I
Querida
prima: compruebo que es cierto
Que
ningún hombre cambia,
Ni
estando vivo
Ni
una vez muerto.
Un
ejemplo es este vicio
O
enfermedad de la pluma
Que
me causó el resignarme a miraros
Como
uno mira la luna:
De
lejos y sin tocarla,
Lo
que acaba sacando de quicio
A
cualquier soñador.
Os
amé sin ser Vuestro Amor,
Es
decir: me habitué a imaginaros
Sin
tener derecho a la Imaginación,
Que
es el primer derecho humano.
¿Humano?...
Quizás yo no lo fuese con Vos,
A
pesar de mi buena intención:
¿Es
humano sonreír ante un dios
Que
nos exige mantener la herida
Abierta
por nuestra propia mano
En
toda su extensión…?
Sí,
yo soy el que fingió toda la vida
Un
cariño de hermano
A
quién sólo se tenía por mi amiga.
Sí,
soy ése mismo, el tal Cyrano
Que,
en cuanto galán, sería hoy un enano
Si
no hubiera sido por una nariz;
El
mismo que envejeció rimando
Para
que os dierais el gusto
De
gozar de un amor acústico
Que
os hiciera feliz,
Pero
que a nada os comprometía.
Reconocedlo:
os dí más de una alegría
Y
casi ningún disgusto.
¿Se
puede pedir más de un amante?
¡Oh, sí!:
que sea un caballero andante.
O,
mejor: un gilipollas.
Si
os dieran a elegir, decidme:
Entre
estos dos anormales, ¿a cuál
Eligiríais
Vos?
Sed
sincera: ¿nunca presentisteis la polla
Por
detrás de la voz?
¡No
es posible!
Tras
la esgrima verbal,
¿No
adivinásteis jamás
El
palmo de carne de cualquier animal…?
¡Increíble!
Me
quito ante Vos el sombrero.
Aún
hoy me extraña tanta inocencia
En
un alma coqueta.
Más
no en vano soy poeta:
Presumo
de haber sido el primero
En
elegir mi demencia,
Y
nunca consultaré con la ciencia
La
oportunidad de un Te Quiero.
¡Ay!
Me duele mi fuero
De
enamorado doliente
Que
siempre os habla en metáfora;
Y
con gusto me declararía indigente
En
cuestión de amores,
Si
con un simple beso, señora,
Decretaseis
Vos el embargo
De
mis pasados dolores.
(Más
no caerá esa breva,
Me
temo).
Y
no hay nadie que se atreva
A
decírmelo francamente:
“Cyrano,
eres un memo.
Contigo
cualquier Eva
Sería
igual de indiferente:
No
eres joven, ni bello,
Y
además tienes Aquello
Justo
debajo de la frente.
En
esas condiciones,
¿De
qué te sirve el ingenio?”
¡Ay!
¡Que siempre muera el genio
Sin
verse reconocido!
¡Cuanto
mejor me hubiera ido
Con
una cara decente
Y
una lengua cautiva!...
¿Por
qué no querrá el destino
Mayor
felicidad en la vida
Del
más inteligente?
En
fin: Dios, el Azar,
O
un ADN incompetente
(De
esto se habla al hablar,
Vulgarmente,
de la Suerte),
Me
concedió, en cambio, ocasión
De
demostrar un coraje
Que
derrotase a la muerte:
Me
enamoré del Amor,
Prima,
nada más conocerte.
¿Se
puede ser más ingenuo?…
No,
desde luego que no.
Eso
sí: se puede ser más valiente
Y
enamorarse del viento,
Yendo
de menos a más
Para
obtener lo mismo, pero con creces:
Un
“no“. O sea, no y no. Un no mil veces.
En
fin, ¿se puede ser más ceniciento...?
¡Claro,
y el idiota que no lo diga miente!
Porque
tú, mi amor, querías a otro.
Y
lo insufrible del caso
Es
que ése otro no era yo en absoluto
(Creo
que ni siquiera relativamente).
