camino de Santiago, el Toro de la Vega  y esa entelequia tan hispana que se resume en la fórmula La Madre Que Los Parió, que, en cuanto órgano reproductor, engendra todo tipo de realidades, pero ninguna que tenga de su parte a la prensa. La situación, como se ve, no es que sea problemática sino que es justo al revés: es el Problema el que  no deja de estar en la misma  "situación" de siempre y, en un caso así, los únicos que tendrían algo que decir serían los matemáticos, no los profetas. No obstante, en la actualidad española, todos los profetas se han metido a matemáticos, con lo que cualquier ley matemática que se pretenda aplicar para resolver el problema del Problema será una nueva quimera, visto que los simples aficionados nunca resuelven nada que no sea, en sí, una chapuza, y, si lo hacen, es con otra chapuza y por la tremenda. ¿He dicho "tremenda"?... ¡Ay! Temo que me haya corneado otro toro (el del Subconsciente) porque en este país el tremendismo ha sido siempre bienvenido y reverenciado, y no me extrañaría que "esa acabe siendo la solución, después de todo", como (inmersos también en su propio problema) llegaron a pensar los romanos de los bárbaros...
Pero, como decía al principio, no pienso hablar de la Realidad con mayúsculas porque la ignoro, y yo soy un discreto Don Nadie que nunca escribe de lo que desconoce. Hablaré, en cambio de "la otra realidad", de la barriobajera, de la que suele liarse a puñetazos con el realismo ya que es, en el fondo, la más realista y sabe que nada de lo que parece real es lo que parece. Esta es la que me incumbe y la que yo exploro, pues sucede puertas adentro, donde me siento como pez en el agua de su pecera, Soy (si algo soy) escritor de interiores en los dos sentidos: el de espacios cerrados y el de pechos abiertos. Realmente no sé qué decir de lo que pasa ahí fuera, ya que afuera es arduo y muy raro encontrar las aguas contradictorias en que yo nado: aquellas en las que a mayor profundidad es donde hay más oxígeno. No respiro fácilmente sino en la soledad saturada de si misma y, por eso, mi medio natural es la burbuja acorazada de un cuarto sin ventanas donde resuena la música atonal y descompasada del silencio. Diré más y mejor: soy como una polilla de carcoma refugiada en la madera de la que está hecha el universo y que, si aún no lo sabéis, es la misma de los sueños humanos: me alimento, pues, devorando lentamente las vigas de una compleja y antiquísima arquitectura forjada en el big-bang, por lo que (disculpando la metáfora) también  se podría decir que soy quien defeca las estrellas. Así que, para mí, la disyuntiva está entre ser devorador o ser devorado y, como podéis comprender, no hay color. Naturalmente, prefiero comer que ser comido por el simple motivo de que, como destino individual, es más sano cagar de vez en cuando que ser excretado a todas horas.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Letanías del perfecto incomprendido

Si triste, te acusarán de deprimido
Si demasiado alegre, de informal
Si gritas, de no saber estar
Si callas, de ser un insociable
Si lloras, de querer aguar la fiesta
Si protestas, de no tener educación
Si te enfadas, de poco menos que amargado
Si te hartas, de escaso o nulo aguante
Si te aburres, de inflexible o estirado
Si te cansas, (por supuesto) de cansino
Si te mueves mucho, de culo inquieto
Si a veces  te sientas, de vago o de pasmado
Si obedeces por costumbre, de enculado y conformista
Si siempre disidente, de mal follado
Si divertido, de no tener seriedad
Si profundo y serio, de insulso
Si te rebelas, de pendenciero
Si te acomodas, de hipotensión
Si te vas, de miedo al compromiso
Si te quedas, de campeón de los cobardes
Si sensible y discreto, de señorita
Si lo tienes claro, de incorregible
Si titubeas, de habitar en mitad de la escalera
Si decidido, de bajarla a tumbos
Si bueno, de tonto y medio
Si pobre ingenuo, de medio bobo
Si adulto confiado, de loco de atar
Si muy prudente, de maniatado
Si te va la gente, de pandillero
Si solitario, de raro o pervertido
Si borde, de carecer por completo de empatía
Si complaciente, de subnormal
Si te trasladas, de inconstante
Si te equivocas, de dar palos a ciegas
Si estás jodido, de fracasado
Si fracasas, de desgraciado
Si en exceso sincero, de chico malo
Si te contienes, de futuro traidor
Si no deseas nada, de quererlo todo
Si no te enteras, de jugar al despiste
Si no pudiste, de desganado
Si sueñas, de hacerlo despierto
Si sólo vives, de espabilado
Y si estás muerto, de haberte matado...

sábado, 31 de octubre de 2015

Coincidiendo con Lacan

La primera letra de la vida es la "p" de putada, pero, una vez hecha la putada, ésta es la primera lección a aprender: en ella, como director de la acción, el deseo es fundamental. Ahora bien: como su único motor, el deseo tiene a veces fallos muy inoportunos que pueden conducirnos a la ruina al no saber distinguir, por ejemplo, entre la casualidad verdadera y el simple accidente. A lo largo de nuestro camino, sea el que sea, será fundamental para nosotros (animales no herrados, pero que yerran como ningún otro) no perder de vista la estrella que perseguimos, pues en cualquier momento puede sacarnos de él la más breve y mínima pérdida de visión: desde el polvo levantado por otra bestia semejante y enloquecida que se cruza en nuestra dirección, hasta el brote repentino de unas lágrimas a causa de una emoción incontrolable, tan intensa como triste. Y ya lo dijo Rabindranath Tagore: "si lloras por la muerte del sol ocultarás las estrellas". Entre ellas, quizás la tuya...

jueves, 29 de octubre de 2015

Pequeña lección de Geografía

Vivir y escribir son regiones vitales, no antagónicas, sino antípodas pues, en el espacio, se hallan opuestas entre sí y nadie es capaz de habitarlas a un tiempo. Y como los escritores somos, en general, sedentarios, de ahí que nuestra condena sea no dejar de añorar "el otro lado del mundo".

Desde el fallado

Existe un peligro parecido en los libros y en las personas; al abrir unos o conocer a las otras corremos el mismo riesgo de decepcionarnos o conmovernos, de aburrirnos mortalmente o de ser estimulados de una manera nueva y arrebatadora, de ser arrojados literalmente al abismo de una existencia apasionada o, por el contrario, de vernos arrastrados para siempre a una soledad helada y vacía. Los libros con vida propia tienen este poder sobre nosotros, como lo tienen los seres humanos que nos son todavía desconocidos y que nos atraen con la misteriosa fuerza de los imanes; y, en uno u otro caso, para gozarlos a fondo, es preciso que nos alejemos un tiempo de la realidad para que la experiencia sea duradera, intensa e inolvidable. Creo que fue por este motivo que siempre quise ser escritor: quería proporcionar a otro ser humano una experiencia de esa clase  y, desde el principio, intuí que no podría hacerlo como cualquier otra persona: con mi compromiso vital. Para comprometerse en serio con los demás hay que estar siempre dispuesto a acercarse a la vida de todas las formas posibles (a través de la acción y el trabajo, siendo constantemente responsable en la construcción de un proyecto profesional o de una familia), mientras que mi instinto más invencible y hondo era huir a refugiarme en un agujero de cuatro paredes donde dar rienda suelta a mi imaginación y profundizar así en mi propia obra, mi única responsabilidad verdadera. Desde que era un niño siempre quise huir de la realidad para zambullirme en la propia fantasía y, en el fondo, ninguna de mis pasiones tuvo nunca otro objetivo que ése: blindarme frente al mundo y ante lo real mediante el aislamiento en un fallado en el que sentirme solo y libre, como el astronauta que sale a dar un paseo espacial y se descubre a sí mismo en el humilde papel de Dios, en la piel de un creador que lo mira todo desde fuera y en la distancia, condición previa de la creación y modo divino de crear...

