"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 30 de junio de 2015

El artista, ese gran indiscreto

Es una tendencia se diría que natural en quienes se dedican al Arte el desnudarse o desnudar a otros en público, y esta actividad feliz e impúdica de encuerar las almas convierte a nuestro indiscreto en un peligro de la misma naturaleza cuando, totalmente absorto en su juego, no repara en la fragilidad del objeto que le sirve de inspiración y modelo. Como un niño armado, también él es un terrorista inconsciente manejando sus dones y talentos, y, a veces, ni siquiera se da cuenta del daño que es capaz de hacer precisamente a sus seres más queridos, a los que tiene más cerca, a quienes viven a su lado ofreciéndole la materia prima de sus creaciones. Es urgente que estas personas comprendan lo más rápido que les sea posible que, en realidad, conviven en la escalofriante inmediatez de un destripador, de alguien que, en el fondo, no sólo quiere verles desnudos sino con las tripas al aire, expuestos como los cadáveres en una mesa de disección, con sus vísceras y órganos internos (sus secretos más íntimos) a la vista de cuantos asisten a la autopsia; sería de mucha urgencia, ya digo, que reconocieran cuanto antes que conviven con "un peligro público" al que, para colmo, aman por ser una criatura inocente y encantadora capaz de abrirles en canal mientras no deja de sonreirles. Pero, sobre todo, deberían entender que nuestro hombre es, en el fondo, un forense, y que también él les quiere con pasión, sólo que con la pasión y el respeto que merecen los cuerpos indefensos de los muertos en las desangeladas salas de una morgue. Ahora bien, no hay que alarmarse demasiado porque no estamos ante un asesino o un psicópata: ese hombre tan indiscreto es, sencilla y simplemente, un esteta, nada más. Y no olvidemos que es ante la indefensión de un cuerpo ajeno donde un hombre así se vuelve humano, donde se conmueve y llora como ningún otro hombre. Él siente como nadie la enternecedora soledad de ese cuerpo abandonado a las miradas de la humanidad espectadora y expectante: si pudiera lo taparía ocultándolo de todas ellas, incluida la suya. Pero no puede, y esa es a un tiempo su condena y su salvación...

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