"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

domingo, 21 de junio de 2015

El recordman, I

¿A qué estamos obligados los modernos? En general, a llegar antes que nadie. Es ésta una época que no sólo reclama competencia sino también, y sobre todo, precocidad. A ser posible debemos ser precoces en todo, menos en una cosa: haciendo el amor. Lo que supone, por cierto, un contrasentido, y de ahí que la eyaculación precoz se incluya, oficial o extraoficialmente, en la devaluada categoría de las plagas bíblicas, al nivel de la lepra en la Primera Edad Media o del Sida en los comienzos de la última, de la que ahora parece estar empezando gracias a la Tecnología. En buena lógica el eyaculador precoz debería ser el paradigma de lo moderno, su estereotipo, su héroe más representativo, y, sin embargo, es su hazmereir, el bufón al que la corte en pleno hace objeto de escarnio. Su ejemplo demuestra nuestra incoherencia cultural porque, en cualquier otro campo de actividad que no fuera el que es, este habilidoso mártir sería el individuo más admirado, el gran seductor omnipresente en nuestros sueños por su mayúsculo atractivo. Pues la increíble precocidad en los logros personales, sean los que sean, es lo que se alaba y se glorifica hoy en los medios de comunicación de masas: véase al deportista profesional, al artista plástico, al director de orquesta o al empresario cibernético, entre otros ilustres representantes de la seducción masiva que ejerce sobre nosotros la Precocidad, esa joven dama que excita al máximo nuestra líbido decadente con su sola aparición. En general, lo que importa hoy es batir un récord eyaculando los dones que la Naturaleza nos ha dado, o que hemos adquirido sin su ayuda directa, y hacerlo más pronto y más rápido que nadie para así alcanzar, si es posible, el orgasmo más codiciado, el clímax moderno: la celebridad. Y, como para alcanzar tal fin siempre se precisará de la intervención de un cuerpo. éste lo pone el Público, que es el objeto de placer más plenamente erotizado de nuestra época: son legión los que ya han perdido el sueño y la razón persiguiéndole, los que se arruinaron por su culpa; y poquísimos, naturalmente, los que consiguen su disfrute, los que resultan elegidos por su apasionado apetito de amante voluble. Pues ella, el alma del Gran Público, también es una "donna liviana", también "é movile cual pluma al vento", y, repentina y alevosamente, puede cambiar de interés impresionada por un nuevo récord, por alguien que ha sido otra vez más rápido que nadie, y al que ella, en justa correspondencia, habrá de entregar a toda prisa su amor efímero, su admiración embobada y estrábica: la propia de un ave de corral.

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