"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 7 de julio de 2015

Las fábulas fugaces: rata.

   Hace siempre el mismo recorrido y, por su puntualidad, se diría que es discípula aventajada del viejo Kant. Ha descartado, sin embargo, que alguna vez secunde con su actitud la Crítica de la Razón Práctica y deje de visitar su cocina: siempre a la misma hora, respetando escrupulosamente los pasos dados la tarde anterior, por lo que tampoco hoy se colará bajo la teja donde él repone (con irregular insistencia, eso sí, desde que reconoce el gesto como inútil) los sellos individuales de pringoso veneno... 
  Este evento cotidiano se ha convertido en el único ritual de sociabilidad que aún mantiene vivo, y en el que todavía pone cierta esperanza, desde que Gertrudis, su mujer, le abandonó. De ello hace ya cinco meses, y, desde entonces, nada amable encuentra en la polimorfa humanidad. 
   Esta tarde la rata kantiana es toda su compañía en el campestre hogar vacío de voces disensorias y altisonantes que, a pesar del tono agresivo y la permanente disensión, llenaban su vida y eran su motor. Tanto es así que antes jamás se habría tendido en el sofá días enteros, casi sin mover un músculo, mientras aguarda a oír el leve trotecillo sobre la encimera, o el tintineo acusador de una de las cucharillas que intercala en la ruta del múrido con el propósito de saber cuándo está de vuelta.
   En ese momento, allí tumbado, sonríe: su puntual visitante acaba de pisar una de las trampas metálicas interrumpiendo el rencoroso monólogo interior, que, si bien no alivia su desidia, rellena el hueco dejado por la fugitiva y demuestra, de paso, que la pura emoción del odio otorga también cierta plenitud a una vida que no ha dejado de buscarse un sentido a sí misma. 
   Sigilosamente se incorpora y escucha con todos sus sentidos en alerta: adivina que, en esta ocasión, su objetivo ha de ser la panera sembrada de migajas suculentas que él ha dejado abierta adrede. A menos de un metro de su mano, apoyada en el respaldo, está su arma predilecta: el mango de caña rústica, las largas y apretadas cerdas de paja, entrelazadas con alambre. Toma aire, inhala en silencio como cualquier conspirador, y luego avanza entre precauciones infinitas...
   La reconoce en cuanto la ve: con aquellos ojitos diminutos, de mala persona.
   _¡Ven, Gertrudis! ¡Ven con papá, bonita!... –masculla otra vez, mientras apresta en alto la escoba.
   Un escobazo: de todos cuantos argumentos roen en su corazón, hace cinco meses que no se le ocurre otro más irrefutable.

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