martes, 27 de octubre de 2015

La madre del cordero

Como cualquier idea obsesiva, la del amor también puede resultar peligrosa en extremo: con relativa frecuencia se esconde tras ella la cobardía fisiológica del que es naturalmente incapaz de amar a otro ser vivo que, por el simple hecho de serlo, no es "ideal". Por lo mismo que un ideólogo del valor no tiene por qué ser necesariamente valiente, no hay razón para considerar un amante sincero a quien, al amar, comienza siempre por enardecerse idealizando a su amado. Si antes de nada, y para ser querido, alguien ha de fingir no ser quien es, no ser real, ¿cómo, después, atreverse a reclamar alguna realidad, alguna certeza, de unos sentimientos que nos son ajenos y que deben su máxima plenitud a un engaño? En todo engaño, el primer y más hondamente engañado es quien lo concibe y perpetra pues, más adelante, cuando haya de justificarse, ni siquiera podrá decirse a si mismo que le engañaron salvo que acepte engañarse de nuevo (ésto en el supuesto de que sea una persona cabal y se sienta obligada a justificarse, claro está). 
Ahora bien: ¿qué pasa cuando no hubo engaño, cuando todo se debió, simple y llanamente, a la pura imaginación enferma de desamor?... ¡Ay, amigos: ésta sí que es la madre del cordero! Entonces quizás ese amor no fuese una mentira después de todo, y ocurra que, al no haber merecido crédito por parte del ser amado, el propio amante se torne poco a poco irreal en cuanto persona, de modo que, para lograr sobrevivir, deba engañarse al respecto una y otra vez diciéndose a sí mismo que, en realidad, no amó, que sólo quería repetir la felicidad de otro tiempo y que le daba igual con quién hacerlo, razón de por qué no pudo ser. (De acuerdo en que quién ama con la imaginación inventa el objeto de su amor, pero inventar no es mentir sino, a lo sumo, una forma de soñar en voz alta con aquello sin lo cual, una vez despiertos, no sabríamos vivir).

lunes, 26 de octubre de 2015

La extinción de las especies, II

...Pero una especie avanza, se perfecciona y casi diviniza, gracias solamente a sus clamorosas anomalías, con lo que otra vez se demuestra la superioridad de la paradoja sobre la parábola a la hora de explicar el misterio humano.

La extinción de las especies, I

Tener un mundo propio invalida en mayor o menor grado, y es inevitable que los inválidos vivan con miedo en un mundo competitivo donde, dígase lo que se diga, gozar de "buenas piernas" concede una ventaja considerable: los discapacitados de cualquier índole se saben dolorosamente dependientes (sobre todo porque la dignidad y el orgullo no se ven impedidos en el mismo grado) y, en consecuencia, no es incomprensible que se aíslen en una burbuja de espinas, como el erizo, o que se expongan de manera suicida y patética en busca de cierta seguridad que otro, un alma generosa y protectora, les pueda ofrecer. 
Tener un mundo propio es una responsabilidad no prevista por la Evolución, una anomalía que ésta, a su vez, tiene la responsabilidad de intentar erradicar. De ahí que el artista sea en todas partes una especie en eterno peligro de extinción.

domingo, 25 de octubre de 2015

El precio del sol

El amor y la muerte (o, si se prefiere, el sexo y la sangre) van siempre de la mano. ¿Por qué, sino, es un accidente tan común sorprender a una pareja de enamorados contemplando el espectáculo de la puesta del sol? ¿No es el verdadero espectáculo ver a un par de mortales, unidos momentáneamente por un sentimiento tan caduco como ellos mismos, encaramados a una peña cogidos de la mano, observando cómo el primitivo dios de la vida se hunde en el horizonte entre incandescentes chisporroteos de oro? ¿Qué atrae, qué empuja a una pareja de jóvenes amantes a esa extravagante contemplación quietista de un apocalipsis cotidiano (que no por ordinario es menos terrible) si no es el hecho de que la pasión conoce o intuye, desde el principio, su irrevocable final?... La muerte del dios presagia la del amor, y los adeptos de uno y otro, del sol y de la vida, lo saben por instinto: del mismo modo que vivir, amar tiene un precio y no es pequeño.

sábado, 24 de octubre de 2015

Epitafio del lunático

"Quise alcanzar la luna, pero sólo llegué a pisar la cara oscura" (lapidaria frase, extraída de su original contexto biográfico, que sólo resulta inteligible puesta en boca de un gran ambicioso que aquí abajo, en la Tierra, temió siempre y más que nada su propio eclipse total como individuo, motivo por el cual se hizo astronauta). 

jueves, 22 de octubre de 2015

Fragmento de la novela "1623"

