"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 31 de julio de 2015

La alternativa de Pascal

...Y visto que el viajar es, en el mejor de los casos, sólo una opción que tiene nuestra soledad para hacérsenos más llevadera, ¿qué clase de sadismo nos empuja una y otra vez a proponerle a alguien que viaje con nosotros cuando está demostrado que, en seguida, en cuanto nos pongamos en marcha, le dejaremos más solo que la una mientras fingimos recorrer su misma ruta? ¿No sería preferible, e infinitamente más honesto por nuestra parte, invitarle a que viaje a su vez al otro extremo del mundo, lo más lejos posible de nuestro destino en el mapa, sufragando si es preciso hasta el último céntimo de sus gastos con tal de no tenerle a nuestro lado, mudo e indiferente como uno más de los bultos de nuestro equipaje, simulando que ve y admira las mismas gentes, los mismos paisajes que nosotros, cuando en realidad contempla otra realidad que no se le parece en nada? Y, en definitiva: ¿por qué hacemos todas estas cosas tan absurdas con aparente tranquilidad de conciencia cuando muy bien podríamos quedarnos en casa, sin salir de nuestra habitación, atrincherados en nuestro pacífico aburrimiento, como aconsejaba el sabio Pascal que hiciera cualquier hombre que quería privarse, a si mismo y a los demás, de todos y cada uno de los males del mundo?... En serio, ¿qué tiene de malo esta alternativa? ¿El excesivo quietismo? ¿La escasa diversión? Vale, pero... ¿No sería mejor ésto que comportarnos de un modo tan sádico con nuestros amigos (o sea, arrastrándolos por medio mundo sin ninguna necesidad), visto que ni ellos ni nosotros podemos hacernos realmente compañía en cuanto dé comienzo ese viaje diseñado al alimón, y visto que no se puede disfrutar de éste ni de ningún otro viaje si no es en soledad, ya que todo viaje es un viaje interior por más que se haga al aire libre y no en el mero pensamiento, como es el caso de los imaginarios?...En serio, amigos: ¿por qué no considerar la alternativa de Pascal?... (Pensadlo, por favor: es lo único que os pido).

El viaje como "prueba del algodón"

Es obvio que hay tantos viajes como viajeros porque entre estos dos términos la relación es reciproca y exclusiva y, en cuanto posibilidad, no se dan el uno sin el otro, de forma que se podría afirmar que no es posible que dos personas viajen juntas a un mismo destino geográfico pues, si lo hacen, nunca desembarcarán en el mismo sitio por más que se esfuercen en simularlo. No hace falta aclarar que esta es la razón de por qué muchos matrimonios no sobreviven al tan peligroso viaje de novios y, en general, de por qué la mayoría de las uniones sentimentales tienen en el viaje hecho en común la prueba del algodón que decide si serán viables o no, si podrán hacer juntos ese otro viaje que es compartir la vida durante un trecho más o menos duradero. Porque no hay nada que más y mejor determine el grado de afinidad entre dos personas que la experiencia de viajar juntas para comprobarlo: las molestas particularidades y singularismos de un carácter o personalidad muchas veces no se ponen de manifiesto sino viajando a su lado, por lo que es sólo gracias a éso que evitamos meter la pata permaneciendo en su compañía más tiempo del que merece. Y tanto suele ser así lo que digo que, si de veras una amistad o un amorío sobrevive a uno de estos viajes de prueba, entonces podremos estar medianamente seguros de que tiene con nosotros mucho en común, y hasta podríamos atrevernos a viajar con él o con ella hasta el mismísimo Infierno en la seguridad de contar con el mejor compañero/a para realizar este fantástico viaje que, en rigor, es quizás de los más exóticos e interesantes que cualquiera puede realizar.
Pero, aunque no dudo que es posible hallar el compañero ideal para esa extraordinaria expedición, de lo que sí dudo es de que, finalmente, desembarcáramos ambos en el mismo infierno pues, como ya dije, viaje y viajero son únicos e intransferibles y, debido a ello, nadie viaja jamás con nadie al mismo lugar.  Quiero decir que el infierno en cuestión sería siempre distinto para cada cual (como lo sería Villalpando o Nueva York), y, en consecuencia,  el viaje menos engañoso es el que se hace en solitario porque, al menos, uno no se equivoca pensando que ha llegado del brazo de alguien a alguna parte (parte que, para colmo, los dos denominan con el mismo nombre, cuando es evidente que están no sólo en ciudades o países distintos sino en mundos diferentes). 

La condición viajera

El viaje es la experiencia por excelencia para el hombre sedentario de las civilizaciones contemporáneas puesto que, momentáneamente, crea en él el espejismo de la recuperación de una vida nómada en la que, en un pasado casi mítico de tan lejano, experimentó la libertad feraz del deambular sin rumbo por  el planeta. Naturalmente, los viajes de hoy en día poco tienen que ver con el nomadismo de antaño o con el peregrinaje entendido como una deriva de nauta que va de un lado a otro, sin echar el ancla en parte alguna, al modo de un Ulises que no tuviera en mente ninguna Itaca. En realidad, hoy cualquier viaje es una odisea, pero no por lo larga que sea su duración o por lo arduas que sean sus peripecias, sino porque nadie parte sin la idea del regreso clavada entre ceja y ceja y sin haber cerrado el billete de vuelta en ventanilla. Hoy en día, ya viajemos al Espacio Exterior o a la aldea en que nacimos, todos somos Odiseo porque nuestra verdadera meta es volver a casa con "Penélope", se llame así nuestra esposa, nuestra mascota, nuestro sofá preferido o nuestra televisión de plasma: el retorno es, en el fondo, la finalidad del viaje moderno, como no deja de recordárnoslo la DGT (Dirección General de Tráfico). Da igual el tipo de viaje que emprendamos -el vacacional, el exploratorio, el laboral, el migratorio, el astral o el psicodélico-: todos se inician con la obsesión de volver, ya sea de inmediato o en un indefinido mañana. Incluso el "último viaje", el de la muerte, se hace con esta esperanza, pues se emprende para volver con Nuestro Padre (que usa varios nombres) o con la Madre Tierra (que no recurre a seudónimos y es la de todos nosotros, creyentes y ateos). Y no hay nada de extraño en ello porque los Mundos, tanto Este mundo como el Otro mundo, son círculos viciosos en los que, lo queramos o no, siempre se vuelve al punto de partida: el bucle (un giro completo en circuito cerrado) es, a fin de cuentas, nuestro destino. 
Y lo es también  en el caso del viaje hecho con la imaginación (el viaje ficticio de la Literatura) puesto que ni siquiera el recurso a los puntos suspensivos consigue que no llegue a su fin el cuento, la novela o el poema. La aventura literaria también termina y, por supuesto, concluye por su principio, como todos los viajes, ya que alcanzar la última página de un libro es el pretexto para comenzar otro (a escribirlo o a leerlo, quiero decir). Como no existen las obras literarias inacabadas (sólo las que su autor abandonó a medio redactar), también los lectores nómadas, los que desearían que el viaje de la ficción que tienen entre manos no terminase nunca, se ven inevitablemente forzados a interrumpirlo y a empezar otro que les traerá de vuelta al mismo punto: el bucle de la lectura, por tanto, no es distinto al de la creación. No hay viaje sin final, ni final que no lo sea en falso al ser sólo el principio de otro giro por un mundo finito (el literario no lo es menos pues el número total de los libros, por grande que llegue a ser, nunca será ilimitado). Todo viaje acaba exactamente donde empezó y ésto, además de explicar por qué ciertas tribus africanas enterraban a sus muertos en posición fetal, explica, asimismo, que el deseo de viajar sea el más inmortal de todos cuantos concibe la naturaleza humana, y la del viajero su condición más pertinaz y definitoria. 

jueves, 30 de julio de 2015

La maldición


Aunque no me era debido
A mí me fue dado;
Y luego, una vez merecido,
Lo mismo me fue quitado.
Y para lo que me dieron
O me quitaron
Nunca hubo un por qué...
          !Maldición¡:
De todo la razón
Yo siempre quise saber,
Y por eso no pude entender
Lo perdido ni lo ganado.
En la duda dejé pasar
La hora de sentir,
Y entretanto no supe ver
Que no habría otro tiempo.
Aquel “ahora” era el momento,
Y cualquier otro a deshora,
Pues cuando quisiera vivir
Viviría, pero a destiempo:
Con el destino en pasado
Y mi sentencia vigente.
Así perdí la Ocasión
Y, con la ocasión, la vida...
Hoy sólo quiero saber
Si es posible cambiar
La costumbre del ser:
Esta duda maldita
Que primero se pone a pensar
Para mejor sentir lo que siente...
Y termina por no sentir,
Simplemente.
         ¡Maldición!: 

¡Simplemente!

El solitario


Estrella fría de luz escasa
Que en nosotros suscitas distancia y misterio:
La imaginación del humano avivas
Con tu voluntad de lejanías.
Curiosidad y temor también suscitas
Entre aquellos de corazón infante,
Desde siempre inclinados a amar
Lo que, siendo extraño al mundo, en él habita.

Estrella que su fuego agotó en un remoto ayer,
Y que a deshoras paseas tu brillo póstumo:
Algunos (¡inocentes!) quisimos ver en ti a un dios
Sufriendo en silencio las amarguras del exilio.
Pero la mayoría sabe que sólo eres otra víctima
Del mero hecho inenarrable de haber vivido
En la pasión de vivir durante un tiempo excesivo…
Y que sólo por eso has alcanzado ya la eternidad
En la que te repites: sin eco en nadie.

El bombero


Cansados del trabajo
Y de cualquiera otra simulación de amor,
En soledad aguardamos
Por el Dulce Ángel de la Inactividad.
Y cuando llega,
Tan cansado él de desdecirnos
Como nosotros de nosotros mismos,
Nos abraza en el sofá mientras susurra:
“No te muevas, amigo,
No te vuelvas a levantar jamás.
Ten el valor de abjurar de todo
Lo que todavía te reclama y aún deseas,
Y tiéndete para siempre aquí
Creyendo en esta sola cosa:
En la belleza de un esqueleto sobre una tela roja...


Piénsalo las veces que haga falta:
¿Qué admirable impresión no causará
Al honorable bombero (tan agitado) que derribe
(El primero)
Tu puerta de un hachazo?”


