¡Atención: nunca hay que olvidar que ese puer inmortal, ese niño eterno por inderrocable, pervive en todos nosotros como un adormilado parásito de naturaleza caprichosa que, en último extremo, es el responsable de la anemia de sentido que, recurrentemente, su huésped ve por todas partes: en cada uno de sus impulsos y proyectos, en cada una de sus emociones y devociones. Nunca se debería olvidar que ese monstruo es un ser dominante y manipulador que sobrevive en simbiosis con el deseo y los pensamientos obsesivos de un corazón momentáneamente enfermo en el que, de pronto, en el momento menos pensado, se reactivará despertando conjuntamente en su víctima tanto el apego más conmovedor como el miedo más invencible..!
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