Ya habían aparecido en el cielo las primeras estrellas cuando Massin Meddur le tomó la palabra a Antero para invitarle a cenar en su casa diciéndole que esta vez no podía rechazar su ayuda puesto que se había comprometido a concederle todo lo que quisiera con sólo pedirlo. El emigrante y antiguo buscador de diamantes amplió su hospitalidad ofreciéndole también pernoctar allí, en su domicilio, ya que disponía de un cuarto que estaba casi siempre vacío desde que su joven hija había cogido la costumbre de hacer la guardia nocturna en el Tophet de Salambó. Ante la extrañeza que estos comentarios despertaron en su invitado, Massin Meddur hubo de explicar, primero, que el Tophet era un museo al aire libre, un depósito de urnas y estelas púnicas que, en su día, había sido un cementerio donde se enterraban las cenizas de los niños teóricamente sacrificados a los dioses protectores de Cartago, a Baal-Hannón y a Tanit, sus divinidades masculina y femenina respectivamente; y, después, que Lalla, su hija, llevaba más de la mitad de su corta vida acudiendo diariamente, y por propia iniciativa, a ese lugar infernal debido a una revelación que había tenido tras sufrir un accidente que la había dejado en coma por un breve espacio de tiempo. Este ignoto trauma (su padre no dijo en qué había consistido) le sucediera siendo todavía una niña pequeña, entre los cuatro y los cinco años de edad, y una vez que emergió de las profundidades de aquella inconsciencia nunca volvería a ser la misma. 
La consecuencia más terrible de aquel lejano episodio de pérdida de conciencia había sido que Lalla perdiera, asimismo, la capacidad del habla, y, aunque al despertar del coma reconoció sin problemas a su padre, éste no volvería a escuchar el dulce timbre de su voz infantil. Pero si bien ése fue el cambio más terrible que sufriera la hija de Massin, no fue sin embargo el más sorprendente, ni siquiera el más aparatoso, porque al poco de salir del coma comenzó a hacerse evidente en ella una extraña perturbación mental que un psiquiatra diagnosticaría más adelante como un trastorno temprano de esquizofrenia cuyo síntoma estrella era la modificación manifiesta de la personalidad. En definitiva: al abrir de nuevo los ojos, la niña Lalla Meddur ya no era una niña, a secas, sino una criatura mítica que, en un pasado remoto, había sido divinizada por sus antepasados de la tribu libia de los Amazigues con el nombre genérico de Palas, un nombre que en lengua bereber significaba indistintamente La Muchacha y/o La Luchadora. Al hablarle de esta entidad fantástica que era a la vez humana y divina, Massin Meddur aprovechó para informarle también de sus propios orígenes sociales: dijo que su familia era descendiente de los Amá, una etnia derrotada por la Historia, un pueblo misterioso que durante generaciones había sobrevivido en la pobreza, estigmatizados sus miembros de vagos, ladrones y borrachos, y ocupando siempre las capas inferiores de la sociedad cualquiera fuese el signo político de ésta, si progresista o conservadora. Dijo que esas gentes, los Amá, habían sido a lo largo de la Historia chivos expiatorios del Poder, y que, salvando las distancias, se podían comparar a los judíos o a los gitanos en las sociedades europeas, o incluso a la casta de los Intocables en la hindú. 
Antero escuchó los antecedentes sociológicos de su anfitrión (más por cortesía que por verdadero interés, ya que ni por asomo sabía de qué le estaban hablando) mientras subía de nuevo a la Dourival para recoger su petate y guardar en él el liviano fardo de la momia que, con anterioridad, había extraído del cajón de la estiva. Después se echó al hombro el voluminoso bulto y, tras cerrar con llave la puerta de la cabina de mando, saltó a tierra para ponerse a disposición de su acompañante que ya se le había adelantado un poco y le esperaba sobre el paseo contiguo al canal. Cruzaron el puente y caminaron en paralelo a la línea de costa por la rúe Mahammed Ali hasta llegar a la plaza de Farhat Hached en el barrio de Le Kran; desde allí, por Ibn Battouta, se desviaron hacia la playa, que a aquellas horas de la noche estaba completamente desierta. Luego, bordeando la arena y dejando a su izquierda las nobles casas ajardinadas de Salambó, Massin le condujo todo a lo largo del mar Mediterráneo hasta la entrada de una calle menos amplia que las demás y que resultó ser la del victorioso compañero del Profeta, Khaled ibn El Walid. 
En esa calle, la luz del alumbrado público apenas iluminaba el pavimento bacheado y sólo servía para orientar a las nubes de insectos que se arremolinaban bajo los focos anémicos de las escasas farolas que aún estaban en funcionamiento. Antero caminó al lado de su guía entre dos hileras de grandes chalets que, antaño, habrían sido sin duda confortables residencias veraniegas, pero que ahora debían estar abandonados pues algunas de sus ventanas aparecían tapiadas con planchas de aglomerado, y los setos vegetales que separaban entre sí las parcelas de arruinado césped se hallaban sin recortar y profusamente asilvestrados. A media calle su acompañante se detuvo ante uno de estos setos ceñidos mediante un cierre de alambrada en el que faltaba uno de los paneles, el más próximo a la finca contigua. Antero vio de inmediato que por allí podría entrar sin necesidad de agacharse el cuerpo de un hombre fornido, cosa que comprobó cuando, sin decir palabra, Massin Meddur atravesó la muralla vegetal por ese oportuno boquete: por supuesto, él siguió su ejemplo sin dudarlo ni un segundo.
-¿Esta casa es suya? -preguntó ingenuamente cuando ambos volvieron a reunirse al otro lado del seto.
-Lo es por el derecho que me otorga no tener ninguna -dijo Massin con calma. Luego, como si necesitara justificarse, añadió -: mientras no le deshaucien, un pobre tiene derecho a vivir en cualquier parte. Donde le de la gana, incluso en un palacio si le da la gana. 
Desde luego, el sombrío edificio que tenían delante lo parecía -un palacio- pues lucía balaustradas de piedra en dos de sus fachadas y un torreón de ladrillo y madera en la cumbre del tejado que, por su aspecto, quizás hubiera sido en su día un palomar. No obstante, si era un palacio, era ya un palacio en ruinas porque en parte estaba derrumbado y en parte podrido. Massin arrastró a su invitado cogiéndole del brazo mientras le decía:
-¡Venga conmigo! Voy a ver si por casualidad mi hija ha venido hoy a casa: a veces lo hace, aunque no muchas veces...
Avanzaron juntos hacia la puerta principal que tenía un dintel en arco y goznes de hierro desnudos: la puerta en sí no existía, había sido sustituida por una tapia de maderos clavados que ocupaba el vano sólo hasta dos tercios de su altura. Massin la retiró a un lado sin aparente esfuerzo y luego, con teatral solemnidad, invitó a Antero a que penetrara sin miedo en su “humilde morada”:
-¡Adelante: está usted en su casa! Puede recorrerla con total confianza: sin mirar por donde pisa, porque ahí dentro no hay ya nada valioso que aún pueda romperse. Lalla destruyó todo eso -todo lo que tenía algún valor material- cuando todavía era una chiquilla: ése, el de romper cosas, era su juego favorito entonces. La verdad es que siempre fue una niña muy rara, ¿no le parece?
-No lo sé: yo no la conozco -dijo Antero contrarrestando con esta discreta frase aquella apreciación negativa que el padre parecía tener de la hija.
