Ellas son nuestra única descendencia viva. El traficante Rimbaud se despidió de la Poesía y de la Literatura en general con esta declaración testamentaria, en la que reconocía públicamente a sus herederas legales: sus frases, las que le harían inmortal. La costumbre, el hábito de escribir es insano porque nos aleja del simple vivir: es humano querer desistir, es un error fatal hacerlo. Todos los escritores sufrimos la tentación con más o menos frecuencia, y muchos caemos en ella cada cierto tiempo aún sabiendo que, al instante, comenzará para nosotros el secreto arrepentimiento propio del traidor. Durante esas crisis buscamos con verdadera desesperación un alma acogedora que, por supuesto, también acabaremos traicionando en caso de que nos acepte. Está en nuestra naturaleza, y es a esta naturaleza a la único que nosotros somos leales mas allá de nuestras continuas infidelidades o, quizás, gracias a ellas. Somos así, abandonamos aquello que más nos importa precisamente por eso: porque nada nos importa más, y nos mortifica no ser libres incluso de aquello que nos resulta imprescindible para sentirnos vivos. El traidor Rimbaud quería más que nada esta libertad extrema que pocos imaginan, y por eso cambió un alijo por otro: uno de frases nacidas de su propia sangre por otro de armas que la derramaban a discreción. Es difícil comprenderlo, no lo niego. Lo que niego es que lo que a la mayoría le parece incomprensible no sea, después de todo, perfectamente natural.
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