Pero para mendicidad verdadera
La de mi pordiosero corazón que malvive
En el patio trasero de sus sueños,
Conviviendo en lamentable amancebía
Con sus dos novias eternas:
Concupiscencia y Ambición.
Desde la lúcida atalaya
De algún palacio del Desánimo,
Observo, a veces, con cuanto cuidado y celo
Acarrea hasta su mísero refugio
Unos cartones de afecto
Que encuentra en las esquinas,
Con los que luego abrigarse las carencias
En las noches de lluvia.
Y otras le veo sonreír,
Con los ralos dientes negros
Y sus ojos aniñados
Ante el goteo de algún recuerdo helado
Que se limpia con la manga,
Y que afea su conciencia
Como una estalactita de moco
Que llevara milenios engordando
En una caverna neolítica.
Me conmueve el modo
Con que apura las migajas del mendrugo
De aquel su antiguo amor.
Y cómo roe con parsimonia
En ese pan tan duro
-Que parece hecho de hueso-
Con la pobre ayuda de encías
Ya prácticamente desnudas...
¡Es un ser tan frágil
Que ha de mantenerse al margen
De cualquier mirada franca
Para no quebrarse de mera simpatía!
De ahí que rumie en soledad
Su propia soledad
Y no se arrime a nadie
A menos que allí lata
Otro pordiosero como él
Que se quiso “rey del mundo”.
¡Y con cuanto orgullo defiende
Ese rincón donde mora
Sucio y húmedo,
Cual si fuera un trono abandonado
Y no agujero inmundo
Donde acumular tanta basura
Recogida a lo ancho y largo
De un callejón de olvido
Que no tiene salida!...
Mendigos somos todos. Y príncipes quizás.
Pero para majestad legítima
La de este maloliente Diógenes
Que se ríe a solas
Cuando cae la helada
De los días idos
Y solamente llora a pleno sol.
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