-En realidad no se lo decía a usted sino a mi mismo -aclaró Massin dándose prisa en deshacer el malentendido -. Pero lo cierto es que sí es rara, siempre lo fue. Tendría poco más de tres años cuando dio la primera muestra de ello: uno de sus tíos le había regalado una muñeca por su cumpleaños y ella, en vez de afanarse en vestirla o bañarla, como hacen las niñas normales, se empeñó en torturarla hasta despedazarla por completo. Usted me dirá que eso no es ninguna rareza porque todos los niños del mundo destruyen sus juguetes tarde o temprano; pero en el caso de Lalla lo raro fue que, para destruir el suyo, recurriese a un escalofriante método de tortura que aquí, en el norte de África, lleva muchos siglos en desuso, pero que fue de empleo bastante corriente en los reinos absolutistas de la Antiguedad: me estoy refiriendo al descuartizamiento por tracción directa sobre los miembros superiores e inferiores realizado por animales a los que se les hace huir a la carrera en direcciones opuestas. Al parecer, aquí, en el norte de África se solían utilizar de preferencia camellos o caballos, y, en su defecto, bueyes; pero, como es lógico, un niño de tres años no hubiera podido dominar ejemplares vivos de ninguna de estas tres especies. Por tanto, Lalla hubo de recurrir a otra especie para que hiciera los honores: ella usó tres perros para despedazar su juguete -tres cachorros de una raza sin concretar que solían jugar con ella en el campamento en el que vivíamos por entonces-, y lo hizo atándolo por brazos y piernas a sus festivas colas. Los juguetones cachorrillos despedazaron la muñeca en un santiamén, y, según me dijeron luego mis hermanos amazhigues, mientras tanto ella aplaudía a rabiar con aquellas manitas suyas que a mí en particular también me parecían de juguete...
Su invitado no hizo comentarios y él prosiguió hablando al tiempo que encendía una sencilla lamparilla de aceite que no habría desmerecido pertenecer a algún catálogo de antigüedades. El rancio olor del aceite se extendió pronto por un amplio espacio vacío de muebles y cerrado por grandes ventanales que apenas conservaban un cristal que no se hubiera roto tiempo atrás. 
-Pero lo más raro de todo es que, en el fondo, le gustaban las muñecas porque inmediatamente después de salir del coma se apasionó tanto por una que incluso comenzó a vestirse como ella. La muñeca en cuestión era una con la que todas las niñas amazhigues habían jugado desde tiempos inmemoriales. Se trataba de un modelo tradicional que los padres regalaban a sus hijas primogénitas y que se transmitía de generación en generación: estaba tallada en madera de pino pinabete y la creencia común es que copiaba la figura de aquella virgen guerrera de la que antes le hablé y de la que, según la mitología de nuestra tribu, descendemos los Amá. Ya sé que a usted le costará creer que una virgen haya dado a luz a toda una tribu, pero esa es la creencia general entre nosotros. La muñeca de marras servía para mantener viva esta creencia en las nuevas generaciones porque incorporaba el equipo completo que, se supone, debía llevar encima un guerrero de la Antigüedad: casco, lanza y escudo, además de un curioso pectoral de latón que le abrazaba los pechos, como un corsé que tuviera función de armadura más que de sostén. La lanza la llevaba en la mano izquierda, y el escudo -que, en realidad, semejaba una vulgar rueca de hilandera- en la derecha. También calzaba sandalias y vestía un traje largo de sacerdotisa. Este era el aspecto que tenía la muñeca: el mismo que ahora tiene mi hija Lalla, sólo que Lalla es una virgen guerrera de raza negra nacida en Angola. La diferencia en el color de la piel ha sido crucial porque ningún amazhigue se identificará jamás con una muñeca viviente de raza negra: por eso mi hija, cuando no es motivo de risa, es motivo de burla en nuestra tribu de origen... 
-¿Se ríen de ella? -preguntó Antero con lástima.
-Sí -contestó Messin Meddur con una dolorosa mezcla de pesadumbre y coraje ancestrales -: mi propia gente se burla de ella a mis espaldas. Como padre, eso es lo que más me duele: que mi propia sangre la desprecie. ¡Le juro que a veces, cuando veo ese desprecio en una cara conocida, en uno de mis hermanos de sangre, tengo que contenerme para no hacer una locura! ¿Se acuerda de los hombres con los que fui al embarcadero?... Todos ellos son unos muertos de hambre que, cuando no están robando algo, trabajan en lo que pueden: vendiendo chatarra o haciendo cualquier otra cosa, como puede ser vigilar y limpiar las embarcaciones de algunos pescadores que les contratan a tal fin por una miseria. Y, en teoría, todos ellos son mis hermanos: o sea, amazhigues como yo. Pues bien: sólo un poco antes de llegar allí, al embarcadero, estuve a punto de matar a uno de ellos porque se rió como un idiota cuando los otros le contaron que habían visto a mi hija a la puerta del Tophet: muda e inmóvil como una estatua y dejándose fotografiar por los turistas. Se lo juro: ¡le habría arrancado el corazón si los demás no me hubiesen sujetado!...
La compasión de Antero se agudizó al percibir el profundo amor de Massin por aquella hija tan extraña y extravagante que representaba en su propia carne el simulacro de una doncella llamada Palas, madre mítica de un pueblo que hoy en día se hallaba degenerado y casi extinguido. Le habría gustado poder hacer algo por su nuevo amigo para demostrarle que su recién prometida amistad era sincera y aliviar así, dentro de lo posible, su situación, la del hombre atrapado entre dos lealtades que combaten y se zahieren mutuamente: la que sentía hacia su querida hija, hacia aquel joven cerebro perturbado que se había convertido, para unos, en el hazmerreír de Cartago y, para otros, en un atractivo turístico más, y la que experimentaba hacia su propia gente, hacia el pueblo alienado y moribundo de los Amá, que, en el colmo de su alienación colectiva, había comenzado a burlarse de quienes reivindicaban su pasada grandeza no teniendo miedo ni vergüenza a prestar su cuerpo para que uno de sus mayores mitos encarnara a la vista de todo el mundo. 
A la pobre luz de aquella lámpara que el tunecino venía de encender, Antero dio un par de pasos hacia su amigo con la intención de testimoniarle su solidaridad de alguna manera. Pero entonces, cuando ya casi le rozaba con la mano, se detuvo en seco al notar un contacto en su espalda: una gélida sensación punzante sin causa conocida. Fue a girar la cabeza pero, en ese mismo instante, escuchó a Massin Meddur interrogando con estremecido afecto a la penumbra circundante:
-¿...Eres tú, cariño?
No hicieron falta más que estas palabras para que Antero comprendiese que tenía la aguda punta de una lanza apoyada contra sus vértebras dorsales: la muchacha debía haber pensado que él estaba a punto de atacar por la espalda a su padre. Se puso rígido y quiso decir en voz alta que era un amigo, pero no pudo: de pronto había comprendido también que, de no mediar un milagro, iba a mearse en los pantalones de un momento a otro. Después de todo, aquella niña demente se creía una guerrera del mundo antiguo, donde una de las más respetadas costumbres de guerra era no hacer prisioneros.
-¡Por favor: no me mates! -logró susurrar al fin, conteniendo a duras penas la presión que la orina hacía ya sobre su esfínter.
-¡Sé que estás ahí, Lalla! -dijo por su parte Massin Meddur-. ¡Ven! ¡Deja en paz a nuestro amigo! ¡Él no ha venido a hacernos daño!... ¡Ven aquí!
Casi enseguida el ex policía notó que la lanza dejaba de presionar con tanta fuerza sobre su piel y suspiró aliviado.
-¡Ven aquí, Lalla! -repitió Massin su orden en tono más suave -. ¡Ven aquí, cariño!... ¿Has comido hoy?
Como es lógico, su hija no le contestó pero Antero pudo sentir que la muchacha se desplazaba por detrás de él a través de las sombras, rápida y silenciosa como un felino. De repente, al avivarse de golpe la llama de la lámpara gracias a que Messin acababa de verter otro chorro de aceite en el platillo, la vio por primera vez de cuerpo entero y se quedó pasmado por la sorpresa, como cuando recibimos en el rostro una bofetada propinada con toda el alma y que ni por asomo esperábamos. Era tal el prodigio de gracia y ferocidad que tenía enfrente que, por un momento, creyó estar soñando. Tanto es así que, instintivamente, cerró los ojos con violencia, convencido de que al volver a abrirlos se habría desecho el hechizo. Pero no: el encanto y el terror continuaban allí, reunidos en un mismo y apretado haz de carne prepúber. 
-¡Santa Madre de Dios!... -murmuró para sí, a la vez extasiado y espantado por lo que veía.