Sin mi


Me siento solo, sin mí.
En tu hombro puse mi cabeza:
La perdí.

El tiempo es un cuchillo mellado,

¿Y quién lo retuerce en mi vientre...?
Quien conmigo ha soñado.
En este túnel de vida, encajado,
Adelante o atrás no son futuro o pasado.
Además, ¿de qué huir?
¿Del dolor que aprende a reír
Sólo para hacerse más duro?
No: el niño ya está maduro
Para caer al vacío.
Y el corazón nace del frío
Que no tiene explicación.
No: mejor huir de esa acción
Que tiene por verbo “soñar”,
No tener miedo a amar
Sino al Amor mismo, en sí.

!Qué solo me siento sin mí...¡
En tu hombro puse mi cabeza:
La perdí.

Tótem

Yo no sé nada (no es la primera vez que me pasa).
Yo sólo soy tu “amantísimo Ignorante”.

Una suma absurda e infantil
Es a día de hoy toda mi vida:
¡Mira cómo cuento con mis dedos
Las infinitas dudas que te debo!

Y éste "tu Ignorante fiel"
Te adora aún, mi querida Incógnita.



(Como el salvaje a su tótem:
Aullando cual animal y cubriéndolo con sus excrementos,
Pues de nada más íntimo dispone con que demostrarle su devoción).

Los reyes del mundo


Mendigos somos todos. Y príncipes tal vez.
Pero para mendicidad verdadera
La de mi pordiosero corazón que malvive
En el patio trasero de sus sueños,
Conviviendo en lamentable amancebía
Con sus dos novias eternas:
Concupiscencia y Ambición.

Desde la lúcida atalaya
De algún palacio del Desánimo,
Observo, a veces, con cuanto cuidado y celo
Acarrea hasta su mísero refugio
Unos cartones de afecto
Que encuentra en las esquinas,
Con los que luego abrigarse las carencias
En las noches de lluvia.
Y otras le veo sonreír,
Con los ralos dientes negros
Y sus ojos aniñados
Ante el goteo de algún recuerdo helado
Que se limpia con la manga,
Y que afea su conciencia
Como una estalactita de moco
Que llevara milenios engordando
En una caverna neolítica.

Me conmueve el modo
Con que apura las migajas del mendrugo
De aquel su antiguo amor.
Y cómo roe con parsimonia
En ese pan tan duro
-Que parece hecho de hueso-
Con la pobre ayuda de encías
Ya prácticamente desnudas...
¡Es un ser tan frágil
Que ha de mantenerse al margen
De cualquier mirada franca
Para no quebrarse de mera simpatía!
De ahí que rumie en soledad
Su propia soledad
Y no se arrime a nadie
A menos que allí lata
Otro pordiosero como él
Que se quiso “rey del mundo”.

¡Y con cuanto orgullo defiende
Ese rincón donde mora
Sucio y húmedo,
Cual si fuera un trono abandonado
Y no agujero inmundo
Donde acumular tanta basura
Recogida a lo ancho y largo
De un callejón de olvido
Que no tiene salida!...
Mendigos somos todos. Y príncipes quizás.
Pero para majestad legítima
La de este maloliente Diógenes
Que se ríe a solas
Cuando cae la helada
De los días idos
Y solamente llora a pleno sol.

La boca del fusil


A corto plazo,
¿Qué satisfacción puede quedarle al fusil humeante,
Recién disparado?
Destino común de las pasiones es
Extinguirse al instante de cumplidas:
Intacto sólo sobrevive
Lo que nunca llega a ser.
Amor romántico, Gloria literaria,
Ambición mundana…
Inmortales sois en un corazón
Que solamente conocerá el fracaso.
Estremecidas almas
Donde un loco deseo arraigó temprano
En contra de leyes naturales, 

Cual planta sobre roca,
Y que anheláis un milagro de toda primavera:
Late en vosotras un error
Que medra en la derrota
Y se agosta con el triunfo.
Incorruptibles soñadoras:
Corrompéis toda realidad velando, 

A pie quieto y sin descanso,
Vuestro sueño eterno e incorrupto.
Mas los sueños no son menos mortales
Que los soñadores,
Y ya sea en el corazón o en un nicho
Todo se pudre con gemela rapidez:
A corto plazo,
Ni siquiera el sabor a pólvora queda
En la boca del fusil.

Tratado del camaleón


Todos los pensamientos es mi Pensamiento:
El pensamiento de todos es lo que yo pienso.
No hay ninguna razón por la que no esté en lo cierto,
Ningún error por el que no ande equivocado.

Mi verdad son las certezas que tiene cada cual,
Las tomo en préstamo para sentirme íntegro
Ante los que me ceden sus convicciones para ser,
Pues sólo siendo ellos es cómo lo que soy “es”.

Sueño con lo que sueñan, deseo lo que desean,
Espero en aquello en lo que ponen esperanza,
Les cedo mi personalidad, como un comodín
Del que echar mano para sustituir cualquier carta.

Mi piel sirve para cubrir cualquier carne
Mi corazón achica las sangres más diversas.
Soy generoso como un embudo o un sumidero,
Y mi alma es una tripa onnívora, un embutido

De otros espíritus que engullo, con los que relleno
Mi longitudinal vacío de boa constrictor:
Mi digestión cuenta con un sinfín de paladares
Trabajando al unísono para un único estómago.

Soy cambiante como el mundo que me rodea
Y recorro de los colores la gama completa.
Mi corazón es frío como el de un espejo vivo:
La mudanza constante exige absoluta quietud.

miércoles, 29 de julio de 2015

Sombrero de bota

Decididamente no hay mayor elegancia que saber lucir una bota por sombrero, manteniéndola en coqueto equilibrio sobre la cabeza y sin sentirse aplastado por ella. Es fácil calarse un sombrero (incluso uno que no sea de nuestra talla) porque la convención social es lo que espera ver sobre una cabeza aún cuando ya no esté de moda llevar sombrero. Lo realmente difícil es calzarse una bota que no es de nuestro número hasta las orejas, y sonreír como si no pasara nada mientras desfilamos por la pasarela del mundo, donde sólo se aplaude y valora el prêt-à-porter de Madanme Astucia...
Pero no os equivoquéis, amigos:  yo no he venido aquí a hablar de astucia, sino de elegancia, de ese perfil inconfundible (de aristócrata venido a menos) que le otorga a la figura humana cualquier derrota sin paliativos. Echémosle juntos otro vistazo: a  pesar del deterioro físico que se traduce en mal olor, su mirada es frontal y valiente, el porte erguido y orgulloso. ¿Qué sentir en su presencia si no es un gran pudor o una ira sorda, incontenible (es decir: exactamente lo mismo que debieron sentir los plebeyos de antaño ante aquella falsa nobleza que apestaba a perfume y a molicie)?..
¡Oh, sí! Decididamente es gracias a estos seres que lo han perdido todo que todavía nosotros no estamos totalmente echados a perder, y que aún nos podemos consolar al constatar que no todo en el mundo es cuestión de astucia: también están ellos, los del "sombrero de bota", los elegantes derrotados de la globalización, los nuevos dandis de la pobreza, esa vanguardia futurista de las nuevas masas desauciadas de futuro...

martes, 28 de julio de 2015

De los varones, esos incorregibles "trastes"

Es indiscutible la inferior inteligencia del hombre (incluso del hombre sabio) con respecto a la mujer en todo lo que atañe a la pasión amorosa. ¿Por qué? Porque es raro que nosotros, los varones,  seamos capaces de vivir una pasión sin engañarnos, sin confundirla con la "conveniencia", con lo que más le conviene a nuestra vida en función de nuestros intereses y ritmos vitales. En cambio las mujeres (sobre todo, las más inteligentes) suelen comprender desde el principio que la pasión es siempre un sentimiento inspirado por un desconocido, por un completo extraño, y que no es lógico que el amor verdadero tenga su origen en el desconocimiento absoluto del otro, sino al revés: en el conocimiento imperfecto, pero íntimo y manejable, de una persona con la que hace tiempo entablaron amistad, de un "amigo" al que ellas tratan incluso con cierta asiduidad  y que, por ello, cuenta con muchas más posibilidades de poder proporcionarles la base más sólida sobre la que  levantar una relación duradera. En general, ellas no piensan en este asunto como nosotros, los varones ingenuos y soñadores, que, en estas cosas, somos como niños: pequeños "trastes" hiperactivos siempre empeñados en descubrir el mecanismo que hace funcionar a un juguete al que pronto terminan por destripar y destruir, cuando no por abandonar antes incluso de haberle sacado un mínimo disfrute...

Una queja infundada

He recibido una queja que me acusa de flagrante contradicción al reivindicar primero la "a"  como fomento de la capacidad individual de amar (entrada 70), y, de seguido, su abolición en aras de un descenso significativo de la agresividad en el planeta, con el consiguiente resultado de una paz a gran escala que tanto venimos necesitando los humanos (entrada 73). Pues bien: a primera vista se diría que esa queja es pertinente y está fundada, pero yo debo rechazarla de plano basándome, en primer lugar, en la relación radicalmente libre que el escritor ha de mantener con su escritura y que le faculta para escribir lo que le da la gana, y después porque esas mismas cualidades (la radicalidad y la libertad de las que mi escritura presume) hacen que no me guste un pelo que me contradigan y que, al mismo tiempo, me encante contradecirme, cosa que, superficialmente, parece un contrasentido, pero que no lo es en absoluto si se piensa a fondo y sin miedo a quedar atrapado en las propias contradicciones...

