Al que se extravía en un desierto sólo puede salvarle no intentar llenar su soledad oteando el horizonte sin descanso en la búsqueda desesperada de algún oasis: así sólo conseguirá hacerla más grande. A él le convendría, por el contrario, no apartar la mirada de las arenas ardientes en que se hunden sus pies y no dejar de pensar que el que tuvo retuvo: en otro tiempo, sobre esas arenas hubo mares, un paraíso inabarcable de vida. Tal vez sólo deba sentarse tranquilamente a esperar un cambio de Era para que le sea posible volver a nadar en ellos, y de nuevo sentirse pez sobre las dunas...
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