Fragmento de la novela "Las canciones de Midolor"

A la vuelta de vacaciones Kiovas me citó en el Galo, uno de los bares en los que nos reuníamos con frecuencia. Según el conserje, llevaba varios días viniendo a buscarme a la residencia en la esperanza de que yo hubiera adelantado el retorno, lo mismo que él. Al atender al teléfono, lo primero que me preguntó fue si sabía dónde estaba Julia, ya que ésta no aparecía por ninguna parte. Su pregunta me cogió desprevenido: no esperaba que alguien tuviera tanta o mas impaciencia que yo por volver a verla. Hacía casi una semana que había partido de Villasanta sin despedirse de mí, salvo por la escueta nota que había dejado sobre la cama supletoria, que permanecía perfectamente hecha, sin revolver, ya que ella no la había utilizado durante esa última noche: “Nos vemos en Santiago. Besos de tu (todavía) amiga”. Llevaba seis días dándole vueltas a este corto texto de despedida, haciendo especulaciones sobre la promesa que llevaba implícita, y sobre el sentido de aquel “todavía” encerrado entre paréntesis que, por momentos, me parecía alarmante en la medida que daba a entender que nada significativo o trascendente había ocurrido entre nosotros. Esa no era mi impresión, sin embargo. Si no trascendente, a mí sí me había parecido significativa su forma de sonreír cuando yo me dejaba caer a plomo sobre su vientre, o su modo de agarrarse las rodillas en alto para facilitarme la penetración, con un estilo que semejaba el de una experta nadadora saltando del trampolín. Tenía estas y otras imágenes atascadas en la mente, interrumpiendo el libre tráfico de los pensamientos, desde el día de Año Nuevo, y me angustiaba la sospecha de que a Julia no la asaltaban tales rememoraciones con la misma insistencia. 
Era la misma angustia que Matilde había detectado en mí al regresar de la fiesta (con el maquillaje ya inutilizado y la palidez de la cera derretida en su rostro de trasnochadora), cuando me descubrió sentado en la penumbra del porche trasero, envuelto en una de las frazadas que aún conservaban el olor del cuerpo fugado de Julia, y me preguntó, dispensada de antemano por la amortiguada jovialidad de las recientes horas de diversión: “¿Y tu sombra, hermanito? ¿Aún sigue durmiendo?”. No me fue necesario responderle, ella lo adivinó sin que cruzáramos una palabra: “¡Epa! ¡Por fin lo hizísteis! ¿Lo ves, hermanito? Es una mujer, por mucho que intente disimularlo. ¡Vaya, vaya! ¡Ya verás cuando se lo cuente a Dolores...!” 
Entonces interrumpí su euforia tendiéndole el papel escrito por Julia, mientras le pedía su opinión sobre el significado subliminal de aquel mensaje, si es que lo había. Mi hermana no se sorprendió por su repentina marcha: “No te preocupes, hermanito. Es normal. De haberse quedado habría tenido que afrontarlo ante todos nosotros, incluso ante mamá. Ha sido una consideración por su parte, no una cobardía. Aunque para mí es una decepción: me hubiera gustado pincharla un poquito a propósito de la inconveniencia de mezclar sexo y amistad. Pero tú no te preocupes: esto sólo significa que te respeta mucho, y que para lo otro, para demostrarte cuánto te quiere, necesita estar en un terreno más neutral. Es comprensible, ¿no crees?”. Pero, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, mi tranquilidad desapareció. Aunque no me fue difícil justificar la partida de Julia (alegué que no había querido despertar a nadie, sabedora de que todos se habían acostado muy tarde luego de la larga noche de feliz insomnio), tampoco fue fácil disimular, durante el tiempo restante de mis vacaciones, mi inquietud ante aquella intempestiva desaparición, justo después de haberme dado a conocer el palpitante laberinto de su carne en el que me había extraviado a conciencia, hundiéndome en su centro por tres veces consecutivas y volviendo a salir (las tres veces) incólume, sin heridas ni mutilaciones, a pesar de haberme desintegrado por completo en cada una de las tres ocasiones mencionadas. 
Esta inquietud (u otra, si cabe más intensa) seguía conmigo cuando me dirigía hacia el Galo, febril ante la posibilidad de un inmediato reencuentro con Julia, cuya presencia a mi alrededor en aquel otro laberinto sangrante que era Compostela sentía como una segura y ubicua realidad de la que no se podía dudar. Kiovas discutía acodado en la barra con Jorge, el dueño del pub (a quien apodábamos en secreto Mister George por su larga estancia como emigrante en Inglaterra), a propósito de la letra del Riders on the Storm que la alcoholizada voz de Jin Morrison arrojaba, casi con desgana, contra los muros y arcos de cantería que soportaban el artesonado del local. Las anémicas bujías de los apliques apenas conseguían descolgar las sombras de las paredes del sotáno, donde permanecían a perpetuidad, con independencia de la hora del día y la intensidad de luz procedente del exterior. (“Jinetes en la tormenta/ Jinetes en la tormenta/ En esta casa nacimos/ A este mundo fuimos arrojados/Como un perro sin hueso/ Como un actor sin papel...” ). La traducción que defendía Kiovas colocaba al actor al que hacía referencia el último verso en una situación aún peor que la de no tener un papel que representar sobre un escenario y, según él, la traducción correcta sería “Como un actor con deudas”, lo cual se ajustaba mejor a la fuerza dramática del texto, aparte de ser más coherente, pues el hecho de no poder pagar las deudas, ya le ocurra a un comediante o a un estudiante, era una contingencia mucho más desesperada que la de no tener un papel que desempeñar en la vida. En este último caso había mucha gente y no por ello se desesperaban. Él mismo, Kiovas, no sabía qué hacer con la suya, pero eso no le quitaba el sueño. En cambio, le angustiaba bastante más la Guinnes de importación que se estaba bebiendo, pues no tenía un céntimo en el bolsillo y, a menos que Mister George le invitara, tendría que dejársela a deber. 
Mister George sonrió ante estas noticias como un padre que disfruta con las travesuras de uno de sus retoños, sin alterarse por los destrozos que éste pueda hacer pues él hace tiempo que contrató una póliza de seguros para paliar tales desgracias: abrió una gaveta tras el robusto mostrador y extrajo de allí una cachiporra de reglamento (un recuerdo de la época en que trabajara de guardia jurado en el Britich Museum, dato inverificable por lo demás) para mostrarle a Kiovas quién sería su abogada de tener que llegar a pleito. Mi oportuna entrada evitó este más que probable desenlace, para alegría de Kiovas y del mismo Mister George, que, en el fondo, detestaba tener que recurrir a abogados para cobrar a tocateja. Afortunadamente, yo había recibido en mano mi asignación semanal, amén de un extra que la tata Francisca me había pasado de tapadillo (con la única condición de invertirlo en zumo de naranja), pero que, dada la urgencia, preferí usar para mediar ante el acreedor de mi amigo y de paso apoyar su versión del poema de Jin Morrison, porque era evidente que las deudas, y no la ausencia de un papel social, desesperaban a cualquiera. 
