Es obvio que hay tantos viajes como viajeros porque entre estos dos términos la relación es reciproca y exclusiva y, en cuanto posibilidad, no se dan el uno sin el otro, de forma que se podría afirmar que no es posible que dos personas viajen juntas a un mismo destino geográfico pues, si lo hacen, nunca desembarcarán en el mismo sitio por más que se esfuercen en simularlo. No hace falta aclarar que esta es la razón de por qué muchos matrimonios no sobreviven al tan peligroso viaje de novios y, en general, de por qué la mayoría de las uniones sentimentales tienen en el viaje hecho en común la prueba del algodón que decide si serán viables o no, si podrán hacer juntos ese otro viaje que es compartir la vida durante un trecho más o menos duradero. Porque no hay nada que más y mejor determine el grado de afinidad entre dos personas que la experiencia de viajar juntas para comprobarlo: las molestas particularidades y singularismos de un carácter o personalidad muchas veces no se ponen de manifiesto sino viajando a su lado, por lo que es sólo gracias a éso que evitamos meter la pata permaneciendo en su compañía más tiempo del que merece. Y tanto suele ser así lo que digo que, si de veras una amistad o un amorío sobrevive a uno de estos viajes de prueba, entonces podremos estar medianamente seguros de que tiene con nosotros mucho en común, y hasta podríamos atrevernos a viajar con él o con ella hasta el mismísimo Infierno en la seguridad de contar con el mejor compañero/a para realizar este fantástico viaje que, en rigor, es quizás de los más exóticos e interesantes que cualquiera puede realizar.
Pero, aunque no dudo que es posible hallar el compañero ideal para esa extraordinaria expedición, de lo que sí dudo es de que, finalmente, desembarcáramos ambos en el mismo infierno pues, como ya dije, viaje y viajero son únicos e intransferibles y, debido a ello, nadie viaja jamás con nadie al mismo lugar. Quiero decir que el infierno en cuestión sería siempre distinto para cada cual (como lo sería Villalpando o Nueva York), y, en consecuencia, el viaje menos engañoso es el que se hace en solitario porque, al menos, uno no se equivoca pensando que ha llegado del brazo de alguien a alguna parte (parte que, para colmo, los dos denominan con el mismo nombre, cuando es evidente que están no sólo en ciudades o países distintos sino en mundos diferentes).
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