La "a" de agresividad

El mítico pueblo de los Bere, un clan de náufragos de la Atlántida que, según un heterodoxo historiador de la región, se estableció en la Bética, la primitiva Andalucía, tras el supuesto cataclismo noticiado por Platón, habría prescindido de la letra "a" en su abecedario (que, por tanto, sería un becedario y no un abecedario) con la noble intención de erradicar toda agresividad, primero de su lenguaje, y después de la psicología de sus usuarios, ya que cualquier lengua contamina a los espíritus que la usan con los defectos que le son inherentes. Al parecer, los "bere" sospechaban que esa vocal era una cápsula de impulsos violentos en cuyo interior hervía la ira y fermentaban sus venenos, de forma que, al morderla, se infiltraban de odio las palabras que la contenían y, por extensión, el discurso en que éstas estaban incluidas y comprometidas. Tal vez a nosotros nos parezca que tal suposición peca de delirante, pero esta acusación puede que obedezca sólo a nuestros prejuicios y no a la realidad. Quizás nos convendría hacer primero una prueba en laboratorio antes de sacar conclusiones precipitadas y, para ello, podría ser de utilidad convencer a un grupo de población reducido (digamos una ciudad de tamaño medio) para que consienta en someterse al experimento de sustituir la susodicha letra en todas sus comunicaciones, ya sean verbales o escritas, y ver luego si se han reducido los índices de criminalidad, los delitos de ofensa y agresión, e incluso las disputas tontas entre sus miembros. Por mi parte he hecho ya una modesta contribución a ese proceso investigador al negarme a utilizar la susodicha vocal en mis conversaciones con mis amigos y el resultado ha sido el siguiente: en un porcentaje alto me han seguido el juego durante unos días (dos para ser exactos), al cabo de los cuales dejé de recibir llamadas telefónicas, al tiempo que casi nadie contestaba a las mías. Ahora, pasada una semana desde que puse en marcha la iniciativa, ya no tengo quien me dirija la palabra, de lo cual se deduce que la teoría de los "bere" era acertada: mis pequeños y mezquinos conflictos personales se han reducido a cero, puesto que no me queda con quien discutir, y visto que ni siquiera yo volveré a ser mi propio enemigo mientras me mantenga en el empeño de no emplear la maldita letra en mis monólogos y soliloquios...

lunes, 27 de julio de 2015

Memoria parcial de una traición

Siempre quise escribir sobre aquella memorable traición, pero nunca reuní el suficiente coraje para hacerlo. Antes de nada, he de admitir que fui un cobarde ya que, en el fondo, se trató de una huida en toda regla; y luego evitar pedir perdón por más que nuevamente me tiente hacerlo, pues hay cosas que son imperdonables y más vale aceptarlo de una vez... 
Como todo matrimonio, nosotros habíamos suscrito un compromiso sagrado que yo rompí alevosamente, sin aviso previo y sin disponer ni de la mitad de las razones objetivas que podría tener C. para actuar del mismo modo teniendo en cuenta que, de los dos, yo era quien no tenía ingresos fijos y regulares (de manera intermitente, llevaba años en el paro y, por tanto, en una situación de mayor dependencia económica). Sin embargo, y a pesar de ello,  fui yo el que ejerció este derecho a la ruptura que continuamente se halla a disposición de ambos miembros de una pareja, y lo hice de la noche a la mañana, tomando al otro por sorpresa y al asalto para no darle tiempo a reforzar sus posiciones, lo que constituye una cobardía y una crueldad inauditas puesto que, con ello, lo que pretendía era impedir que ella, mi mujer, contara con cierto margen temporal para organizar sus defensas, para rechazar con sus contra-argumentos la brutalidad de mis argumentaciones que, por lo demás, eran débiles al carecer de justificación real, de motivos realmente serios, como pudieran serlo una infidelidad ocultada de modo artero y desleal, o la manifiesta falta de cariño y respeto entre nosotros...
Pero ella, por supuesto, no me había engañado nunca y seguía queriéndome como el primer día (y si no como el primer día, al menos como al año o año y medio en que empezamos a vivir juntos, que es el promedio de tiempo en que comienza a relajarse la deliciosa tensión inicial del enamoramiento), mientras que, por mi parte, tampoco había tenido aventuras amorosas con otras personas (puede que ni siquiera aventuras imaginarias, puesto que por aquella época yo no tenía imaginación ni para éso). Y, en cuanto al mutuo y debido respeto, en mi caso también continuaba intacto ya que no en vano C. había sido la única mujer de quien yo estuviera enamorado, y jamás me habría permitido a mi mismo hacerla víctima de mentiras o de dobles juegos sentimentales.  De hecho, éste fue el pretexto o excusa que utilicé para abandonarla, o sea: la imposibilidad que suponía para mi seguir viviendo a su lado una vez que me había vuelto consciente de desear a otra (cosa que no me había sucedido en casi doce años, que eran los que C. y yo llevábamos juntos...).
Y aquí es dónde estuvo mi gran equivocación, porque esta otra mujer no era más que un síntoma, no una enfermedad. Quiero decir que era el síntoma que denunciaba el final de algo (el final de nuestra convivencia, tal vez), pero no el comienzo de una nueva historia de amor ni nada parecido. No obstante, y en mi ingenuidad, yo así lo entendí, decidiéndome entonces a cortar por lo sano. Naturalmente, comprendo ahora que era mi amor por C. el que había comenzado a morir, no que otro estuviese naciendo. Y comprendo asimismo que, en contra de esta evidencia, yo necesitaba creer en que algo nacía después de todo, y por eso imaginé que amaba de nuevo, cuando, en realidad, lo que me correspondía era despedirme del Amor por una larga temporada. Necesitaba repetir aquel deseo que C. me había inspirado (que era para mi un mito inolvidable), y necesitaba repetirlo cuanto antes para poder soportar su extinción, ya que en repetir lo que más anhelamos consiste, a fin de cuentas, la felicidad. 
Ahora bien: el amor no nace en respuesta a la simple voluntad de un amante impaciente e ingrato, de un amante que no soporta guardar luto por una vieja pasión que acaba de morir de repente y que le reclama todavía, pues, aunque ya cadáver, quiere que él haga acto de presencia para llorar y cantar en sus funerales. No, nunca el verdadero amor es nuestra mascota, un perro faldero que acude raudo y vivaz en respuesta a nuestro silbido, y, por tanto, es lógico que no acudiera entonces a mi insistente llamada, o bien que acudieran solamente los que no podían ser conmigo dóciles e inofensivos, los que terminaban por morderme al menor descuido. Y sin embargo (ésto es fácilmente comprensible) el hecho de sufrir varias de estas mordeduras no me impidió intentarlo una y otra vez durante un año entero hasta que, finalmente, desistí... (Aunque, desde luego, no logré hacerlo sin antes haber contraído la rabia, lo que también se comprenderá con relativa facilidad, creo yo).   

domingo, 26 de julio de 2015

Una teoría fantasmagórica sobre los fantasmas

Como la muerte en vida es una vivencia emocional que ha conocido casi todo quisque, supongo yo que tendemos a ser más escépticos respecto a la existencia de los zombies (cuerpos vivientes) que a la de los fantasmas (espíritus vivos); y supongo también que pocos dudarán de que los primeros son avistamientos mucho más improbables que los segundos, a pesar de la abundancia de series y películas de terror que, últimamente, han puesto a aquellos de moda entre el gran público.  Por experiencia propia, al menos yo estoy razonablemente seguro de que todos, en un momento u otro de nuestra vida, nos hemos cruzado con algún fantasma (quiero decir que le hemos visto, hablado, y hasta llorado con él), mientras que no lo estoy tanto de que, al margen de los estudios de cine y de las parrillas televisivas, se hayan documentado encuentros reales con muertos a los que se les cae la carne a pedazos o que caminan sobre sus huesos pelados. 
Siendo realista, el encuentro cara a cara con un fantasma es una posibilidad bastante frecuente hoy en día, me parece a mi. Y aún diría más: actualmente es posible, incluso, que nos topemos con uno o con varios de ellos varias veces al día ya que la muerte del alma es un hecho cotidiano que sucede de manera habitual entre nuestros vecinos y amigos, hasta el punto de que, sin exagerar, se podría decir que todos nosotros vivimos entre espectros que hasta ayer mismo eran seres humanos plenamente vivos. ¿Acaso no es una verdad estadística indiscutible que todos los días los sueños de los hombres se derrumban con más o menos estrépito, que sus ilusiones se desvanecen en el aire, o que sus corazones se rompen en pedazos por culpa del excesivo trasiego a que los someten sus dueños, como se dice de esos cántaros que van demasiadas veces a una fuente? ¿Y acaso se puede negar que, juntas o por separado, todas estas desgracias son capaces de sorprender de tal modo  a una persona (a alguien que, sólo un instante antes, vivía por completo inconsciente de su vulnerabilidad y fragilidad) que de por sí basta para explicar por qué se convirtió en un fantasma?... 
Sobre esto último yo tengo mi teoría y es ésta: cuando un hombre deviene fantasma es simplemente porque, en un momento dado, no pudo prever lo que se le venía encima, y en consecuencia tampoco pudo aceptar, a su debido tiempo, el haber muerto (o, si se quiere, la muerte de su sueño, de su ilusión, de su corazón). Es tan simple cómo éso: uno no se entera, no advierte que acaba de realizar el tránsito hacia el lado oscuro puesto que nunca antes ha estado allí, y por tanto no puede saber que la oscuridad es en realidad blanca y deslumbradora; blanca como la nieve cuando ésta nos rodea por todas partes, y deslumbradora como la luz más intensa cuando ésta hiere nuestros ojos de frente y sin piedad. 
En resumidas cuentas: uno siempre había creído que la oscuridad sería negra como la noche más impenetrable. Pero no, se equivocaba: en realidad era un resplandor muy atractivo que cegaba a quien lo miraba sin pestañear al confundirlo éste con la luz que despide la vida en su momento de mayor intensidad: en el momento en que uno aprendió a amar, por ejemplo. Es por eso, y sólo por eso, que se cree de vuelta en ella, en la vida. Es por eso que de repente se siente vivo de nuevo, otra vez amando, siendo feliz otra vez. Y, naturalmente, también es por eso que se engaña, que otra vez es incapaz de comprender y de aceptar que ha muerto, y que todavía podría pasarse en ese estado un tiempo indefinido (acaso más tiempo aún que el que vivió realmente) creyendo que son todos los demás, y no él, los verdaderos fantasmas...  

La Traición del deseo

                                                                               
Tú fuiste mi Astro Naciente y mi Estrella de Belén.
Tú mi virgen progenitora y mi pesebre.

Sabiendo que yo no soy de los que echan raíces,
En la hospitalidad de tu cuerpo hallé domicilio,
Y con tu primer beso me comprometí a pagar
A plazos la hipoteca del Paraíso.

Tú fuiste mi fe y mi apostasía,
Tú mi dócil demonio y mi ángel mortífero.

