Montado en un búfalo, y acorde su ánimo
Con la inacción que pregona en su doctrina,Lao Zí se aproxima lentamente a la Gran Muralla,
Siendo sólo uno más entre los que quieren
Desaparecer cuanto antes del “mundo”
(Soberbio eufemismo con el que los chinos
Designaban por entonces a su viejo país).
Ese día el funcionario Guan Yin ha comido perro,
Y por esa causa ladra su mal carácter
Bajo el aparatoso yelmo que revela
Su honorable condición de jefe de la guardia.
La leyenda informa de que los dos maestros
Se saludan cerca de la puerta Oeste.
(Es una escena que atrasa la imaginación
Hasta una fecha tan lejana que no bastan
Todos los dedos de un cuerpo humano
Para contar los siglos, y pertenece a un año
De revueltas entre clanes: en un bando,
Los Señores Esclavistas, y en el otro,
Otros Señores que no quieren esclavos en sus feudos,
Sino gente libre a los que explotar con mano dura
Y con todos los derechos de la Ley).
Guan Yin está que muerde, pero, al verle,
Se aquieta su estómago por directo influjo
De la visión del hombre sabio a lomos de la bestia.
Aparta sin miramientos a la multitud de apátridas
Que se interponen en su camino, y, una vez
Junto al anciano y su montura, dobla el espinazo
Hasta tocar con el yelmo sobre el barro
Para proporcionar un escabel al pie divino
Del Dragón, ante el que el mismísimo Confucio
Reculó amedrentado tras oírle este consejo:
“Vive ignorado, no hay otra virtud”.
El soldado Guan no cabe en sí de gozo,
Y no acaba de creer en su buena suerte:
Sabe que a su lado está el hombre más oculto,
El que despreció los ritos, y cualquier clase de halago,
Pues ritos y halagos son cosas de bandidos,
Y ningún bandido puede conocer el “Dao”.
Se saludan cerca de la puerta Oeste.
(Es una escena que atrasa la imaginación
Hasta una fecha tan lejana que no bastan
Todos los dedos de un cuerpo humano
Para contar los siglos, y pertenece a un año
De revueltas entre clanes: en un bando,
Los Señores Esclavistas, y en el otro,
Otros Señores que no quieren esclavos en sus feudos,
Sino gente libre a los que explotar con mano dura
Y con todos los derechos de la Ley).
Guan Yin está que muerde, pero, al verle,
Se aquieta su estómago por directo influjo
De la visión del hombre sabio a lomos de la bestia.
Aparta sin miramientos a la multitud de apátridas
Que se interponen en su camino, y, una vez
Junto al anciano y su montura, dobla el espinazo
Hasta tocar con el yelmo sobre el barro
Para proporcionar un escabel al pie divino
Del Dragón, ante el que el mismísimo Confucio
Reculó amedrentado tras oírle este consejo:
“Vive ignorado, no hay otra virtud”.
El soldado Guan no cabe en sí de gozo,
Y no acaba de creer en su buena suerte:
Sabe que a su lado está el hombre más oculto,
El que despreció los ritos, y cualquier clase de halago,
Pues ritos y halagos son cosas de bandidos,
Y ningún bandido puede conocer el “Dao”.
Conociendo bien estos principios, Guan presiente
El enojo oculto en el más oculto de los grandes hombres:
Decide que el maestro está enojado por ser aún visible
A cualquiera, y no digamos si se trata de un discípulo.
Aprovecha, entonces, para pedirle que le escriba
Un libro de sus máximas en resmas de seda
Antes de abandonar el “mundo” para entrar en la leyenda…
(Y con Lao Zi, el propio Guan Yin, cuya fortuna
Fue vigilar la vasta frontera del imperio
Al servicio del emperador en el agitado transcurso
De un impreciso año de la época Chun qiu,
Y ser un hombre culto
Versado en la escritura de ideogramas).
A cualquiera, y no digamos si se trata de un discípulo.
Aprovecha, entonces, para pedirle que le escriba
Un libro de sus máximas en resmas de seda
Antes de abandonar el “mundo” para entrar en la leyenda…
(Y con Lao Zi, el propio Guan Yin, cuya fortuna
Fue vigilar la vasta frontera del imperio
Al servicio del emperador en el agitado transcurso
De un impreciso año de la época Chun qiu,
Y ser un hombre culto
Versado en la escritura de ideogramas).
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