Tras solucionar este conflicto de intereses, y pedir otro par de cervezas al aguerrido barman, nos retiramos al fondo del tenebroso refugio que ofrecía el Galo a sus clientes (siempre que éstos fueran solventes, por supuesto), y nada más sentarnos a una de las mesas noté la extraña desazón que afectaba a Kiovas. Enseguida me reveló la causa en pocas palabras: le habían echado de casa. La expulsión (curiosa coincidencia) había ocurrido la noche de fin de año, en pleno banquete de celebración de la Nochevieja. Me contó que, desde que llegara a casa de vacaciones, su padre se había portado de una forma muy rara. Durante la Navidad apenas le había dirigido la palabra, evitando coincidir con él en una misma habitación excepto en las horas que debían reunirse a la mesa. Su tía también le rehuía, como si ambos compartieran una estrategia común en su contra. Ella tampoco hablaba demasiado y, cuando lo hacía, era por compromiso, porque no le quedaba otro remedio. La familia vivió esos días en un estado de tensión continua, y el silencio entre sus miembros podía cortarse con un cuchillo. Kiovas no sabía qué pasaba por sus mentes, cómo explicarse aquel hermetismo, sobre todo el que afectaba a la mujer. Intentó hablar con ella a solas, pero le resultó imposible porque ella le esquivaba con cualquier excusa. Un día que su padre no estaba en casa logró acorralarla en la alcoba matrimonial, pero tampoco ese día obtuvo la aclaración que esperaba: su tía se deshizo en lágrimas ante su acoso, pero no soltó prenda. Sin embargo, Kiovas, a esas alturas, ya tenía una sospecha de por dónde iban los tiros: a su padre lo comían los celos. El, Kiovas, había estado escribiendo cartas de amor a su tía: en un espacio de tres meses había remitido más de cien cartas apasionadas a su propio domicilio familiar. Lo había hecho sin pensar en las posibles interferencias que pudiera sufrir esa descomunal correspondencia (el promedio salía a más de una carta diaria), y ni por un momento se le había pasado por la cabeza que su padre podría interceptar alguna de ellas. La dimensión de su imprudencia me impresionó: aquella locura era de tal calibre que parecía solo al alcance de un tonto o de un santo. En todo caso, no al alcance de un hombre corriente, de un individuo vulgar y corriente. No me cabía duda de que era un romántico, pero su romanticismo era de los que, tarde o temprano, se acogen a manicomio para ponerse a salvo y ser premiado con el abrazo efusivo de una camisa de fuerza. Se lo dije con toda sinceridad, haciéndome eco instantáneo de mi asombro: 
-¡Estás loco, Kiovas!… Pero perdona. Sigue, ¿qué pasó?. 
Su padre había explotado por Nochevieja, mientras engullía reglamentariamente las uvas con el sonido de las campanadas. Como en aquel ambiente no se podía hablar, Kiovas se había dedicado a beber y, para entonces, ya estaba bastante achispado. De repente, con el tañido de la última campanada, se incorporó para hacer un brindis demencial que desencadenó el estallido paterno: 
-¡Por ti, tía! 
Si se hubiera conformado con ésto, tal vez no habría ocurrido nada. Pero, a continuación, añadió, presa de ese vértigo que acomete a los más osados cuando, apremiados a morderse la lengua, reaccionan cortándosela de un tajo: 
-¡Y por el cartero, qué coño! 
Su padre no le agredió directamente, pero no por falta de ganas. Si no llegaron a las manos fue por un improbo esfuerzo de contención de su ofendido rival, ya que Kiovas no hubiera rehusado la pelea. De hecho se había preparado para aquel enfrentamiento acudiendo diariamente a un gimnasio durante los tres meses anteriores, a la par que escribía las cartas para su tía. Llevaba tiempo pensando en retarlo a un combate singular, como los caballeros antiguos cuando aceptaban una refriega con un ogro por causa de una dama. De ahí que se animara a practicar la disciplina del boxeo en secreto: para estar en forma. Además de sus prácticas pugilísticas, me confesó también que las cartas, en realidad, habían sido una provocación calculada; lo cual significaba que no era tan tonto como yo pensaba, aunque eso no me impidió seguir considerándolo un loco. Kiovas se lamentó de que ya no viviéramos en la época de Dostoieski porque entonces le habría propuesto a su padre escoger entre el florete o la pistola, citándolo a un duelo a muerte tras mandarle a sus padrinos. (Naturalmente, para representar tal cometido, sus dos amigos del alma serían los más idóneos: es decir, Caimán y yo mismo. Aunque sobre Caimán tenía dudas, porque no se tomaba nada en serio y acaso se riera de su idea. Y como adivinó que yo estaba de acuerdo con esta sospecha, le descartó definitivamente, dejándole fuera del reparto en aquella otra película).
Me contó los pormenores de la “tremenda escena”: gritos, llantos, vajilla rota por doquier. Y su padre yendo de un extremo al otro de su habitación, volcando por la ventana del comedor la biblioteca de los clásicos rusos que permanecía en depósito en el hogar paterno. La arrojó directamente al socavón de la piscina en desuso que se hallaba debajo. Tolstoi, Puskin, Chejov, Gorki, Turgeniev y, cómo no, su admirado Fiódor Dostoieski: todos fueron arrojados al exilio por el hueco de la ventana, y amontonados patas arriba en el fondo de la piscina, como quien arroja cadáveres de fusilados a una fosa común. Él había intentado impedírselo, desde luego, pero sus clases de boxeo intensivo no le habían servido de nada: su padre era un tipo grandote, con hombros de titan, hipertrofiados por el constante acarreo de fardos entre los tres pisos de su almacén de fontanería. Le había derribado a la primera, con un simple manotazo, sin molestarse siquiera en encajarle un directo a la mandíbula. (Al escuchar esta descripción, deduje que su padre debía ser una bestia parda, porque Kiovas no era una persona enclenque a pesar de su aire eternamente melancólico que le hacia parecer un enfermo en proceso de convalecencia perpetua). Y después de los libros, habían volado las maletas, siempre por la misma vía de salida. Puede que el mismo Kiovas hubiera terminado saliendo por allí de no haberse interpuesto la dama, su lacrimógena tía, con sus infructuosas llamadas a la sensatez de los dos contendientes, y sus gemidos de mujer dividida entre dos afectos incompatibles.

