Como ellas, él también vivía en una de estas cajitas de paredes transparentes. Le encerraron allí siendo todavía un niño, gracias a una magia simple, pero eficaz, cuyo conjuro se expresaba mediante una fórmula profética, machacona y molesta, que era, sin pretender serlo, un método experimental de castración: “¡Nunca llegarás a nada!”
Pero se equivocaron. La fama le había llegado tarde y ahora había unanimidad sobre que también él era de los mejores en su oficio. Una breve y titubeante reflexión le había bastado para decidir su destino: “La felicidad es ligera y saltarina como una pulga”. Y, después, sólo le restó aprender a amaestrarla para hacerse famoso, para llegar a ser alguien burlándose de todos los profetas y de sus profecías.
Aprendió que el talento podía hallarse en cualquier parte pero, más habitualmente, entre los pelos de su mascota o entre las fibras de una alfombra o de un sofá, y que, además, no era dífícil detectarlo: lo difícil venía luego, a la hora de pulirle su don, puesto que hablamos de escalas microscópicas y de arte en bruto. De ahí que la caja de cristal fuera imprescindible, y la lupa también: era necesaria para vigilar los progresos y comprobar si los límites se habían interiorizado e incorporado al instinto. Y aprendió que, en el fondo, toda maestría domesticadora enseña lo mismo: a autolimitar la capacidad para el salto pues, para triunfar en un circo, sea el que sea, siempre será preciso encerrar la felicidad en un caja de paredes transparentes.
Eso sí: proporcionalmente el salto de una pulga era una hazaña extratosférica. Si un hombre común dispusiera de su talento sería capaz de salvar limpiamente una montaña para aterrizar a varios kilómetros de distancia sobre la ladera opuesta. Como es natural, un espectáculo como ese valdría la pena porque se vería a simple vista y nos haría felices sin tener que recurrir a la ayuda de una lupa.
Pero la hipótesis anterior era bastante absurda porque el hombre no es una pulga como saben, sobre todo, las pulgas. Y eso a pesar de que a muchos les eduquen para serlo, haciéndoles rebotar entre cuatro paredes, costriñéndoles entre muros invisibles y condicionándoles a aceptar unos límites que incorporar a su instinto natural. De modo que, en teoría, si pudiéramos reducirlos a escala microscópica, también ellos podrían ser como estas artistas que hoy en día le dan de comer: estrellas de un curioso espectáculo circense que coge con holgura en un simple maletín de mano, saltimbanquis admirados por un público entusiasta y aniñado que las observa boquiabierto gracias a los pocos aumentos de campo proporcionados por una lente óptica ordinaria...
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