Las escuelas más punteras de la Neurología afirman hoy que los espíritus creadores son personalidades obsesivas que rozan la locura y que, a veces, no sólo la bordean sino que ingresan decididamente en su territorio. Al parecer, los modernos neurólogos han descubierto la pólvora ayer mismo y pronto estarán en condiciones de decirnos para qué sirve. Sin embargo, desde tiempos inmemoriales anteriores al Neolítico, los hombres sabemos para qué es útil una persona obsesionada hasta extremos casi enfermizos que, un buen día, deserta incomprensiblemente de sus responsabilidades en el grupo de cazadores y recolectores para permanecer en la cueva con las mujeres rumiando no se sabe qué idea absurda que, poco a poco, hace que se vuelva loca y comience a frotar, con verdadera obsesión, un palo contra una piedra. Sabemos que, con este enloquecido método, primero se obtiene una columnita de humo casi invisible y, luego (si se persevera con ahínco cometiendo tal disparate) una débil y minúscula llama que nos conminará a proferir un grito de imposible calificación pues contiene a la vez asombro, miedo y júbilo a partes iguales (el resultado de comprobar que estamos a la altura de los dioses, los únicos que hasta entonces dominaban el truco), y es el burdo equivalente de una palabra que también usan los científicos en general (incluidos los neurólogos) cada vez que descubren de nuevo la pólvora, el fuego, o cualquier otro invento sensacional conocido ya desde la noche de los tiempos por buena parte de los locos de atar y la gran mayoría de los obsesos incurables que han existido en todas las épocas de la historia y de la prehistoria: ¡Eureka!
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