"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 31 de julio de 2015

La condición viajera

El viaje es la experiencia por excelencia para el hombre sedentario de las civilizaciones contemporáneas puesto que, momentáneamente, crea en él el espejismo de la recuperación de una vida nómada en la que, en un pasado casi mítico de tan lejano, experimentó la libertad feraz del deambular sin rumbo por  el planeta. Naturalmente, los viajes de hoy en día poco tienen que ver con el nomadismo de antaño o con el peregrinaje entendido como una deriva de nauta que va de un lado a otro, sin echar el ancla en parte alguna, al modo de un Ulises que no tuviera en mente ninguna Itaca. En realidad, hoy cualquier viaje es una odisea, pero no por lo larga que sea su duración o por lo arduas que sean sus peripecias, sino porque nadie parte sin la idea del regreso clavada entre ceja y ceja y sin haber cerrado el billete de vuelta en ventanilla. Hoy en día, ya viajemos al Espacio Exterior o a la aldea en que nacimos, todos somos Odiseo porque nuestra verdadera meta es volver a casa con "Penélope", se llame así nuestra esposa, nuestra mascota, nuestro sofá preferido o nuestra televisión de plasma: el retorno es, en el fondo, la finalidad del viaje moderno, como no deja de recordárnoslo la DGT (Dirección General de Tráfico). Da igual el tipo de viaje que emprendamos -el vacacional, el exploratorio, el laboral, el migratorio, el astral o el psicodélico-: todos se inician con la obsesión de volver, ya sea de inmediato o en un indefinido mañana. Incluso el "último viaje", el de la muerte, se hace con esta esperanza, pues se emprende para volver con Nuestro Padre (que usa varios nombres) o con la Madre Tierra (que no recurre a seudónimos y es la de todos nosotros, creyentes y ateos). Y no hay nada de extraño en ello porque los Mundos, tanto Este mundo como el Otro mundo, son círculos viciosos en los que, lo queramos o no, siempre se vuelve al punto de partida: el bucle (un giro completo en circuito cerrado) es, a fin de cuentas, nuestro destino. 
Y lo es también  en el caso del viaje hecho con la imaginación (el viaje ficticio de la Literatura) puesto que ni siquiera el recurso a los puntos suspensivos consigue que no llegue a su fin el cuento, la novela o el poema. La aventura literaria también termina y, por supuesto, concluye por su principio, como todos los viajes, ya que alcanzar la última página de un libro es el pretexto para comenzar otro (a escribirlo o a leerlo, quiero decir). Como no existen las obras literarias inacabadas (sólo las que su autor abandonó a medio redactar), también los lectores nómadas, los que desearían que el viaje de la ficción que tienen entre manos no terminase nunca, se ven inevitablemente forzados a interrumpirlo y a empezar otro que les traerá de vuelta al mismo punto: el bucle de la lectura, por tanto, no es distinto al de la creación. No hay viaje sin final, ni final que no lo sea en falso al ser sólo el principio de otro giro por un mundo finito (el literario no lo es menos pues el número total de los libros, por grande que llegue a ser, nunca será ilimitado). Todo viaje acaba exactamente donde empezó y ésto, además de explicar por qué ciertas tribus africanas enterraban a sus muertos en posición fetal, explica, asimismo, que el deseo de viajar sea el más inmortal de todos cuantos concibe la naturaleza humana, y la del viajero su condición más pertinaz y definitoria. 

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