"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 12 de junio de 2015

La jirafa de Lord Byron

En Venecia, lord Byron asilaba una jirafa en el vestíbulo de su palacio alquilado. La jirafa sorprendía a las visitas engalanada con diademas y collares pertenecientes al tesoro de la familia, y éstas debían agasajarla con chucherías comestibles si deseaban ser recibidas por el joven y excéntrico aristócrata. Se decía que el poeta fomentaba así los celos de sus múltiples amantes, las cuales envidiaban el lugar de honor concedido al animal con el que mantenían una abierta rivalidad, poniéndose con frecuencia de puntillas para minimizar en lo posible la diferencia de altura (?), además de intentar ridiculizar con la suya la elegancia natural de la bestia al desplazar el cuello por toda la sala sin moverse del sitio (de una manera tan encantadora que hacía reír al señor como los sultanes ríen las gracias de sus favoritas). Se decía que el secreto odio de todas aquellas mujeres por la jirafa divertía mucho a su dueño, que lo estimulaba y exacerbaba de cuantas formas logró imaginar. Por ejemplo: se cuenta que mandó construir un andamio-cama para poder reunirse con su favorita en las alturas y pasarle el brazo por el cuello, como hacen los enamorados. Al tiempo de acariciar con sus dedos aquella garganta infinita (que no caía nunca en la ordinariez de pedir joyas a cambio de besos), lord Byron solía leerle en voz alta algún poema que acabase de componer pidiéndole seriamente su opinión al respecto del estilo y la métrica, y alabando ante sus invitados el oído que la bestia demostraba para la música de las rimas, como se ponía de manifiesto por su expresión de curiosidad atenta y el abrumador apetito hacia los versos que, al menor descuido, la empujaba a querer devorar los papeles que su falso enamorado sostenía en la mano mientras declamaba. 
El poeta y su extravagante  musa permanecerían juntos durante todo un verano en el que darían que hablar a media Italia gracias a la pasajera frivolidad de estas cómicas pantominas, para al cabo separarse de modo abrupto cuando el noble inglés decidió cambiar tales cumbres líricas por la Política y trasladarse a Génova. Y de allí, dos años más tarde, a Grecia, en donde le esperaba otra amante de altura, aquella con la que todo romántico que merezca el título sueña desde el comienzo mismo de su juventud. La muerte, sin embargo, ya le había visitado con antelación en las queridas personas de su hija Allegra y de su gran amigo Percy, lo cual no le serviría para reconocerla la tarde en que ambos se encontraron en Messolonghi bajo la lluvia: corría el mes de Abril, una época propicia a las fiebres neumónicas, y, en vez de una de laurel, los médicos se empeñaron en ceñirle a las sienes una corona de sanguijuelas que le adelantó la gloria eterna en unos cuantos días al menos. (Que cada cual juzgue en su corazón si hay que bendecirles o maldecirles por ello, aunque yo pienso que ni una cosa ni otra porque es humano equivocarse, si bien la ignorancia nos parezca algunas veces, muchas veces, especialmente inhumana). 

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