Acaba de pedir un café, y ocurre que dos moscas sufren un flechazo a corta distancia de la mesa que él ocupa. El sedente vuelca el azúcar y lo agita con la cucharilla, perfectamente confiado en su habilidad para realizar esta clase de operaciones banales.
Entonces, en el momento que acerca la humeante taza a los labios, las dos amantes aladas deciden que es mejor suicidarse en un incivilizado arrebato de pasión que aguardar, cada cual por su lado, el fin de su ciclo natural de existencia.
El resultado de esta decisión heroica es que el camarero lanza una retórica maldición perfectamente inútil, antes de retirar el café inservible; y, por su parte, el frustrado cafeinómano anota mentalmente, con cierta desgana, un par de conclusiones ridículas de tan obvias:
Una: las bebidas estimulantes y calientes constituyen una trampa muy seductora para los enamorados, en general.
Dos: dependiendo de la especie implicada, el amor puede ser un peligro más grande que el diluvio universal.
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