Tuve
miedo, Divina, lo confieso,
Cuando
tú llegaste con tu vida entera
En
la punta de la lengua...
Ya
no querías ser la que aún eras.
Entonces
no querías más que Eso
Que
no decae ni mengua:
El
Amor. ¡Sólo uno, y hasta fiel!
¡Sólo
uno, y hasta eterno!,
Como
ni siquiera es el Infierno,
Mal
que le pese a Luzbel.
Tuve
miedo, Divina. ¡Y más incluso!:
Tuve
además un pavor pavoroso.
Quiero
decir: nada científico, todo infuso,
Como
el que ante el fuego siente el oso.
Pues,
más que un ser, eras tú Principio Amoroso
Al
que uno no se puede negar o sustraer:
A
ti se te quiere, se quiera o no querer,
Por
ser el tuyo, más que amable, el más hermoso.
Ni
uno, ni dos, ni tres, ni veinte acaso:
No
hay cifra exacta, un número fijo para el
amado.
No
hay un límite de amantes para el corazón liberado
Que
sabe amar sin posesión, caso por caso.
Me
estremecí entonces como quien se espanta
De
citar a la muerte de cerca, sin un quiebro,
Y
se me atravesó el terror en el cerebro,
Igual
que se atraviesa un hueso en la garganta.
¡Ah,
cuánto miedo, Divina, y cuán inútil
Para
valorar a quien nos quiere con el alma
Y
con el cuerpo, igual que quiere a otros!
No
es Amor algo tan simple, algo tan útil
O
tan entero que al dividirse ya no valga
Por
quedar disminuido para mí, para vosotros.
Al
revés: cuando se multiplica es cuando crece.
Por
ser múltiple no ha de aumentar su desapego,
Si
es honesto y confiado. Y si se prescinde del ego,
¿Quién
dice que, no siendo único, el amor desmerece?
Sin
embargo tuve miedo, lo confieso.
El
terror me ató la lengua con un nudo
De
secretos pensamientos hasta que -mudo-
Ya
no fui sólo culpable de no ser confeso:
El
obligó a mi corazón a pasar por el embudo
De
la Razón, y a latir embutido aunque ileso.
Así
es el miedo, Divina: un ladrón, un descuidero del valor,
Pues
cuando te deja sin blanca te convierte en un cobarde
Y
todo lo que venga después te llegará siempre tarde...
¡Más
alégrate: entre lo que siempre se demora está el Amor!
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