Mi
rival era un chiquilicuatro.
Si
nos pareciésemos sería -acaso-
En
el corazón impoluto.
Aunque
con una diferencia:
Lo
que en el viejo era un mérito,
En
el joven no era más que defecto.
Todo
esto en cuanto al pretérito.
Pues
el presente era peor, al respecto
No
había color:
Él
también era “limpio” de mente,
Tanto
que no sabía rimar Amor
Con…
con… con… ¡Oh señor!,
¡No
me sale, Cyrano!_ ¡Con flor,
Caballero
gilipollas! ¡Con flor!
Lo
dicho: un tonto pero en redundante.
Y,
por encima, tozudo.
Y,
por si fuera poco, guapo.
Aunque
sólo si permanecía mudo,
Pues
al abrir la boca perdía
La
mayor parte de su belleza
Por
redondear la tontería.
Y,
sin embargo, era gentil
(Más
por bobo que por gentileza):
Hubiera
sido demasiado vil
Partirle
en dos la cabeza
En
un ciego impulso,
Como
al principio fue mi deseo;
Y,
para mi fama, demasiado insulso
Mandarle
simplemente a paseo.
Además,
estaba el hecho
De
que él era el Elegido:
Maltratarle
sería despecho,
Protegerle
un suicidio.
¿Qué
hacer, pues?… Suicidarse,
Desde
luego. Y, suicidándose, revivir:
Dar
para nunca jamás recibir,
Amar
en vez de amarse.
De
golpe me vino la idea
Y
de golpe la puse a andar.
El
tonto tenía una percha,
Pero
nada para colgar:
Si
yo no cortaba la tela
O
no manejaba el telar,
¿Cómo
vestiría él su amor
Con
trajes de corte,
Y
no con harapos
Sucios
y malolientes?
El
pobre no sabía hilvanar
Más
de dos versos seguidos:
Cuando
no le entraba el pavor
Perdía
el norte,
Y
más que hablar pasaba el trapo
De
la lengua por los dientes.
Sin
mí, estaría perdido
Y
Vos moriríais de pena:
Lo
cual no podía ser,
Pues
amar es querer
Que
nuestro amado sea feliz
Por
mucho que nos cueste..,
Aunque
nos cueste la nariz.
¿La
nariz?... ¡Qué digo!: las narices.
La
que arriba, en la cara
Nos
separa los ojos;
Y
la que más abajo declara
Entre
las piernas la hombría,
Moqueando
deslices
A
su sagrado antojo.
Y
por eso, con doble impotencia,
Doblemente
castrado
Quedé
yo: por amaros, señora,
Sin
vuestra correspondencia.
¡Ay!¡Pobre
del que no es amado
Si
tiene un corazón que adora
O
un alma que no se enfría!
Me
quedé, ya digo, a vuestro lado,
Tras
echar a los perros mi esperanza
De
ser querido algún día,
Y
agarrado a mi “lanza”
Con
ambas manos: eternamente frustrado
Por
tener que clavarla a solas
En
mi fantasía.
Ya
lo sabéis: ése fue el hombre
Al
que los hombres llamaron Cyrano
Por
darle el regalo de un nombre
Con
el que la Fama lo distinguiera.
De
entre los grandes amantes,
Él
no sería otro cualquiera.
Sería,
como mínimo, el más inhumano.
O
bien el más divino,
Por
máximo o por malsano:
Algo
así como un “San Cyrano“,
El
santo que renunció a sí mismo
Por
un placer más sutil:
El
de amar sin egoísmo,
Sin
considerarse por ello un Gil
Y
sin hacer, después de todo, el “primo”.
II
Pero,
ahora que lo pienso,
¿A
qué o a quién os entregasteis Vos
por
vos misma y sin mi ayuda?
¿A
qué causa primera, a qué verdad
Nacida
de la muda
Inspiración
libre y espontánea,
Y sin
apenas influjos...?
¿A
un hijo o a su reflujo?
¿A
Dios o a los horizontes de grandeza?