Ahora se hallaba en la puta calle, con los bolsillos vacíos. Llevaba cinco días durmiendo casi al raso, muriéndose literalmente de frío al discutible cobijo de los soportales de cualquiera de ambas Rúas, o bajo la arboleda asilvestrada de Bonaval, según cuadrase. Hacía un par de noches que le sorprendiera la policía en uno de esos aposentos provisionales y bien aireados: lo habían despertado a patadas y habían querido ficharle como vagabundo y haragán sin domicilio fijo, pero (aún no sabía cómo) les había convencido de que había perdido las llaves del piso que tenía en alquiler durante el curso, y que se veía obligado a dormir en la calle mientras no regresara de sus vacaciones navideñas la patrona, pues no era cuestión de echar abajo la puerta de una casa ajena por evitarse unas pocas noches a la intemperie, aunque eso implicara congelarse como un carámbano. 
Este ejemplo de civismo en un estudiante (una categoría social en la que solo había agitadores natos, como sabía cualquier policía de cualquier país) debió conmover hasta el tuétano a los agentes que le retenían, procediendo éstos a liberarle sin tomarse la molestia de verificar su versión de la llave perdida y la arrendadora ausente, cosa que resultaba del todo increíble pero que era “la pura verdad”, como Kiovas no se cansó de recalcar ante sus crédulos captores. Ahora que había pasado el peligro, lamentaba que sus reflejos vitales hubieran sido más rápidos que su inteligencia, pues habría podido dormir en la trena más cómodamente que en la calle. Pero el miedo instintivo a la policía había sido más rápido, inpidiéndole desenfundar estos cálculos con la presteza necesaria. Porque ese iba a ser el problema a partir de ahora: dónde dormir y en qué condiciones. Su padre no estaba dispuesto a continuar pagándole el régimen de pensión completa en la Fonda Huertas, del que había gozado hasta el presente, hasta la truculenta noche de autos. Era un hecho irrefutable, lo había comprobado en persona al volver del pueblo: el propietario de ese establecimiento le había informado de que su progenitor había cancelado la reserva del cuarto que le tenía alquilado, y le había entregado sus pertenencias, apiladas de cualquier manera en dos cajas de cartón (las enumeró para mí: tres calzoncillos agujereados, dos pantalones de pana, una cazadora de cuero ajado y varias docenas de libros, su colección privada, lo mejorcito de la literatura rusa). Kiovas pretendía vender la ropa en el próximo mercadillo itinerante, el que se organizaba semanalmente en la rampa de Valle Inclán, para conseguir algún dinero que le permitiera ir tirando. Los libros, por supuesto, no pensaba venderlos ni por todo el oro del mundo: Dostoeiski no tenía precio, incluso sus ediciones de bolsillo eran incunables de incalculable valor. Estaba listo a prostituirse antes que a poner en subasta pública sus incunables, y no hablaba por hablar. De hecho, había considerado ya la posibilidad de hacerse chapero a tiempo parcial, fuera del horario lectivo, pues le gustaba la vida de estudiante tanto como para eternizarse en ella hasta el fin de sus días. Estos eran sus planes para el futuro inmediato (en el diferido, por el momento, se negaba a pensar). Y, para que echaran a rodar esos planes, era imperativo que Julia les diese un primer empujón. ¿Cómo? Hospedándolo en su apartamento. Nadie más podría salvarle la vida en esta hora crucial en que su culo de estudiante crónico pendía de un hilo: si ella no le acogía, estaba perdido. Necesitaba un lugar para vivir y no tenía dinero. Y las perspectivas de tenerlo a corto plazo tampoco existían porque, aunque su padre se retractase de sus ofensas, él no iba a aceptar sus “limosnas”. Su dignidad ya no le permitía seguir dependiendo de su enemigo y rival. Por eso era tan importante para él encontrar a Julia cuanto antes.
Dudé en si debía pagar con mi sinceridad la suya y revelarle los motivos personales por los que yo la andaba buscando con parecida urgencia. Estuve a punto de hacerlo. Después de todo, los dos estábamos en el mismo barco: necesitábamos verla en seguida. Pero no lo hice: en el último momento, pensé que Julia tal vez no lo aprobase. Lo nuestro era aún un secreto (lo era incluso para nosotros), y yo no tenía un nombre concreto con que identificarlo. Si no era más que amistad, el secreto era irrelevante. Y si acababa siendo amor, entonces sería sagrado y no podía ser revelado unilateralmente. Si de veras era amor, era un amor naciente, y revelar un amor que nace sería la peor traición, ya que el amante (en esa etapa) sólo tiene un derecho y es callarse. Le dije solamente que habíamos pasado unos días juntos en casa de mis padres y que se había cortado el pelo al estilo militar, como venían haciendo las beligerantes feministas del Colectivo Delta, donde las más radicales del grupo exhibían la cabeza rapada a modo de desafío a los convencionalismos externos del Eterno Femenino, sin que esta coincidencia en la moda capilar indicara que Julia se hubiera convertido al feminismo militante, ni mucho menos. Lo suyo sólo había sido un arrebato, un impulso o una exaltación pasajera, algo muy común en las personas libres y apasionadas, que suelen reaccionar con estos gestos extremos en los momentos de cambio personal, como una manera de reivindicarse a sí mismos.
Kiovas estuvo de acuerdo con mi análisis; pero matizó que el cambio en Julia, a pesar de ser innegable, era relativo. Dijo que Julia era una luchadora, y que los luchadores no cambian en el fondo, que sólo buscan nuevos frentes en donde poder seguir dando la batalla. Afirmó que lo que le ocurría es que la Política había decepcionado a su espíritu guerrero, pero tal espíritu continuaba con las fuerzas intactas, replegadas pero intactas. Según él, Julia vivía ahora uno de los interregnos más peligrosos para un guerrero: el momento en que se ve privado de la acción y reconoce que su armadura (es decir, su ideal) ha caído a sus pies, inservible. 
-Es como una bomba con temporalizador –declaró-. Y sólo un ciego la confundiría con una mujer vulgar y corriente.
La onda explosiva de esta analogía impactó en mi cerebro con todo su poder intimidatorio. Si lo que Kiovas decía era cierto, eso significaba que yo saltaría por los aires muy pronto, ya que mi deseo por manipular aquella “bomba” no había remitido un ápice. Más bien al contrario: aumentaba a cada segundo que pasaba. Pero, exactamente, ¿qué había querido decir Kiovas con esta expresión? 
-En la próxima causa que abrace será todavía más agresiva –dijo él cuando (de inmediato, sin darle tiempo a prevenirse) se lo pregunté-. Y así sucesivamente –remachó.
Observé que estaba convencido de lo que decía por haber meditado en ello otras veces y sin que nadie le apremiara. El era su íntimo amigo y tenía una especial afinidad con ella. Y, además, podía ser más objetivo al juzgarla: no la amaba, no había empezado a amarla nunca. Esas eran demasiadas ventajas para que yo las menospreciara. En tono indiferente, fingiendo que no me interesaba en realidad la respuesta que me había dado, le planteé entonces la duda que no me dejaba vivir tranquilo:
-Oye, Kiovas. Tú que la conoces mejor... ¿Sabes si Julia tiene por ahí algún novio que la esté “tumbando”? No me refiero a un rollete de una noche, sino a algo serio. No es normal que haya desaparecido así como así... ¡Y no me digas otra vez que es lesbiana porque no me lo trago! Yo sé que le gustan los hombres.
-¿Ah sí? ¿Y cómo lo sabes? –dijo él, a medias suspicaz y a medias burlón -. ¿Acaso ya te lo demostró personalmente? ¿También tú la tumbaste, por fin?... Yo lo único que sé es lo que vi con estos ojitos.
-¿Qué viste?
-Una tortilla, amigo mío. Una tortilla recién hecha.
Volví a mirarle con desconfianza: sabía que le gustaban los dramas psicológicos y los personajes complejos. Quizás estuviera imaginando en Julia un filón del que extraer material para una novela propia. Al estilo de Noches Blancas, por ejemplo. 
-No fantasees, Kiovas. 
-No es una fantasía, te lo juro. Hará algo más de un mes fui a buscarla un día a su casa: estaba con una chavala. Tuve que llamar al timbre tres veces para que me abriera y, al instante, comprendí que no había llegado en el mejor momento: vestía una simple camisola y tenía la cara encendida como una bombilla. Su amiga estaba en la cocina: fregoteando unos cacharros, supongo que para disimular, y también con las bragas al aire. Era obvio, incluso para mí que apenas reparo en lo que pasa a mi alrededor, que mi entrada les había cortado el rollo. Sobre la mesa del salón tenían dos o tres libros abiertos: uno de Metafísica, y otro sobre Historia del Pensamiento Estético. Fingí que me interesaba en esos volúmenes, mientras ellas cuchicheaban en la cocina. Las oí reír, sin duda excitadas por mi inoportuna aparición. Me invitaron a un café y charlamos un rato. Su amiga estudiaba tercero de Medicina, pero también tenía interés por la Filosofía y la Literatura. Le pregunté si había leído algo de Dostoieski, y ella dijo que sí: un libro sobre la epilepsia de un príncipe idiota. Le atraía el tema de la Epilepsia por motivos personales: uno de sus hermanos padecía la enfermedad desde niño. Pero ya no se acordaba con exactitud del argumento, así que yo me puse a hablar de Lev Nicolayevich y de su patética confusión entre la compasión y el amor, entre Yelisaveta Prokofievna y Aglaya Ivanova. Se rieron mucho cuando les conté el episodio del general Yepanchin y el perrito de la pasajera aristócrata, ¿lo conoces? Es quizás la única escena frívola del libro: cuando el general arroja al perro de la dama por la ventanilla del tren, a continuación de que ésta, a su vez, le hubiese tirado el puro que se estaba fumando molesta por el humo, arráncandoselo de la boca sin mediar palabra. Los tres nos partimos de risa por la justa venganza del general Yepanchin, y luego yo me despedí, para dejarles el terreno libre, pues me daba perfecta cuenta de que ellas ya se estaban impacientando por quedarse de nuevo a solas. Era evidente que había algo pendiente entre ellas, porque todo el rato estuvieron cruzando brevísimas sonrisas y miradas de entendimiento, que yo fingí no ver mientras les relataba las desventuras del príncipe Mishkin, ese literario sosias de Cristo que decía haber aprendido casi todo lo que sabía de los niños y casi nada de los adultos...