Mi salvadora perdida, mi querida verdugo,
Al filo de tus ojos culpo de mi sangría:
En cada gota, el reflejo de mi cabeza cortada.
En cada gota, el embrión de mi abortado futuro.

Que nadie se fíe del tiempo que pasa
Restándole crédito a la eternidad del momento.
Que nadie se crea tan a salvo en su amor
Y se eche a dormir en brazos de la desidia.

Tú fuiste mi aurora boreal y mi noche oscura.
Tú mi sol sin ocaso y mi luna nueva.

Sabiendo que yo no soy de los que saben negarse,
La serpiente de los días me ofreció su manzana,
Y con el primer bocado adquirí de regalo
La ciencia vil de Tu Desconocimiento.

Tú fuiste mi luz y mis hondas tinieblas.
Tú mi metal dorado y mi pozo sin fondo.

Mi gran descorazonadora, mi Nada radiante,
El incendio de tus lágrimas quemó todas mis naves:
Con cada vela, otro flameante sueño roto.
Con cada vela, un nuevo horizonte aún más desesperado.

Que nadie se fíe del propio corazón cuando desea
Un tiempo feliz que no existe por siempre en ningún lugar.
Que nadie olvide que sólo el deseo es inmortal
Ni, por ello, se apresure a dar muerte a su mortal amor.


----------------

A

TEMO: con este verbo no se va a ningún lado...
TEAMO: con este, en cambio, se queda uno en cualquier sitio...
Como veis no hay color, así que haced lo imposible por intercalar a tiempo la jodida letrita de los cojones.

sábado, 25 de julio de 2015

El estilo: that is the question

To be: cuando es sólo una voz natural y propia que resuena sin amplificaciones ni sordinas bajo cualquier máscara que adopte la expresión.
Not to be: cuando es sólo el pretexto, la excusa ideal para no ir más lejos dentro de uno mismo.

viernes, 24 de julio de 2015

Carta sin remitente hallada en una botella a la deriva

"Nunca pensé que confesaría ésto a nadie: emocionalmente hablando soy un paleto y, entre otras cosas lamentables, apenas he conocido el alma delicada de las mujeres que me han querido. A propósito de este asunto, el de las mujeres, ojalá pudiera decir yo lo que Rimbaud decía de la Ociosa Juventud ("Par delicatesse j´ai perdu ma vie"), pero no puedo porque no es verdad: yo las perdí por bruto e imbécil. Por animal, en una palabra. Las cosas que he hecho no tienen nombre (de ahí que no sólo no quiera, sino que tampoco pueda nombrarlas aquí). Y no es que haya sido una mala persona, un canalla o un asesino; en cambio he sido un egocéntrico insensible a la dignidad de quienes, amándome tal vez a su manera, no querían plegarse a mi modo de amar, que era el de un bárbaro acostumbrado a ocultarse a sí mismo sus propios sentimientos y, en consecuencia, a creer que era imposible que los demás pudieran tenerlos a flor de piel, sin protecciones de ninguna clase. Estúpidamente, he supuesto siempre que todo era cuestión de voluntad, que incluso el amor era una épica de la razón orgullosa y estoica que se jacta de no ser nunca incoherente, cuando la cosa funciona justo al revés y  es de la necia coherencia de lo primero que hay que deshacerse para, de veras, poder amar. En fin: sin exagerar demasiado se podría decir que, efectivamente, en lo sentimental he perdido mi vida; pero si de cierto la he perdido no fue por tener un corazón delicado y generoso que, amando, "sabe arder anónimo, sin recompensa alguna", como pedía otro poeta que ahora no recuerdo (no se me da bien esto de recordar nombres de poetas y, con frecuencia, los confundo unos con otros entre sí). Dicho en román paladino: que la he cagado y ya no me quedan mudas en el cajón del armario.  En este asunto ando, pues, con el culo al aire, lo que es una situación bastante incómoda para un caballero tan pudoroso como yo. Pero, ¿qué puedo hacer aparte de intentar taparme con una mano delante y otra detrás?... No lo sé, de verdad que no lo sé. Dentro de mi caletre yo no me siento viejo, pero los dos espejos que aún conservo en casa no parecen ser ya de la misma opinión. Desde luego que podría deshacerme de ellos, pero dudo que baste con alejar al enemigo para salir victorioso en esta guerra de desgaste que es el paso del tiempo. En fin, amigos que vayáis a leer este mensaje: lo que digo es que estaría dispuesto a oír algunos consejos desinteresados que, por supuesto, pagaré con mi eterno agradecimiento. Aguardo por vuestras ideas, y os anticipo un millón de gracias por ellas. Gracias, muchas gracias...".

jueves, 23 de julio de 2015

Falso palindromo de los ateos

Adiós a Dios.

Pregunta para tramposos que no tiene trampa ni cartón

"Otros celebren guerras y batallas.
Yo sólo puedo hablar de mi desventura.
No me vencieron los ejércitos:
Fui derrotado por tus ojos".


...Por una vez sed sinceros, amigos míos: ¿cuántas de vuestras insignificantes biografías no están ocultas y resumidas en este breve e inmortal poema de Anacreonte?

Pues éso

Hipócrates dixit: "Qui gravi morbi correpti dolores non sentiunt, iis mens aegrotat".
La traducción de esta secuencia de latinajos sería: "Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja, están mentalmente enfermos". Se puede decir más alto pero no más claro: es preciso estar enfermo para no estarlo (?). Dicho de otro modo: o somos unos locos o lo estamos. Y puestas así las cosas (o sea, entre la espada y la pared), ¿no es, dentro de lo que cabe, menos malo para nosotros elegir voluntariamente un mal inevitable -uno que, a fin de cuentas, vamos a padecer sí o sí- que aguardar a que nos lo impongan?... Pues éso.

Rien ne va plus

He sido un loco gran parte de mi vida puesto que siempre aposté en la ruleta del Todo o Nada. Hasta ahora he tenido suerte porque las ganancias superaron en mucho a las pérdidas; ¡pero quien sabe!... Dicen que los dioses suelen ser vengativos con aquellos a los que han favorecido mucho, y yo temo que, en cualquier momento, se vuelvan en mi contra los que inventaron la Ciencia Estadística. ¿Qué haré entonces, cuando al detenerse la bolita negra salga "nada"?... ¡Quién sabe! Tal vez a partir de ahí tenga que aprenderme de memoria el padrenuestro de Heminguay para las grandes ocasiones: "Nada nuestro que estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada. Tú serás nada en la nada como en la nada"...

miércoles, 22 de julio de 2015

A vueltas con el fracaso

Entre los hombres suele haber unanimidad sobre que la vida va en serio y en que el final de la juventud es, por regla general, el límite máximo para tomársela a broma, para fingir que esa seriedad no va con nosotros y que podemos continuar resistiéndonos indefinidamente a la triste conjura de los adultos que nos exige a gritos sentar la cabeza. Y suele ser unánime también la opinión de que sólo hay dos excepciones a ese toque de queda transcultural que llama a nuestra irresponsabilidad a recluirse en sus cuarteles de infancia y a no volver a salir de ellos nunca más: me refiero, claro está, a los locos y a los artistas.  Sobre la exclusión de los primeros no es necesario decir nada porque su motivo es evidente; pero sobre la de los segundos hay mucho que comentar pues su evidencia no lo es tanto y no falta quien la pone en duda o, incluso, quien la niega descaradamente. Yo creo, sin embargo, que está justificada, aunque  sólo para una pequeña parte de los artistas, no para la totalidad: creo que es así para el reducido bando de los que triunfan, de los que tienen éxito a ojos de la sociedad, y en ningún otro caso. Para el resto, para el cuantioso bando de los fracasados u olvidados, desde luego que no. Para éstos aquel "toque de queda" seguirá sonando en sus conciencias atormentadas durante el resto de sus días y sólo dejarán de oírlo cuando les bajen a la anónima fosa donde por fin podrá descansar en paz su genio incomprendido...
En un momento u otro de mi vida yo he conocido a varias personas que siempre hicieron oídos sordos a esa tan insistente como inquietante llamada, a pesar de que (me consta) nunca dejaron de escucharla. Y, entre ellas, dos  me distinguieron con su amistad incondicional hasta su muerte que, naturalmente, les llegó cuando ya llevaban algunos años viviendo en la indigencia. En su honor, lo primero que debo reconocer es que jamás he conocido a seres más leales con sus propios sentimientos, ni más dignos a la hora de acatar las consecuencias derivadas de sus elecciones personales: ambos pertenecían a esa clase de héroes que son capaces de hacer callar a su orgullo mediante una sonrisa tenue que transparenta su plena y sencilla aceptación de todo lo vivido, con independencia de si les fue o no amable. Y lo segundo que cabría alabar en ellos es que nunca desesperaron realmente, por más que durante sus últimos tiempos no debió haber un solo día que no durmieran acurrucados en los brazos de la Desesperación. Los dos (supongo que no hace falta precisarlo) eran lo que comúnmente se llama  artistas fracasados, si bien en ellos lo específicamente humano -la esperanza- no había corrido esa misma suerte, pues seguía viva y triunfante cuando el final se acercaba. Ese final fue rápido en ambos casos, lo que quizás ayudó a que no acabaran perdiéndola, lo reconozco; aunque, de todas formas, yo no estoy dispuesto a regatearles ese único triunfo. Puede que fracasaran como artistas, pero no como hombres, lo que pone en duda que sea estrictamente necesaria la susodicha "seriedad" para ser lo que vulgarmente se conoce como "un adulto responsable": ellos eligieron y perdieron, eso sí, pero perder no es exactamente fracasar. Los matices son importantes, y más cuando se trata de establecer si una persona ha arruinado o no su vida. ¿Y cuándo se puede decir -sin error posible- que hemos desperdiciado o derrochado ésta?... Es difícil dar una respuesta, ¿verdad? Es difícil incluso atreverse a darla, y no obstante me voy a atrever. Yo diría que uno no fracasa porque sus obras no se vean reconocidas, ni siquiera porque sus actos no sean apreciados (en tal caso uno sería un perdedor, no un fracasado). ¿Cuándo se fracasa entonces? Es obvio, creo yo: sólo cuando se ha sido incapaz de inspirar algún amor, algún afecto profundo que apenas se puede medir con palabras puesto que las palabras rara vez bajan a tal profundidad y no pueden dar una idea -no ya precisa, sino ni siquiera aproximada- de lo que contiene un corazón humano que agoniza...

