Es indiscutible la inferior inteligencia del hombre (incluso del hombre sabio) con respecto a la mujer en todo lo que atañe a la pasión amorosa. ¿Por qué? Porque es raro que nosotros, los varones, seamos capaces de vivir una pasión sin engañarnos, sin confundirla con la "conveniencia", con lo que más le conviene a nuestra vida en función de nuestros intereses y ritmos vitales. En cambio las mujeres (sobre todo, las más inteligentes) suelen comprender desde el principio que la pasión es siempre un sentimiento inspirado por un desconocido, por un completo extraño, y que no es lógico que el amor verdadero tenga su origen en el desconocimiento absoluto del otro, sino al revés: en el conocimiento imperfecto, pero íntimo y manejable, de una persona con la que hace tiempo entablaron amistad, de un "amigo" al que ellas tratan incluso con cierta asiduidad y que, por ello, cuenta con muchas más posibilidades de poder proporcionarles la base más sólida sobre la que levantar una relación duradera. En general, ellas no piensan en este asunto como nosotros, los varones ingenuos y soñadores, que, en estas cosas, somos como niños: pequeños "trastes" hiperactivos siempre empeñados en descubrir el mecanismo que hace funcionar a un juguete al que pronto terminan por destripar y destruir, cuando no por abandonar antes incluso de haberle sacado un mínimo disfrute...
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