"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 4 de julio de 2015

El río del Deseo, I

Hay algo irremediablemente equivocado en el amor basado en la atracción física, que es la forma más corriente (al menos en Occidente) de iniciar un acercamiento sensual entre dos desconocidos al tener que relacionarnos nosotros, los seres humanos, fundamentalmente por medio de nuestros cuerpos (bien entendido que aquí extendemos el concepto de "cuerpo" al cerebro o mente, o incluso  a lo que otros llaman "espíritu o alma", pues nada de todo ello escapa a la unidad anatómico-psico-biológica del individuo). Ese error de base se refiere a la polaridad presente en todos los niveles del universo, y que, en los animales, genera emociones elementales donde el instinto es el detonante principal. Se puede decir que este instinto es una fuerza o vector de carácter electro-magnético que hace que nos orientemos en el espacio según leyes físico-químicas inexorables, que nos resultará imposible anular por completo pero no vencer o, al menos, resistir. Tal resistencia, sin embargo, implica la preexistencia de una potencia racional (y, por tanto, antinatural) que sólo puede proporcionar la inteligencia, ya que la inteligencia se define, sobre todo, como la facultad de pensar y de alumbrar pensamientos  que supongan, antes que nada, un freno a las reacciones impulsivas, una suspensión momentánea de las respuestas espontáneas y automáticas. En resumen: sin la inteligencia, el hombre sería (es) un temerario que avanza al modo de las bestias, sin mirar donde pisa, y su destino inmediato más probable es el suicidio accidental de, por ejemplo, un despeñamiento, o el homicidio involuntario de cualquier criatura inocente que se cruce en su camino. Y no hace falta mencionar que, cuando la carencia de esa facultad no es constitucional o de inicio, puede ser consecuencia de circunstancias terribles que, de modo pasajero, afectan al hombre, desencadenando en él el pánico, un terror compulsivo que queda fuera de su control. Naturalmente, esta es la peor de las situaciones posibles para el nacimiento del deseo entre dos personas, pero también es la situación en que, como motor de las uniones amorosas, el deseo mismo se revela como un primer error crucial, el que, desde su origen, las empuja hacia su fracaso y extinción definitiva. ¿Por qué? Desde luego no porque las pasiones humanas sean el hilo lógico y necesario  que, enrollándose, da lugar al ovillo que, tanto superficial como profundamente, es toda tragedia; sino más bien porque toda tragedia se alimenta de un hondo conflicto que para sus protagonistas resulta irresoluble por otra vía que no sea la muerte. ¿Y cuál es el conflicto del que hablamos, cuál su núcleo devastador?... Se trata de una fatalidad que la vida precisa para su recreación y reproducción. Se trata de la tensión creadora que solamente ocurre entre contrarios, entre los polos opuestos, entre las dos orillas diferentes de un mismo río. Se trata de que, para generar nuevos mundos, nueva vida, la Vida misma necesita presentar y reunir en un mismo espacio-tiempo a los contrarios, a esos dos habitantes de riberas opuestas, a esos dos seres diferentes cuyas miradas se cruzan en el aire -sobre la superficie del agua que les separa- con la desesperación de quién, en el fondo, se sabe aislado, inaccesible para el otro, y no por ello deja de mirarle, de buscarle con los ojos una y otra vez, a pesar de que es plenamente consciente de que la distancia entre ambos sólo puede aumentar con el paso del tiempo y con el desgaste creciente de las sucesivas riadas que arrastra la propia existencia, y que irán horadando las respectivas orillas en que ellos viven por siempre enamorados, por siempre rehenes del deseo: de esa trampa para ojos melancólicos que sobrevuelan sin descanso nuestro río, el río de la Confusión y la Posesión...

No hay comentarios:

Publicar un comentario