martes, 21 de julio de 2015

La larga lucha por ser alguien

"Cada vez que en la vida yo debía ser protagonista era un  fracaso..."
La  frase anterior es de Peter Handke, pero igual podría haber sido mía porque ninguna otra me ha descrito mejor desde que tengo uso de razón. Y, no obstante, de poco me ha servido conocerme tan a fondo porque, fatalmente, nunca he dejado de perseguir lo que no estaba a mi alcance: desde la teta que me arrebató mi hermana pequeña al cumplir los dos años de vida, hasta el brillante futuro que, según un montón de testigos imparciales, me esperaba por ser hijo y nieto de quienes era. Y mi método para fracasar era tan infalible que, de no ser el éxito ajeno a mi naturaleza, tal vez debiera haber pensado en patentarlo. Pero como en el fondo jamás creí en serio que yo pudiera triunfar en nada, esto me salvó al menos de fracasar tratando de convertirme en una especie de gurú o maestro del fracaso, o sea: enseñando a otros algo que a mí se me daba tan bien y de manera tan natural. Supongo que razoné a tiempo aquello que aconsejaba el poeta -"no digas tu canción sino a quien contigo va"-, y que por eso me abstuve tan oportuna como inteligentemente... 
Volviendo al tema que nos ocupa: cada vez que me he creído capaz de "lograr ser alguien" me he equivocado de medio a medio. Y es que es muy difícil ser alguien para alguien que, a despecho de su buena cuna, ha nacido para todo lo contrario. Sin embargo, como mis progenitores no se resignaban, lo intenté, ¡vaya si lo intenté! Por ejemplo: aún no era más que un niño cuando quise ser alguien en el mundo del Derecho Penal defendiendo como abogado a una de las muñecas de mi hermana mayor que había cometido el crimen de pasar de moda e iba a ser arrojada al camión de la basura. No hace falta decir que mi fracaso en ese curioso pleito fue absoluto. Pero no lo fue porque mi madre (temiendo en mí una temprana ambigüedad de naturaleza sexual) no entendiese mis argumentos  y procediera a rebatirlos con dos secas bofetadas cuyo objetivo último era acabar en germen con esta primera vocación de leguleyo a la que yo me sentía predestinado, sino porque, después de unos días de enorme entusiasmo preparando la defensa de mi clienta, yo, de repente, perdí todo interés en el caso y ni siquiera pensé en apelar cuando mi hermana le leyó su sentencia de muerte. 
Como podéis suponer no cuento este episodio de forma gratuita: lo cuento porque me parece sintomático, ya que ejemplifica a la perfección mi conducta en mis siguientes intentos por ser alguien. Y, por supuesto, a lo largo de mi vida he intentado todo lo que os podáis imaginar en tal sentido: he querido ser desde capitán de un equipo de fútbol en la escuela primaria hasta orador en una asamblea estudiantil; o desde novio en ciernes que se las da de conquistador, hasta amante comprometido que se tiene a sí mismo por un buen compañero (e incluso por un más que aceptable marido si, en un futuro, decidiera casarse...). 
Resumiendo: siempre he hecho el ridículo. Tras unos inicios prometedores y convincentes, plenos de entusiasmo, pronto perdía todo interés y dejaba de actuar como se esperaba de mí dado que yo mismo era quien había comenzado aquello (lo que fuese) con la fuerza y la determinación de quien está ante el mayor reto de su vida. En definitiva: siempre me echaba atrás a poco de comenzar, y, tras un primer arrebato de acción en que me mostraba avasallador e imparable, desistía acto seguido sin dar explicaciones, solamente encogiéndome de hombros. Daba igual la empresa o el diseño vital en que me volcaba: ya fuese en el amor, en el trabajo o simplemente en la programación de un viaje, yo perdía el interés a poco de haber perdido por completo el sueño organizando hasta el más mínimo detalle de cualquiera de estas travesías existenciales con el fin de hacerlas lo más placenteras y seguras posible. Como hombre de acción, como activista y héroe de la vida cotidiana, renunciaba siempre, y las más de las veces en seguida, para quedarme observando mi propia pasividad, o sea: para finalmente ser yo mismo mirándome mirar. Porque sin duda ésta y sólo ésta era mi verdadera vocación: mirar, ser un espectador, alguien que no interviene, que sólo observa y anota, pero sin esforzarse por registrar lo que ve en la memoria, o en cualquier otro medio de registro, puesto que hacer tal esfuerzo le convertirá, ipso facto, en un pésimo testigo... 
Sí: no cabe duda de que ésta era de cierto la vocación para la que había nacido. Pero, al intentar llevarla a la práctica, fracasé como es lógico, y sólo gracias a este último fracaso es por lo que hoy soy escritor: he caído, pues, en el escalón más bajo y, a lo que parece, ya no hay más peldaños que descender. ¡Albricias. amigos, estaré encantado de recibir vuestras felicitaciones!: después de un sinfín de ensayos con sus correspondientes errores, y sin pecar de falsa modestia, creo poder aseguraros que al fin he llegado a ser un Don Nadie, lo cual no significa que sea alguien tan insignificante que es como si no existiera, sino que he completado cum laude la licenciatura en mi propia insignificancia, y que, a partir de ahora, inicio mis estudios de doctorado en ese campo tan novedoso del saber universal.

Una propuesta humanitaria

Fuera escrúpulos e hipocresías: el amor es  una injusticia porque siempre se hace a costa de los demás posibles candidatos a nuestro afecto, entre los que -por pocos que sean- es lógico que haya alguno que cree haber acumulado más méritos que nadie para poseerlo. Y lo peor es que, objetivamente, es así. Por tanto no estaría de más que, al notar que nos estamos enamorando de nuevo, hagamos alguna clase de ceremonia penitencial en desagravio del resto de la humanidad a la que hemos vuelto a desairar. Por ejemplo: podríamos empezar por jurar ante testigos que nunca volveremos a enamorarnos, incluso a sabiendas de que estamos jurando en falso, pues lo  que importa en tal juramento es la intención, y la nuestra es buena. De las mejores.

El hundimiento de la Atántida

El inesperado final de un gran amor suele ser un cataclismo de tal magnitud que no es raro que sus víctimas colaterales nos atormenten en la conciencia durante el resto de nuestras vidas. Al cabo de veinte años (pasado ya el terror, pero ciñéndose estrictamente a los hechos) todavía uno cae en la tentación de querer contarlo en el tono solemne en que se narran los acontecimientos míticos: "Era el nuestro, amor mío, un continente florido en medio del mar, una Atlántida real (aunque platónica también) que se hundió en el abismo del Aburrimiento, la Costumbre y la Convivencia. Como tantas otras, tú y yo fuimos la solitaria pareja del Edén que se rompió y separó para siempre en un instante, pues nada más que un instante necesita lo que es eterno para morir...". 

lunes, 20 de julio de 2015

Advertencia preliminar

Puede no ser necesaria pero la hago de todas formas en atención a las mentes limitadas, tan amigas de la literalidad: un escritor que se precie y sea honesto no habla de la realidad pues los escritores no deben hablar de lo que desconocen. Nosotros vivimos en mundos inventados (sino totalmente en buena parte) y, por tanto, no conocemos apenas nada de lo que "hay ahí afuera". Ahora bien: inventar es crear, no mentir; del mismo modo que soñar es otra forma de estar despierto, no dormir. Viene esto a cuento de que no hay que creer a pies juntillas en nuestras confesiones (sobre todo si nosotros mismos las calificamos de sinceras) pues, lo queramos o no, siempre estamos imaginando y, en consecuencia, inventamos tanto lo vivido como lo no vivido. En ésto es en lo que nos diferenciamos de aquellos que, no habiendo pensado nunca en ser escritores, en un momento u otro amenazan con escribir la novela de sus vidas contando en ella "toda la verdad": nosotros jamás podríamos hacer tal cosa porque, sin mentir nunca gravemente, siempre estamos faltando a la verdad. ¿Qué quiere decir ésto? Que como no sabemos cuál es ésta, nuestra verdad, la inventamos creándola a partir de meras sospechas y de adivinanzas sobre nosotros mismos. ¿Que cómo se hace éso? Fácil. Viene a ser cómo autoinocularse el virus de la gripe para alcanzar un estado febril, y después todo consiste en guiar nuestras fantasías haciéndolas caminar por el cuarto donde convalecemos para poder verlas por todos sus lados. El truco final está en conseguir que parezcan tan reales que hasta podemos sentir cómo nos tocan, cómo nos abrazan hasta casi asfixiarnos. No creo que sea muy difícil de comprender porque es más o menos lo mismo que cuando nos enamoramos: se trata de -a fuerza de deseo- proyectar las imágenes que sólo existen en nuestro cerebro sobre un espacio que observamos sin descanso, con la fijeza de los alucinados, hasta lograr palpar el aire y la luz que hay allí, de forma que podamos moldear estas realidades inmateriales igual que si fueran barro, el barro imprescindible en toda creación. Más o menos, así es cómo levantamos nosotros de la nada cualquier cosa, desde una novela a la persona amada. Y esto es todo por hoy, amigos: quedáis advertidos.

