Esta
carne tan blanca y tan sensual
Que
algo de niña impúber conserva todavía
Y
que buscó durante años el simple goce de los cuerpos,
Es
hoy mi obsesión de hombre maduro
Que
nunca sospechó en sí mismo al pederasta
Hasta
que la mediana edad lo halló podrido
De
lujurias secretas y decadencia íntima.
No
hay más que verla casi desnuda junto al mar
Para
detestar la prisa con que de nosotros huyó la juventud
Llevándose
con ella la salud y la potencia
Que
nos era propia y natural.
Escondemos
ahora, pues, estas carencias
Bajo
un velo de hombría amable y comprensiva
Que
apenas logra ocultar esa evidencia
De
ser sólo pálidos fantasmas de otro tiempo
En
que consiste hoy el estar vivos.
Y
yo maldigo, por mi parte, el pensamiento
Que
me tiene sobre ascuas a su lado:
¿Por
qué no podría amar aún esta dócil meretriz
A
este pobre ingenuo que en mí vive
Con
el músculo y la mente enemistados,
Ya
sin la cómplice voluntad que antaño unía
A
esos dos a la hora de izar una bandera,
O
cualquier otra cosa que también haya de erguirse
Hasta
lo más alto, para saludar al paso de la Vida...?
¡Vana
pesadumbre da la vana esperanza!
Pero
peor es no arriesgarse a recibir la pena
Y,
por no sufrir el ridículo, aceptarse como muerto.
Por
eso finjo una antigua candidez que nunca tuve
Para
igualar la suya cuando dice:
“Cariño:
yo siempre creí en el amor”.
(Y
ella, mientras habla, repasa
La
lista inacabable de todos sus novios,
Informándome
al detalle
De
las mejores posturas según el número
De
amantes que se puedan reunir en una cama)...
Desde
luego, no sólo en la piel sin máculas ni sombras:
También
en su alma sobrevive la gracia infantil
Que
sabe mezclar la ordinariez con lo sublime,
Como
es el caso de esta frase formulada en alta voz,
Con
la despreocupación de quien pide un refresco,
Tras
tenderse boca arriba sobre la arena
Y
sin hacerle concesiones al pudor:
“¡Ay,
Cariño: pásame un dedito por el monte!”
(Dichosa
expresión que es todo un cóctel explosivo,
Y
que en mí provoca, en efecto,
Una
conmoción bajo el pantalón de baño,
Lo
que en mi estado es más un milagro que un suceso).
Luego
sonríe, y al sonreír es cuando se le nota
La
cara de placer algo descorrida sobre la mueca de dolor,
Como
dos capas no del todo superpuestas.
Comprendo
que mi ilusión de imaginarla niña es una estafa
Que
le sugiere mi corazón a mi cabeza (o acaso sea a la inversa),
Y
que el único niño que hay entre nosotros es, en realidad, mi deseo
De
regresar a toda costa a la propia infancia:
A
toda costa y de cualquier modo, como es corriente entre los poetas.
¿Qué
otra cosa explica nuestra situación, aquí tumbados,
Retando
con nuestra pasividad feliz (con la honrosa excepción
De
un dedo infatigable) la gemela quietud del cielo que nos cubre...?
Si
hay o no hay un dios ya no es cosa que me incumba.
En
cambio me incumbe esta mujer como me incumbe la Locura
Al
amar de ella, sobre todo, su generoso corazón de geisha
Y
la inconfundible voz de corista caprichosa.
Pues
me tengo por hombre cuya perdición es ya segura
Al
no debérsela a cualquier debilidad, sino sólo a mi conciencia.
De
ahí que no le tenga en cuenta su escasa discreción
Ni
su impudor, características de todo buen salvaje:
“¡Ay,
Cariño: pásame el dedito por el monte!”
No hay comentarios:
Publicar un comentario