"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 18 de junio de 2015

La poca magia del genio

Se ha dicho que a los maestros griegos nunca se les habría ocurrido juntar en una frase estas dos palabras: genio y precocidad; pero eso debió ser con anterioridad a la aparición del macedonio Alejandro. Después de Alejandro supongo yo que se verían obligados a revisar sus convicciones sobre el genio y, a partir de él, a admitir que la aleatoriedad de ese azar humano bien podía manifestarse en plena juventud y aún antes, entre esta etapa de la vida y la adolescencia. Fuera como fuese, lo cierto es que en la cultura occidental el genio juvenil dejó de ser pronto un supuesto improbable para convertirse en un hecho demostrado, cosa de la que nadie duda ya en nuestros días, después de que el Romanticismo y los distintos movimientos rebeldes del siglo pasado elevaran esa verdad a los altares mediáticos. Hoy es prácticamente universal la creencia de que esa planta exótica, la genialidad, prende y medra, sobre todo, en los individuos jóvenes; y en todas partes se entiende que la juventud es el terreno ideal para su florecimiento espontáneo, incluso en el caso de que el terreno no haya sido abonado durante generaciones.  
Pues es cierto que ese talento innato, a veces, parece surgir de la nada, como el conejo o la paloma que el mago extrae de su chistera vacía. Sin embargo, nada brota de la nada salvo la nada misma. De modo breve y pasajero, la magia es capaz de crear ese efecto óptico gracias a un truco que no nos revela, pero el truco esta detrás sosteniendo la ilusión, creando, a su vez, al propio mago que, sin él, sería un hombre sin misterio, indistinto a cualquiera.  El genio, en cambio, no sale de una chistera, ni es el aparatoso efecto de un truco inventado por un ilusionista. Al contrario: es un fenómeno real que produce un grado semejante de asombro placentero pero que -al revés de lo que ocurre en el espectáculo puesto en escena por el mago- no desaparece, ni siquiera disminuye porque lleguemos a conocer el truco que lo hizo posible.
Por supuesto, el truco consiste en el azar de una inteligencia o habilidad extraordinaria encarnada misteriosamente en un hombre como nosotros, y que, desde luego, nada tiene de fantasmagoría nigromántica pues no se limita a hacer aparecer un conejo preexistente al espectáculo en sí. Esta otra magia no es tan simple,  no traslada un objeto desde un lugar invisible a otro visible, sino que nos traslada a nosotros y a nuestra circunstancia a un espacio nuevo que ni siquiera sabíamos que existía, con el que nunca habíamos soñado y que, a partir de ese instante, se nos hará tan habitable como nuestra propia casa. Esta otra magia consigue incluso transformarnos a nosotros mismos, convertirnos en seres nuevos y mejores, metamorfosearnos en otros y hacerlo sin necesidad de dejar de ser quienes somos. E, insisto, en realidad esta otra magia es poca o ninguna porque, en el fondo,  se trata sólo de trabajo felizmente inspirado, de la obra original de un hombre que, como toda obra, se realiza gracias a la oportuna conjunción de determinadas condiciones (una de las cuales es la genialidad, naturalmente, pero sólo una entre muchas).

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