"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 7 de julio de 2015

Las fábulas fugaces: perro.

   El primer decorado es la puerta sur de una catedral románica. Está lloviendo, y un perro sin dueño se cuela en el recinto sagrado con la soltura de un hijo pródigo que regresa a casa sabiendo que no va a tropezarse allí con su padre. Nadie repara en este impío que, al cabo de un rato, vuelve a salir: no por la misma puerta, pero sí con idéntica solvencia despreocupada. El resultado tangible de esta incursión es una curiosa pieza que daría el pego a ojos de cualquier anatomista si este solo pudiera analizarla "in vitro", o sea: a través del cristal de una vitrina. La reliquia que el can aprieta entre los dientes es una escápula u omóplato de mármol que reproduce, dicen, el santo hueso del mismo nombre perteneciente a cierto beato católico...
   Nuestro fugado atraviesa ahora el silencioso escenario de una plaza barroca buscando la protección de los soportales para disfrutar de lo que él cree un jugoso latrocinio. Pero, una vez alcanzado su destino, comprueba enseguida la insípida sabiduría del dicho popular “mi gozo en un pozo”,  pues las reliquias sagradas no tienen sabor, y menos cuando son meras copias realizadas en materiales no degradables e indigeribles. 
   Supongo que, si nos esforzamos, también podríamos sacar algunas conclusiones de este decepcionante episodio. 
    Una: la lluvia es una pésima consejera. 
    Dos: la escultura hiperrealista es un arte solo en la medida que lo es el timo más sofisticado. 
  Tres: en contra del acuerdo popular, el perro es uno de los animales más iconoclastas e infieles de la Naturaleza. 
  Cuatro: si un cínico llevase su programa ideológico al extremo y probara a vivir la vida que recomendaban sus maestros, la vida del can, probablemente se convertiría de inmediato al estoicismo. 
   Y cinco: como, al menos en el hemisferio norte, no se ha demostrado todavía le existencia de perros estoicos, el cinismo está lejos de desaparecer de la tradición filosófica occidental. Ergo: el pulgoso Diógenes podrá seguir respirando tranquilo en su tonel de ultratumba.

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