En memoria de la lluvia

No tengas miedo a amar y vive siempre "dostoyeskianamente", reclamando para ti todas las pasiones; pero, mientras amas, prepárate para la soledad porque es en ese mar donde desaguan al fin todos los amores (incluidos los que en apariencia nunca mueren, habría que añadir).
No hace falta que os jure que, al menos durante mi juventud, yo seguí esta máxima romántica hasta sus últimas consecuencias y con los resultados previsibles (cosa que, por supuesto, en ningún caso pude nunca prever). En varias ocasiones memorables, el príncipe Myshkin, protagonista de El Idiota, tuvo en mi a un alterego ibérico que no le iba a la zaga en ingenuidad y ardor enamoradizo. Aunque, en el fondo, ésto no es ningún mérito porque, cuando la Pasión que nos constituye y da sentido es de amor, ¿quién no estaría dispuesto a subir varias veces al Calvario a cuestas con la cruz de sus errores?... En fin, el tema no se presta a hacer chistes fáciles, pero aquí no está de más traer uno a colación: "si naciste para martillo, del cielo te caerán los clavos". 
El caso es que, durante mi época romántica, siempre procuré vivir intensamente porque quería llegar lo más lejos posible en el camino del valor: algo que es de una mínima decencia cuando se es joven, creo yo. Eso no quiere decir que yo buscara fundamentalmente placer pues cuando uno busca experiencias intensas lo primero que debe aceptar es salir alegremente al paso del malestar hasta sobrepasar, a veces, los límites del desfallecimiento (sobre este asunto, recomiendo la lectura del capítulo dedicado a Michelet por Georges Bataille en su libro  "La Literatura y el Mal"). El caso es que, más que como un hombre, yo vivía entonces en la piel de un Paradigma Heroico, si se me admite la expresión, y, como Ulises, me creía capaz de escapar de cualquier brasero ardiente sin sufrir la menor quemadura. Naturalmente, estaba en un error pero, ¿cuándo no lo estuve mientras viví, noche y día, en el exceso?... La verdad es que no es necesario que os jure que todo aquello fue éso: "excesivo". Me temo que incluso el dolor, siendo completamente cierto, lo fue. ¿Pero y qué, si no me arrepiento?... Gracias a ello tengo hoy recuerdos que son imborrables, tan terribles y tan  bellos a la vez como puedan serlo las implosiones de los planetas o de las estrellas en el Universo. Y gracias a ello puedo llorar solidariamente cada vez que revisiono la escena del replicante Rutger Hauer cuando evoca en su agonía la belleza de las Puertas de Tannhauser en la constelación de Orión, antes de resumir su corta vida artificial con aquella frase maravillosa e inolvidable, colofón de la más intensa experiencia jamás vivida: "...Y a partir de ahora todo se perderá como lágrimas en la lluvia...". 

domingo, 19 de julio de 2015

Historia de un voto en blanco

Nunca he votado salvo aquella vez en que lo hice en blanco tras firmar mi voto con el monigote de un payaso. Así que, en realidad, voté una vez, aunque fuera un voto nulo. Pero con el dibujo del payaso no pretendía hacer una crítica irónica al Sistema porque, políticamente hablando, nunca he sido un radical, ni siquiera un radical libre. Simplemente lo que ocurrió es que estuve dudando un buen rato dentro de la cabina mientras decidía a quién votaría, y, para matar el tiempo, cogí la papeleta blanca para entretenerme dibujando un monigote, que resultó ser el de un payaso por mero accidente ya que, en conciencia, lo que yo quería dibujar era al guardia civil que vigilaba en la puerta del colegio electoral; en cambio me salió el personaje del clown (¿se escribe así?), con el gorro de capirote y los pantalones de Simbad. El rostro del payaso, sin embargo, tampoco era el del guardia sino el de mi padre, el cual acababa de morir y quizás por ello tenía aún fresca en mi memoria su imagen en el ataúd, con las aparatosas gafas de carey todavía puestas (y ahora que lo pienso, no recuerdo si alguien se acordó de quitárselas antes de meterle en el nicho). Las gafas eran para corregir la presbicia, porque de lejos papá veía mejor que un águila, y no se me ocurre para qué iba a necesitarlas en la tumba donde, entre otras bondades, ya no hay periódicos que leer y, por tanto, uno no se puede enterar de las mentiras que dicen los partidos políticos cada vez que se acercan las elecciones, ni de lo que dice el rey cada vez que llega navidad y tiene que ganarse el mazapán. Que yo sepa, papá tampoco votó nunca salvo la vez en que Franco le obligó a decir que sí a todo escribiendo una cruz dentro de la única casilla a disposición de los electores; pero eso había sido muchos años antes de la Democracia y, además, no se repitió, por lo que no le dio tiempo a cogerle el gusto al ejercicio de ese derecho (votar libremente) antes de morir: murió sin haber ejercido nunca su voto, aunque de haberlo hecho creo que habría votado en blanco como yo, porque él desconfiaba por principio de todos los desconocidos que le prometían el oro y el moro al tiempo que juraban a voz en cuello ser excelentes cristianos y mejores banqueros (o cuñados de un banquero, que no es igual pero viene a ser lo mismo). En este sentido, recuerdo que en cierta ocasión creí mi deber advertirle de la existencia de políticos de confesión atea y no relacionados familiarmente con la banca, pero, si bien él no hizo ningún comentario a mis palabras, me miró a los ojos como si no me conociera, como si de repente se estuviera preguntando si yo era o no hijo suyo. 
Pero, en honor a la verdad, esa no fue la única vez en que me miró de esa manera: la otra fue cuando, en un momento de debilidad, le confesé que quería ser escritor. Reconozco que fui un imprudente al hacerle esta confesión sin prepararle previamente para el impacto pues él era un cardiópata y yo estaba advertido de que no debía darle disgustos. Pero mi arrebato de sinceridad fue más fuerte y por poco no le mato: hubo de agarrarse a las gafas con ambas manos para no caer redondo allí mismo, delante del colegio electoral en que yo me disponía a votar por primera vez. Naturalmente, en esa primera tentativa no llegué a hacerlo (votar) porque mi padre no quiso permitírmelo una vez se hubo enterado de que yo quería arrojar mi futuro de doctor en Medicina por la borda: me agarró por las solapas del abrigo justo delante de las narices del policía que hacía guardia a la entrada  y, por un instante, pensé que iba a entregarme a los cuerpos represivos del Estado para que me aplicaran el castigo que merecía aquella insolencia. Sin embargo papá nunca había sido un hombre violento y, además, estaba enfermo, así que yo me zafé de sus puños con relativa facilidad. Entonces fue cuando echó mano a las gafas y trastabilleó, a punto de caerse al suelo. Le ayudé a mantenerse en pie, sosteniéndole casi como a un pelele, y él dijo, con las mejillas blancas y sudorosas:
-Vale, pero primero prométeme que acabarás tus estudios. Luego puedes hacer lo que quieras.¡Total ya estaré muerto...!  
Y recuerdo que, al decirlo, me sonrió piadosamente, como si supiera que me había ganado por la mano en un juego de cuyas reglas yo aún no tenía ni idea...
Al año siguiente, poco después de su entierro, introduciría por fin mi primera papeleta en una urna de cristal sellada con el matasellos del ministerio del Interior. Y voté en blanco, como ya dije, primero porque la memoria todavía reciente de papá no me habría dejado hacerlo por ningún buen cristiano o respetable banquero, y segundo porque mi conciencia nunca me permitiría votar por programas políticos en los que solamente se conjugaba el verbo hacer, ya que todos los candidatos se presentaban para éso -para hacer más que cualquiera de sus rivales-, y ninguno para garantizar un espacio (el mayor posible) a los electores que no tenían ganas de hacer nada, ni siquiera de votar. Porque, básicamente, para ésto es por lo que yo había deseado tanto la llegada de la Democracia: para disfrutar de una nueva época en que también el perezoso gozaría de una amplia tolerancia por parte de sus conciudadanos, en que también el hombre que no quería hacer sería respetado y valorado igual que el hacendoso, ya que todos los hombres (incluso los inútiles escritores) eran o podían ser útiles a la vida por más que no hicieran gran cosa por ella y sólo quisieran trabajar para profundizar en su obra, nada más. 

Sobre Europa, III

...No obstante, para mi lo más decepcionante de Europa no es el fregado económico traído por el euro, la debilidad democrática de sus instituciones, la ambigüedad de su política exterior, el pretendido liderazgo de Alemania o las diversas metástasis del Nazismo que repuntan en su seno. Todos éstos sólo son defectos o imperfecciones, y los defectos, incluso si son grandes, se pueden corregir siempre que se mantenga activa la capacidad autocrítica. Además, que algo o alguien sea imperfecto no nos impide admirarlo o amarlo, más bien al contrario. En realidad, es precisamente ante una imperfección clamorosa que con más facilidad se despierta en nosotros el amor y la admiración (y sino que se lo pregunten a tantos adefesios y monstruos de alma y de cuerpo que han sido capaces de suscitar tales emociones entre los seres humanos).  No, lo verdaderamente decepcionante del Viejo Continente no es nada de éso, nada de lo que está presente y es visible para todos, sino algo que ya no aflora en él, algo que cada día se entierra más y más en sus decadentes entrañas y a lo que, aquí, ya no se le permite salir a la luz; algo que bullía desbordante en las calles de sus bellísimas ciudades con anterioridad a los dos guerras mundiales (sobre todo, a la primera) y que Saint-John Perse definió como "una aguda hoja de juventud", es decir: la marca del corazón apasionado, una forma de estar en el mundo con el espíritu en carne viva y no sólo en la búsqueda permanente del conocimiento, que también. Dejaré que sea otro escritor, Sándor Marai, quien lo exprese con palabras inigualables en precisión y belleza, y con las que yo, por supuesto, no me atrevo a competir: "Alguna vez existió una Europa apasionada en que la gente no solamente quería saber, sino también apasionarse. ¿Apasionarse por qué? Por las ilusiones, o sea, por Dios. O bien por el amor, porque sentían una energía creadora en el amor. O bien por la armonía erótica de la belleza y la proporción. ¿Qué buscaban? No solamente la verdad, sino una aventura noble y estimulante caldeada por la pasión; porque querían cultura y sin pasión no hay cultura. Una aventura que convertir en arte o en tragedia. La embriaguez del espíritu y unos pensamientos tan claros y puros como el cristal...". 
(Como él, ésta es la Europa que yo echo de menos, "mi" Europa, y la razón por la que cada día que pasa estoy más convencido de que algunos europeos estaríamos mucho más cómodos viviendo en África).

El oculto

Montado en un búfalo, y acorde su ánimo
Con la inacción que pregona en su doctrina,
Lao Zí se aproxima lentamente a la Gran Muralla,
Siendo sólo uno más entre los que quieren
Desaparecer cuanto antes del “mundo”
(Soberbio eufemismo con el que los chinos
Designaban por entonces a su viejo país).

Ese día el funcionario Guan Yin ha comido perro,
Y por esa causa ladra su mal carácter
Bajo el aparatoso yelmo que revela
Su honorable condición de jefe de la guardia.

