"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

domingo, 19 de julio de 2015

Historia de un voto en blanco

Nunca he votado salvo aquella vez en que lo hice en blanco tras firmar mi voto con el monigote de un payaso. Así que, en realidad, voté una vez, aunque fuera un voto nulo. Pero con el dibujo del payaso no pretendía hacer una crítica irónica al Sistema porque, políticamente hablando, nunca he sido un radical, ni siquiera un radical libre. Simplemente lo que ocurrió es que estuve dudando un buen rato dentro de la cabina mientras decidía a quién votaría, y, para matar el tiempo, cogí la papeleta blanca para entretenerme dibujando un monigote, que resultó ser el de un payaso por mero accidente ya que, en conciencia, lo que yo quería dibujar era al guardia civil que vigilaba en la puerta del colegio electoral; en cambio me salió el personaje del clown (¿se escribe así?), con el gorro de capirote y los pantalones de Simbad. El rostro del payaso, sin embargo, tampoco era el del guardia sino el de mi padre, el cual acababa de morir y quizás por ello tenía aún fresca en mi memoria su imagen en el ataúd, con las aparatosas gafas de carey todavía puestas (y ahora que lo pienso, no recuerdo si alguien se acordó de quitárselas antes de meterle en el nicho). Las gafas eran para corregir la presbicia, porque de lejos papá veía mejor que un águila, y no se me ocurre para qué iba a necesitarlas en la tumba donde, entre otras bondades, ya no hay periódicos que leer y, por tanto, uno no se puede enterar de las mentiras que dicen los partidos políticos cada vez que se acercan las elecciones, ni de lo que dice el rey cada vez que llega navidad y tiene que ganarse el mazapán. Que yo sepa, papá tampoco votó nunca salvo la vez en que Franco le obligó a decir que sí a todo escribiendo una cruz dentro de la única casilla a disposición de los electores; pero eso había sido muchos años antes de la Democracia y, además, no se repitió, por lo que no le dio tiempo a cogerle el gusto al ejercicio de ese derecho (votar libremente) antes de morir: murió sin haber ejercido nunca su voto, aunque de haberlo hecho creo que habría votado en blanco como yo, porque él desconfiaba por principio de todos los desconocidos que le prometían el oro y el moro al tiempo que juraban a voz en cuello ser excelentes cristianos y mejores banqueros (o cuñados de un banquero, que no es igual pero viene a ser lo mismo). En este sentido, recuerdo que en cierta ocasión creí mi deber advertirle de la existencia de políticos de confesión atea y no relacionados familiarmente con la banca, pero, si bien él no hizo ningún comentario a mis palabras, me miró a los ojos como si no me conociera, como si de repente se estuviera preguntando si yo era o no hijo suyo. 
Pero, en honor a la verdad, esa no fue la única vez en que me miró de esa manera: la otra fue cuando, en un momento de debilidad, le confesé que quería ser escritor. Reconozco que fui un imprudente al hacerle esta confesión sin prepararle previamente para el impacto pues él era un cardiópata y yo estaba advertido de que no debía darle disgustos. Pero mi arrebato de sinceridad fue más fuerte y por poco no le mato: hubo de agarrarse a las gafas con ambas manos para no caer redondo allí mismo, delante del colegio electoral en que yo me disponía a votar por primera vez. Naturalmente, en esa primera tentativa no llegué a hacerlo (votar) porque mi padre no quiso permitírmelo una vez se hubo enterado de que yo quería arrojar mi futuro de doctor en Medicina por la borda: me agarró por las solapas del abrigo justo delante de las narices del policía que hacía guardia a la entrada  y, por un instante, pensé que iba a entregarme a los cuerpos represivos del Estado para que me aplicaran el castigo que merecía aquella insolencia. Sin embargo papá nunca había sido un hombre violento y, además, estaba enfermo, así que yo me zafé de sus puños con relativa facilidad. Entonces fue cuando echó mano a las gafas y trastabilleó, a punto de caerse al suelo. Le ayudé a mantenerse en pie, sosteniéndole casi como a un pelele, y él dijo, con las mejillas blancas y sudorosas:
-Vale, pero primero prométeme que acabarás tus estudios. Luego puedes hacer lo que quieras.¡Total ya estaré muerto...!  
Y recuerdo que, al decirlo, me sonrió piadosamente, como si supiera que me había ganado por la mano en un juego de cuyas reglas yo aún no tenía ni idea...
Al año siguiente, poco después de su entierro, introduciría por fin mi primera papeleta en una urna de cristal sellada con el matasellos del ministerio del Interior. Y voté en blanco, como ya dije, primero porque la memoria todavía reciente de papá no me habría dejado hacerlo por ningún buen cristiano o respetable banquero, y segundo porque mi conciencia nunca me permitiría votar por programas políticos en los que solamente se conjugaba el verbo hacer, ya que todos los candidatos se presentaban para éso -para hacer más que cualquiera de sus rivales-, y ninguno para garantizar un espacio (el mayor posible) a los electores que no tenían ganas de hacer nada, ni siquiera de votar. Porque, básicamente, para ésto es por lo que yo había deseado tanto la llegada de la Democracia: para disfrutar de una nueva época en que también el perezoso gozaría de una amplia tolerancia por parte de sus conciudadanos, en que también el hombre que no quería hacer sería respetado y valorado igual que el hacendoso, ya que todos los hombres (incluso los inútiles escritores) eran o podían ser útiles a la vida por más que no hicieran gran cosa por ella y sólo quisieran trabajar para profundizar en su obra, nada más. 

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