Siempre quise escribir sobre aquella memorable traición, pero nunca reuní el suficiente coraje para hacerlo. Antes de nada, he de admitir que fui un cobarde ya que, en el fondo, se trató de una huida en toda regla; y luego evitar pedir perdón por más que nuevamente me tiente hacerlo, pues hay cosas que son imperdonables y más vale aceptarlo de una vez...
Como todo matrimonio, nosotros habíamos suscrito un compromiso sagrado que yo rompí alevosamente, sin aviso previo y sin disponer ni de la mitad de las razones objetivas que podría tener C. para actuar del mismo modo teniendo en cuenta que, de los dos, yo era quien no tenía ingresos fijos y regulares (de manera intermitente, llevaba años en el paro y, por tanto, en una situación de mayor dependencia económica). Sin embargo, y a pesar de ello, fui yo el que ejerció este derecho a la ruptura que continuamente se halla a disposición de ambos miembros de una pareja, y lo hice de la noche a la mañana, tomando al otro por sorpresa y al asalto para no darle tiempo a reforzar sus posiciones, lo que constituye una cobardía y una crueldad inauditas puesto que, con ello, lo que pretendía era impedir que ella, mi mujer, contara con cierto margen temporal para organizar sus defensas, para rechazar con sus contra-argumentos la brutalidad de mis argumentaciones que, por lo demás, eran débiles al carecer de justificación real, de motivos realmente serios, como pudieran serlo una infidelidad ocultada de modo artero y desleal, o la manifiesta falta de cariño y respeto entre nosotros...
Pero ella, por supuesto, no me había engañado nunca y seguía queriéndome como el primer día (y si no como el primer día, al menos como al año o año y medio en que empezamos a vivir juntos, que es el promedio de tiempo en que comienza a relajarse la deliciosa tensión inicial del enamoramiento), mientras que, por mi parte, tampoco había tenido aventuras amorosas con otras personas (puede que ni siquiera aventuras imaginarias, puesto que por aquella época yo no tenía imaginación ni para éso). Y, en cuanto al mutuo y debido respeto, en mi caso también continuaba intacto ya que no en vano C. había sido la única mujer de quien yo estuviera enamorado, y jamás me habría permitido a mi mismo hacerla víctima de mentiras o de dobles juegos sentimentales. De hecho, éste fue el pretexto o excusa que utilicé para abandonarla, o sea: la imposibilidad que suponía para mi seguir viviendo a su lado una vez que me había vuelto consciente de desear a otra (cosa que no me había sucedido en casi doce años, que eran los que C. y yo llevábamos juntos...).
Y aquí es dónde estuvo mi gran equivocación, porque esta otra mujer no era más que un síntoma, no una enfermedad. Quiero decir que era el síntoma que denunciaba el final de algo (el final de nuestra convivencia, tal vez), pero no el comienzo de una nueva historia de amor ni nada parecido. No obstante, y en mi ingenuidad, yo así lo entendí, decidiéndome entonces a cortar por lo sano. Naturalmente, comprendo ahora que era mi amor por C. el que había comenzado a morir, no que otro estuviese naciendo. Y comprendo asimismo que, en contra de esta evidencia, yo necesitaba creer en que algo nacía después de todo, y por eso imaginé que amaba de nuevo, cuando, en realidad, lo que me correspondía era despedirme del Amor por una larga temporada. Necesitaba repetir aquel deseo que C. me había inspirado (que era para mi un mito inolvidable), y necesitaba repetirlo cuanto antes para poder soportar su extinción, ya que en repetir lo que más anhelamos consiste, a fin de cuentas, la felicidad.
Ahora bien: el amor no nace en respuesta a la simple voluntad de un amante impaciente e ingrato, de un amante que no soporta guardar luto por una vieja pasión que acaba de morir de repente y que le reclama todavía, pues, aunque ya cadáver, quiere que él haga acto de presencia para llorar y cantar en sus funerales. No, nunca el verdadero amor es nuestra mascota, un perro faldero que acude raudo y vivaz en respuesta a nuestro silbido, y, por tanto, es lógico que no acudiera entonces a mi insistente llamada, o bien que acudieran solamente los que no podían ser conmigo dóciles e inofensivos, los que terminaban por morderme al menor descuido. Y sin embargo (ésto es fácilmente comprensible) el hecho de sufrir varias de estas mordeduras no me impidió intentarlo una y otra vez durante un año entero hasta que, finalmente, desistí... (Aunque, desde luego, no logré hacerlo sin antes haber contraído la rabia, lo que también se comprenderá con relativa facilidad, creo yo).
No hay comentarios:
Publicar un comentario