Las confidencias de Kiovas me dejaran mudo. De aquella visita intempestiva a Julia, él había extraído conclusiones firmes sobre la pretendida homosexualidad de nuestra común amiga, pero lo cierto es que no contaba con una sola evidencia. Porque no las había visto juntas, desnudas sobre una cama o sobre un sofá, y enlazadas por la pelvis. Lo cierto es que solo había hecho deducciones, quizás demasiado atrevidas, ya que su imaginación había visto más de lo que vieran sus ojos, lo cual era muy propio de Kiovas. Y, no obstante, yo me había quedado mudo, silencioso y profundamente consternado ante su relato, sin argumentos de peso con los que poder rebatirlo o, al menos, atemperarlo. A mi favor, solo contaba con aquella noche extraordinaria de la Nochevieja, pero esta experiencia no había tenido continuidad, y puede que no fuera más que éso: una excepción, un experimento que Julia se había permitido hacer conmigo por mera curiosidad. De pronto, recordé la frase que ella había empleado para justificarlo: “...Tengo que saber si lo que me ocurre tiene sentido”. Ahora aparecía ante mí con un nuevo significado: en aquel momento Julia me deseaba, pero le extrañaba haber concebido tal deseo por mí, por un hombre, por un varón. ¿Un sinsentido para ella? ¿Era por eso por lo que se decidió a hacer la prueba, por lo que dejó que le hiciera el amor? ¿Para comprobar si tenía o no sentido follar con un hombre puesto que, hasta entonces, solo lo había hecho con mujeres? 
-Vámonos de aquí, Kiovas –dije resueltamente, rebelándome contra esta marea interior en la ya empezaba a zozobrar -. Tengo ganas de emborracharme... 
-¡Pero yo tengo que encontrar a Julia –protestó él al oír mi proyecto– No quiero dormir otra noche al raso... 
-Puedes dormir conmigo en la residencia –concedí -. Pero siempre que me permitas atarte las manos a la espalda: no me fío un pelo de que no intentes aprovecharte. 
-¿De verdad? ¡Me salvas la vida, tío! ¡Gracias!...Y no te preocupes: no te tocaré. Además, no eres mi tipo. Te parecerá una aberración, pero las buenas personas no me ponen demasiado. Soy bastante “complicado”, ya lo sabes. 
No discutí la definición que había hecho de sí mismo. En el fondo, me parecía apropiada para un joven poeta tan guapo como él, para un aprendiz de filósofo que escapaba a menudo del ágora pública para adentrarse en los suburbios de la masculinidad en busca de agujeros negros, y que contemplaba la oportunidad de prostituirse para no defraudar a una madrastra de la que se había enamorado siendo un niño. Sí, era un poco “complicado”, sin duda. Pero no un pervertido: ese escalafón siempre quedaría demasiado elevado para él. Ni tampoco un idiota, por ingenuo que pudiera parecer a veces. En realidad, se podría decir que era un “príncipe complicado”, si especificamos que lo que constituía la mayor parte de su encanto era la complicación, no lo principesco. 
Ese día no dimos con Julia, que parecía haberse esfumado en el aire humedecido de enero que empapaba nuestras ropas al atravesar las plazas vacías y las calles resbaladizas, en las rápidas carreras que emprendíamos para proseguir con nuestras pesquisas en el siguiente bar. Nadie la había visto recientemente. Un conocido mutuo (un compañero de facultad) aventuró la hipótesis de una fuga preventiva a Portugal tras los rumores sobre un golpe de estado inmediato a cargo del Ejército, enervado al máximo tras los secuestros de Oriol y Villaescusa, partidario de la mano dura con los vascos y opuesto a ampliar los cupos de annistiados. Según nuestro informante, varios de los líderes estudiantiles (citó un par de alias que ostentaban esos galones) ya habrían embarcado en el “convoio” con la intención de exiliarse temporalmente en las bodegas de Vilanova da Gaia o en los cafés da Ribeira, en una u otra orilla del Douro, mientras aguardaban a que las aguas se calmaran al norte de la Raia.
Tal vez Julia hubiera seguido el ejemplo dado por estos nobles camaradas temiendo una redada masiva contra los más relevantes alborotadores en cuanto se decretase el Estado de Excepción, ya que su activismo había sido de primera línea y, lógicamente, debía estar fichada y su nombre incluido en la lista negra. Esta teórica “lista negra” era un fantasma administrativo de cuya existencia nadie dudaba por entonces, y sus miembros (no menos teóricos) tenían una vitola heroica que los destacaba sobre el resto de los mortales, o sea: sobre los que no habíamos acumulado tantos méritos en nuestras personas por los servicios prestados a la causa democrática y no éramos más que la grasa del cuerpo contestatario. Por el momento servíamos para proporcionar alguna energía extra cuando los músculos o las neuronas directoras de ese cuerpo flaqueaban, pero más adelante (Julia dixit) ni siquiera serviríamos para eso, y seríamos sólo lo que éramos: un tejido adiposo superfluo y nada atractivo que habría que eliminar por cuestiones de imagen, para estilizar la figura del partido de turno, el cual (cuando debiera competir en los sucesivos concursos de belleza, también llamados elecciones) necesitaría hacerse apolíneo mediante esta liposucción.
En cuanto "células grasiantas" perfectamente prescindibles, sin importancia alguna, ni Kiovas ni yo habíamos considerado la posibilidad de exiliarnos en Portugal (ni en ningún otro país) por culpa de los recientes acontecimientos patrios (en los que apenas pensábamos, por otra parte). Nosotros estábamos inmersos en otras preocupaciones más acuciantes: Kiovas, obsesionado por conseguir una cama blanda de la que no le levantaran a patadas; y yo, evocando del mismo modo obsesivo lo ocurrido en otra cama que nada tenía que ver con la que él soñaba tener a corto plazo. En la mía había una mujer de carne y hueso que se vestía y comportaba como un hombre, pero que se desvestía como cualquier otra mujer: o sea, con premeditación y alevosía. Y en la de Kiovas (de creer en su rabiosas promesas) no se acostaría nadie más que él, pues no pensaba compartirla. Ni con sus esporádicos ligues de urinario, ni con el lujurioso fantasma de su madrastra, al que, por cierto, ya había decidido repudiar incluso como musa inspiradora de sus masturbaciones, debido a su manifiesta deslealtad en el momento que más la necesitara: en aquella hora triste de su expulsión de la casa paterna, cuando él le reclamara a gritos un gesto de adhesión inconfundible, y ella eligiera quedarse con su marido, dejando que se las arreglara solo para recoger del fondo de la piscina los tomos de los genios rusos.
La cama con la que soñaba Kiovas iba a ser su trinchera frente a las acometidas de la Traición y sus múltiples cuerpos de asalto: prometió que, allí, no haría el amor con nadie salvo con los personajes de Dostoieski, que nunca le fallaban y jamás dejaban de darle placer (fueran mujeres u hombres, pues, en cuanto obseso lector, también era bisexual). Entre sus proyectos más o menos inmediatos estaba el de pasarse meses enteros acostado sobre ese lecho absolutamente individual, releyendo desde el alba hasta el ocaso, y viceversa, al maestro moscovita, gozando con las criaturas inventadas por el Gran Hombre, con aquellos dóciles amantes de papel que nunca serían capaces de decepcionarle o traicionarle, y que siempre estaban a su entera disposición. Insistió en el tema de la docilidad del amante como un factor indispensable y sentenció que, para que él pudiera entregarse, el otro debía ser “fácil como la apertura de un paraguas”. 
-Y también fácilmente plegable –añadió.
En los buenos tiempos, con su madrastra, le había ocurrido que el paraguas se le abría con suma facilidad, y que él lo plegaba a su antojo: se pasó largo rato describiendo cómo “se plegaba” su tía, lo que me trajo inevitablemente a la memoria ciertas posturas adoptadas por Julia en mi cama de Villasanta. Para entonces, cuando comenzó con estas confidencias, ya estábamos los dos borrachos y yo había invertido la mayor parte del dinero de la tata Francisca en distintas clases de bebidas (a las que en ningún caso se les había añadido zumo de naranja, por lo que también yo resultaba ser un traidor al no respetar el mandato que llevaba aparejado esa suma). Con todo, y a pesar de la borrachera, mis labios siguieron sellados y no le revelé mis propias hazañas sexuales (que eran escasas, estaban concentradas en una sola y única noche, y su retórica nunca igualaría la minuciosa descripción que me ofreció la suya).
Mientras le escuchaba, estaba ya tan cansado y deprimido por la no aparición de Julia que pasé por alto incluso la descarada incongruencia de esa retórica: lo que estaba narrando con lujo de detalles era otro producto de su imaginación, pues proezas de tal calibre hubieran sido imposibles para un crío de once o doce años, que era los que él tendría cuando su tía se casó con su padre de no resultar falsas sus anteriores versiones de la historia. En medio de aquella bruma en que me sumía el alcohol, por un brevísimo instante creo que atisbé un rayo de súbita lucidez: pensé que la historia misma era falsa de principio a fin, y que jamás había existido una tía-madrastra o una madre muerta. Y puede que tampoco un padre odioso que era odiado por Kiovas con la magistral devoción de Smerdiákov, el hermano bastardo de los Karamazov...