"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 10 de julio de 2015

La cinegética del escritor

Esta tarde, al igual que otras muchas, no soy muy distinto de ese cazador apostado entre los matorrales, o incluso del pescador que, de tan inmóvil, parece dormitar en medio del río con la mitad de su cuerpo calzado en las botas profesionales que le llegan a la cintura. Como ellos, yo sé que todo es cuestión de sigilo y paciencia, y, generalmente, esas son las virtudes que despliego durante mi particular, y también silencioso, acecho; pero como, al contrario que ellos, mi obligación es regresar con piezas vivas, existen lógicas diferencias entre nosotros que hacen que apenas nos parezcamos más que de un modo superficial que estropea la idoneidad de la primera metáfora. Por ejemplo, ni la puntería ni el tipo de cebo son demasiado importantes en mi caso: yo puedo apuntar de inicio digamos que  a una liebre y, sin embargo, acabar cobrando un pato o un faisán, y todo ello sin siquiera apretar el gatillo pues, como ya dije, a mi me está rigurosamente prohibido dispensar la muerte a mis potenciales víctimas. Ya sea que intente cazar un aforismo que atraviesa veloz como un relámpago el espeso bosque de mis neuronas otoñales, o pescar milagrosamente un poema en los fondos poco profundos y bastante turbios de mi alma, no puedo causar con mis pobres artes de aficionado heridas mortales a mis presas o a mis capturas, so pena, no ya de que me retiren la licencia para mis actividades, cosa que en mi oficio no se exige, sino de que esas mismas actividades sean vistas como superfluas y casi baladíes, y el menda como un señorito inútil y tontaina que se divierte perpetrando crueldades al no tener nada mejor que hacer...

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