La leyenda informa de que los dos maestros
Se saludan cerca de la puerta Oeste.
(Es una escena que atrasa la imaginación
Hasta una fecha tan lejana que no bastan
Todos los dedos de un cuerpo humano
Para contar los siglos, y pertenece a un año
De revueltas entre clanes: en un bando,
Los Señores Esclavistas, y en el otro,
Otros Señores que no quieren esclavos en sus feudos,
Sino gente libre a los que explotar con mano dura
Y con todos los derechos de la Ley).

Guan Yin está que muerde, pero, al verle,
Se aquieta su estómago por directo influjo
De la visión del hombre sabio a lomos de la bestia.
Aparta sin miramientos a la multitud de apátridas
Que se interponen en su camino, y, una vez
Junto al anciano y su montura, dobla el espinazo
Hasta tocar con el yelmo sobre el barro
Para proporcionar un escabel al pie divino
Del Dragón, ante el que el mismísimo Confucio
Reculó amedrentado tras oírle este consejo:
“Vive ignorado, no hay otra virtud”.

El soldado Guan no cabe en sí de gozo,
Y no acaba de creer en su buena suerte:
Sabe que a su lado está el hombre más oculto,
El que despreció los ritos, y cualquier clase de halago,
Pues ritos y halagos son cosas de bandidos,
Y ningún bandido puede conocer el “Dao”.

Conociendo bien estos principios, Guan presiente

El enojo oculto en el más oculto de los grandes hombres:
Decide que el maestro está enojado por ser aún visible
A cualquiera, y no digamos si se trata de un discípulo.
Aprovecha, entonces, para pedirle que le escriba
Un libro de sus máximas en resmas de seda
Antes de abandonar el “mundo” para entrar en la leyenda…

(Y con Lao Zi, el propio Guan Yin, cuya fortuna
Fue vigilar la vasta frontera del imperio
Al servicio del emperador en el agitado transcurso
De un impreciso año de la época Chun qiu,
Y ser un hombre culto
Versado en la escritura de ideogramas).

viernes, 17 de julio de 2015

Sobre Europa, II

...Y, aunque continúe con vida, hace tiempo que Europa no seduce ya a muchos europeos. Y ésto  no sólo porque sea "vieja", como opinan los malévolos americanos; sino, sobre todo, porque no ha sabido envejecer con dignidad. Actualmente, no es más que una ricachona adusta y patética de cuerpo deforme, descompensado por un exceso de grasa que afecta a sus partes intermedias o centrales, lo que le confiere el aspecto de una peonza que oscila a derecha e izquierda en permanente desequilibrio, mientras ella, paradójicamente, presume de gran estabilidad basándose en el hecho de que mantiene siempre la cabeza fría por más que le tiemblen las piernas de rodilla para abajo (la cabeza está en Reykiavik, Berlin, Oslo o Copenhague; las rodillas en Lisboa, Barcelona, Marsella, Nápoles o Atenas). Si hoy en día  hubiera que asignarle una representación antropomórfica ya no podríamos recurrir a sus íconos artísticos más famosos (por ejemplo: la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia) para hacernos una idea de cómo es, pues la Estadística determina que su imagen actual sea aproximadamente la de una jubilada de origen nórdico o bávaro, pero en todo caso perteneciente a la clase media-alta de la sociedad y con un índice de masa corporal que sobrepasa en mucho lo recomendable. Resumiendo: muy posiblemente estaríamos en presencia de una figura obesa que acaba de entrar en la Tercera Edad y que viaja sin parar de aquí para allá, en parte por aprovecharse de las ventajas y descuentos obtenidos gracias a su condición de pensionista, y en parte para escapar del vacío y el sinsentido que causa el exceso de tiempo libre en alguien que toda su vida ha tenido a gala ser útil, amén de una persona ahorradora. Dada su solvencia económica bien podría dedicarse durante sus últimos años a ser una vieja verde a la caza de adolescentes gigolós que le procuren una fugaz sensación de rejuvenecimiento entre sábanas confeccionadas con billetes de quinientos euros. Pero nuestra Vieja Europa no viaja por el continente que lleva su nombre de esa forma: con la intención de divertirse practicando sexo con jovencitos de las distintas nacionalidades que componen la gran familia europea. No: como ya dijimos, ella es una mujer adusta, o sea, de un carácter un pelin amargado, además de suspicaz y algo despectivo. En el fondo de su alma avejentada, a ella le gustaría poder ser ingenua, confiada y alegre (una hippi vividora y dionisíaca, en suma), pero desde que se hizo adulta interiorizó con enorme éxito la ideología moralizante del tendero respecto al trabajo y ahora sospecha que el mundo entero está lleno de irresponsables y vagos que, en cualquier esquina, intentarán quitarle los hígados. ¿Cómo?: exigiéndole limosnas, subvenciones, créditos a fondo perdido y quitas del cien por cien, que, si no se anda con cuidado, podrían dejarla con una mano delante y otra detrás, corriendo por las calles desnuda, en desesperada búsqueda de una embajada seria en la que poder refugiarse de todos esos bárbaros nativos (griegos, italianos, españoles, portugueses, irlandeses, croatas, húngaros, eslovenos, polacos, búlgaros, lituanos, bielorusos y la madre que los parió)  que se dicen europeos pero que, después de todo, sólo son lo que son: todos ellos gente que quiere vivir por encima de sus posibilidades para que (al pensar en las deudas heredadas) sus hijos y nietos jamás puedan olvidarles...  

jueves, 16 de julio de 2015

Sobre Europa, I

Cada vez hay más gente de acuerdo: con el final de siglo, Europa ha entrado en franca (que no francesa) decadencia, y, a medida que abraza la teología del mercader y las avaras idolatrías nacionalistas de los múltiples pueblos que la conforman, abandona los viejos y nobles ideales de la Cultura y el Humanismo que, en su día, la hicieron ejemplo del Desarrollo y faro de la Civilización. Por todas partes, el ingenuo europeismo de posguerra se deshilacha y resquebraja como un hábito gastado que ya nadie quiere vestir por anticuado y poco elegante; y últimamente, además, los propios europeos han vuelto a mirarse unos a otros con el recelo, la antipatía y hasta el desprecio de antaño, cuando las fronteras eran regueros de pólvora que corrían por todo el continente y el odio una mecha encendida y empuñada por demasiadas manos. Los resquemores cicateros y los celos envenenados han regresado, y de nuevo se están abriendo un hueco a codazos entre nosotros, igual que se hacen respetar los matones: intimidando a diestro y siniestro para poder quedarse solos en medio de la plaza. Los perjudicados por este nuevo orden barriobajero y mafioso empiezan a ser excesivos, y la desafección contra el Sistema se extiende a capas de población que, hasta hace poco, jamás pensaran en volver a la barricada política. Ahora que París ya no es una fiesta es Atenas la que arde en fuegos justicieros que no creen en la Justicia. Y acaso Roma torne pronto a ser devorada por otro incendio inspirado ahora por un Nerón alemán. ¿Quién sabe a quién le tocará dentro de un año o mañana mismo?¿Quién sabe si Júpiter se relame ya por anticipado mientras duda en el próximo plato a elegir entre el variado menú de sus hijos adoptivos? ¿Quién se atrevería a desmentir que no ha sido el mismísimo toro jupiterino quien, como un frágil cayuco, ha zozobrado derribando a la mítica hermana del rey Cadmo en mitad del Mediterráneo, y que ahora es ella, la sagrada Europa,  la que se debate chapoteando en esas aguas hasta ahogarse, como les ocurre a tantos y tantos de sus emigrantes ilegales? ¿Quién se atrevería a negar que también ella podría haber muerto ya de hipotermia y agotamiento, igual que los centenares de hijos de Asia y de África que, diariamente, intentan llegar a sus costas? ¿No sería eso, realmente, un asunto de justicia poética?¿No será ese el titular sensacionalista que todos los europeos estamos esperando ver un día de éstos en la cabecera de nuestros orgullosos periódicos democráticos que no se cansan de cantar a la libertad de expresión?..: 
La pobre  Europa ha muerto mientras trataba de alcanzar la ciudadanía comunitaria y todos los derechos sociales que le son inherentes. Su cadáver fue encontrado flotando sobre las aguas del Egeo, muy cerca de la isla griega de Samotracia (es decir: frente al promontorio de Troya, lo que ya es casualidad). La redacción al completo de este rotativo transmite su pésame al Parlamento de Bruselas y al resto de las instituciones de la Comunidad Económica. Descanse en paz.

El continuo descubrimiento de Eureka

Las escuelas más punteras de la Neurología afirman hoy que los espíritus creadores son personalidades obsesivas que rozan la locura y que, a veces, no sólo la bordean sino que ingresan decididamente en su territorio. Al parecer, los modernos neurólogos han descubierto la pólvora ayer mismo y pronto estarán en condiciones de decirnos para qué sirve. Sin embargo, desde tiempos inmemoriales anteriores al Neolítico, los hombres sabemos para qué es útil una persona obsesionada hasta extremos casi enfermizos que, un buen día, deserta incomprensiblemente de sus responsabilidades en el grupo de cazadores y recolectores para permanecer en la cueva con las mujeres rumiando no se sabe qué idea absurda que, poco a poco, hace que se vuelva loca y comience a frotar, con verdadera obsesión, un palo contra una piedra. Sabemos que, con este enloquecido método, primero se obtiene una columnita de humo casi invisible y, luego (si se persevera con ahínco cometiendo tal disparate) una débil y minúscula llama que nos conminará a proferir un grito de imposible calificación pues contiene a la vez asombro, miedo y  júbilo a partes iguales (el resultado de comprobar que estamos a la altura de los dioses, los únicos que hasta entonces dominaban el truco), y es el burdo equivalente de una palabra que también usan los científicos en general (incluidos los neurólogos) cada vez que descubren de nuevo la pólvora, el fuego, o cualquier otro invento sensacional conocido ya desde la noche de los tiempos por buena parte de los locos de atar y la gran mayoría de los obsesos incurables que han existido en todas las épocas de la historia y de la prehistoria: ¡Eureka!

martes, 14 de julio de 2015

El sueño de nuestra vida

Por lo general cuando uno lucha y trabaja durante mucho tiempo (quizás toda una vida) por lograr las condiciones idóneas que le permitan entregarse exclusivamente al "sueño de su vida" -viajar al Espacio, fundar una familia, comprar un yate, dar la vuelta al mundo, hacerse misionero, beber champán por un tubo, tocar el piano, leer o escribir novelas, etc-, suele terminar tan hastiado que comienza por aplazar un poco más (sólo unos días) esa su más antigua determinación en base a su profunda creencia actual de haberse ganado a pulso un tiempo de reposo absoluto antes de ponerse manos a la obra, y no es raro que entonces advierta que, en realidad, no tiene ya ni la necesidad ni las ganas de soñar que tenía antaño, y que, en el fondo, lo único que quiere es no volver a ser un soñador ahora que se ha hecho viejo soñando con algo que, después de todo, no valía ni mucho menos la pena, como nunca lo vale luchar por el amor de alguien que jamás nos amó, o por un deseo que siempre estaremos dispuestos a posponer en aras de hallar el momento más oportuno para llevarlo a la práctica... 

lunes, 13 de julio de 2015

¡Tumba, Tumbita: que te tumbes, digo!

...Recuerda, Tumba, que son raros los hombres que consiguen ir lo suficientemente lejos como para que sus malos recuerdos no puedan seguirles el rastro y emboscarles cuando más seguros se sienten; y que no te será fácil despistar a esos implacables perseguidores que aúllan por las noches igual que los indios o los chacales,  a no ser que te deshagas del peso inútil que transportas en tu corazón, de esa fortuna en penas que te hacen avanzar con mayor lentitud de la que tú quisieras y a las que revisas periódicamente  a escondidas, empujado a ello por la avaricia de recontar unos brillos que en otro tiempo gozaron de cierto valor pero que ahora suponen para ti sólo un incómodo lastre. 
Si aún no lo sabes, Tumba, has de saber que tanto las buenas como las malas memorias se dirigen todas en caravana hacia el olvido como hacia otro Eldorado situado al oeste, hacia otra bondadosa California donde el grado de felicidad obtenido será proporcional al grado de amnesia conquistado por el camino: no permitas, pues, que te retrase el dolor infligido de forma gratuita, la traición cometida en vano o aquella muerte enamorada a la que no pudiste o supiste corresponder, pues toda culpa equivale al eje partido de una carreta y todo arrepentimiento a un tiro de caballos empavorecido que se acerca peligrosamente al borde del barranco. 
Por eso tú continua siempre hacia adelante por más que el cansancio y la nostalgia reclamen que te tumbes ("¡Tumba, Tumbita: que te tumbes, digo!"), ya que también el agotamiento es otro canto de sirena al que se vence haciendo oídos sordos, y nunca grites Media Vuelta a no ser que, caballerosamente, hayas de dar la espalda a las mujeres que, desnudas, se bañan al fin en el río tras dejar atrás, primero el desierto, y luego las nevadas montañas donde, abandonada al sol, quedó la carne monda y lironda de los últimos compañeros muertos a los que tuviste que devorar para sobrevivir...

viernes, 10 de julio de 2015

Un posible eslogan para el Día Mundial de la Música...

Muchos corazones no tienen voz más que para cantar a coro y en público. Sin embargo, se empeñan en desgañitarse haciendo solos en privado.

La cinegética del escritor

Esta tarde, al igual que otras muchas, no soy muy distinto de ese cazador apostado entre los matorrales, o incluso del pescador que, de tan inmóvil, parece dormitar en medio del río con la mitad de su cuerpo calzado en las botas profesionales que le llegan a la cintura. Como ellos, yo sé que todo es cuestión de sigilo y paciencia, y, generalmente, esas son las virtudes que despliego durante mi particular, y también silencioso, acecho; pero como, al contrario que ellos, mi obligación es regresar con piezas vivas, existen lógicas diferencias entre nosotros que hacen que apenas nos parezcamos más que de un modo superficial que estropea la idoneidad de la primera metáfora. Por ejemplo, ni la puntería ni el tipo de cebo son demasiado importantes en mi caso: yo puedo apuntar de inicio digamos que  a una liebre y, sin embargo, acabar cobrando un pato o un faisán, y todo ello sin siquiera apretar el gatillo pues, como ya dije, a mi me está rigurosamente prohibido dispensar la muerte a mis potenciales víctimas. Ya sea que intente cazar un aforismo que atraviesa veloz como un relámpago el espeso bosque de mis neuronas otoñales, o pescar milagrosamente un poema en los fondos poco profundos y bastante turbios de mi alma, no puedo causar con mis pobres artes de aficionado heridas mortales a mis presas o a mis capturas, so pena, no ya de que me retiren la licencia para mis actividades, cosa que en mi oficio no se exige, sino de que esas mismas actividades sean vistas como superfluas y casi baladíes, y el menda como un señorito inútil y tontaina que se divierte perpetrando crueldades al no tener nada mejor que hacer...

jueves, 9 de julio de 2015

La ridiculez de las vocaciones

Lo que más impresiona de la muerte, de algo tan inabarcable como el propio Universo, es que coja holgadamente entre dos fechas cualesquiera del mismo siglo. ¡Es realmente aterrador e incomprensible que apenas logremos cumplir cien años habiendo nacido todos nosotros con una vocación tan clara de infinitud, de inacabamiento, de inmortalidad!

De perogrullo

Los grandes hombres no existen porque el primer deber de un gran hombre es estar muerto.

El éxito del fracaso

El mismo instinto que hace que las bestias recelen del fuego fuerza a los hombres a huir del fracaso. ¿Cuántas veces sus actos no son simples reacciones a ciegas frente a un incendio que, de repente, se ha declarado en la que hasta ayer mismo era su casa, su mundo, la hermosa nave en que viajaban hacia su glorioso destino? ¿Cuántos héroes, cuántos hombres de acción no habrán sido admirados por lo que, en el fondo, no era más que una huida pánica hacia el abismo?... Gestos así han fundado naciones, están en el origen de muchas culturas, y, sin embargo, nadie se escandaliza. Pero, en realidad, tales hazañas fueron consecuencia de una gran cobardía. ¿O no es la peor de las cobardías que la inteligencia, como las ratas, sea la primera en abandonar el barco?... 

De la eternidad

Sólo no concluye nunca lo que nunca fue. Sólo el no nacido alcanza alguna clase de salvación. Sólo lo que no es será siempre posible, y, mientras lo sea (mera posibilidad), no dejará de ser jamás. 
Lo eterno es una cualidad exclusiva de lo que no se realiza, pues lo realizado sólo conoce la eternidad a través del instante (o sea: en su modalidad instantánea). Nosotros somos "eternos" sólo en esa medida: en la medida en que podamos reconocer que un instante, cualquier instante, vale por diez mil, por cien mil, por un millón de años. Nosotros podemos conocer la eternidad sólo mediante una extraordinaria sensación que tiene la apariencia de un sueño y que alarga o distiende el tiempo a la manera de una goma, pero nada más. Mediante esa sensación podemos incluso hacernos una idea aproximada de tal concepto, ya que entonces se nos permite observar el mundo con los ojos de los inmortales (o sea: de los que no son nacidos, se llamen ángeles o abortos). Pero no podemos en parte alguna, se llame ésta Cielo o Tierra, ser eternamente puesto que, desde el momento en que nacimos, no somos ya jugadores reservas en el equipo de la humanidad, recambios que aún conservan la opción de salvarse al ser solamente posibilidades no realizadas...

El abandono

Quien no lo haya sufrido alguna vez que tire la primera piedra. A partir de entonces conocimos en carne propia la terrible lógica de los amores imposibles, esos que nunca nos defraudan por no haber tenido la ocasión... ¡Ah! ¡Qué insufrible amargura el que algo tan dulce como el amor no tenga la oportunidad de ir volviéndose amargo gracias a nuestra intermediación, en nuestra diaria compañía! ¿Cómo perdonar al destino por un fallo tan garrafal?... ¡Imposible! De todos es sabido que un cadáver que no aparece por ninguna parte condena al muerto a vivir para siempre. ¡Cuánto mejor no es un cuerpo desfigurado que apesta cada vez más, pero cuyo tacto se puede comprobar  a cada paso, a cada hora!

martes, 7 de julio de 2015

El hueso

Tuve miedo, Divina, lo confieso,
Cuando tú llegaste con tu vida entera
En la punta de la lengua...

Ya no querías ser la que aún eras.
Entonces no querías más que Eso
Que no decae ni mengua:
El Amor. ¡Sólo uno, y hasta fiel!
¡Sólo uno, y hasta eterno!,
Como ni siquiera es el Infierno,
Mal que le pese a Luzbel.

Tuve miedo, Divina. ¡Y más incluso!:
Tuve además un pavor pavoroso.
Quiero decir: nada científico, todo infuso,
Como el que ante el fuego siente el oso.

Pues, más que un ser, eras tú Principio Amoroso
Al que uno no se puede negar o sustraer:
A ti se te quiere, se quiera o no querer,
Por ser el tuyo, más que amable, el más hermoso.

Ni uno, ni dos, ni tres, ni veinte acaso:
No hay cifra exacta, un número fijo para el amado.
No hay un límite de amantes para el corazón liberado
Que sabe amar sin posesión, caso por caso.

Me estremecí entonces como quien se espanta
De citar a la muerte de cerca, sin un quiebro,
Y se me atravesó el terror en el cerebro,
Igual que se atraviesa un hueso en la garganta.
¡Ah, cuánto miedo, Divina, y cuán inútil
Para valorar a quien nos quiere con el alma
Y con el cuerpo, igual que quiere a otros!
No es Amor algo tan simple, algo tan útil
O tan entero que al dividirse ya no valga
Por quedar disminuido para mí, para vosotros.
Al revés: cuando se multiplica es cuando crece.
Por ser múltiple no ha de aumentar su desapego,
Si es honesto y confiado. Y si se prescinde del ego,
¿Quién dice que, no siendo único, el amor desmerece?

Sin embargo tuve miedo, lo confieso.
El terror me ató la lengua con un nudo
De secretos pensamientos hasta que -mudo-
Ya no fui sólo culpable de no ser confeso:
El obligó a mi corazón a pasar por el embudo
De la Razón, y a latir embutido aunque ileso.

Así es el miedo, Divina: un ladrón, un descuidero del valor,
Pues cuando te deja sin blanca te convierte en un cobarde
Y todo lo que venga después te llegará siempre tarde...
¡Más alégrate: entre lo que siempre se demora está el Amor!