¿Al
hambre o a los pobres de este mundo?
¿A
la cosa en sí o a su múltiple belleza?
¿A
qué llamasteis Vos “amor” sin consultarlo
Con
el común prejuicio de la gente
Hacia
todo lo que espíritu presenta?
¿Sólo
a un ruido, al fin y al cabo?
¿A
una traca pirotécnica:
La
de las palabras estallando
En
el cielo de la boca?
¿A
una pólvora húmeda
Que
ilumina la noche
Con
fogonazos de sentido
A
quemarropa?...
¡Ay!
Sólo una falsa idea
Teníais
del amor,
Y
resultó ser cierta:
“¿Cómo
se puede amar
A
quien amando no acierta
A
hablar?”
Pues
siendo aún tan joven
Ya
sabíais que no hay pasión
Sin
lenguaje personal,
Sin
sintaxis propia
En
la expresión certera
Y
en la bella descripción
De
los propios sentimientos.
En
resumen: que más querido
Es
el amante cuanto más hermoso
Resulta
a nuestro oído.
Pero
-para mí, Cyrano-
Vuestra
sabiduría precoz
Fue
una gran fatalidad:
No
me hizo mal el Mal
Sino
Mi Bien: o sea, Vos.
Y
siendo yo en casi todo
(Con los hombres, digo)
Poco
más que un lobo,
En
mi condición de animal
Viví
Una
contradicción feroz:
Año
tras año,
Fieramente
amé a quien me amaba
Haciéndome
daño
Al
no saber cómo aceptar
A
su lado la fealdad
(O
sea, a mí).
Feo:
ese fui yo,
Que
por única memoria
Dejé
una nariz.
Y
más que feo fui sentimental:
Se
entiende que una niña,
Sin
ser mala,
Me
hiciera en vida
Tanto
mal.
Y
más aún me hiciera,
Si
una rápida muerte
No
me diera
Una
oportuna viga
Que
se astilló en mi cabeza.
¿Suerte?
Sí,
y más todavía: certeza
De
haber sido liberado
De
la esclavitud.
Pues,
¿qué es ser esclavo
Sino
ser leal a la pereza
Con
que desistimos de ser libres?
Eso
hice yo: desistir de mi virtud
Para
seguir por siempre enamorado.
En
vez de ser valiente y no insistir
En
querer a quien no nos quiere,
Como
hace el que es cobarde.
Por
fortuna –digo-
Hoy
ya no me arde
El
corazón bajo la camisa
De
mármol: es muy tarde
Para
todo y, por primera vez,
Ya
no tengo prisa
Gracias
a estar muerto.
Sólo
un grave entuerto
Me
queda por deshacer:
El
de mi propio mito
De
hombre pendenciero
Y
amante incondicional:
Ya
fuese la guerra
Del
poder o del querer,
Si
fui fiero, repito,
Lo
fui por equivocación
Y
no por acierto,
Pues
toda lucha es banal.
Y
más vano es no luchar,
También
hay que decirlo.
De
forma que seguir vivo
Es
el único error
Que
se comete viviendo,
Y
no hay modo de no cometerlo
Mientras
se quiera vivir.
En
mi caso fue amar
Como
si se me fuese la vida
A
cada segundo,
Sabiendo
que,
Desde
que Cristo es Cristo,
No
es el Amor un reino
De
este mundo,
Ni
de los hombres felices
(Y
menos cuando el trono de rey
Lo
pretende El Monstruo de las Narices,
Sin
haberlo previsto
Y
sin que le ampare la ley).
¿Qué
ley, decís? Sencillo:
La
que concede ser feliz
A
quien de nacimiento es bello.
¿Es
que no lo entendéis?
A
mí se me concedió aquello
Que
distingue a cualquier gallo
-Un
espolón-,
Pero
en un sitio inapropiado
Para
acercarse a un espejo,
Y
de ahí mi fiereza
En
todo asunto que afectara al corazón
Disparando
mi complejo
De
inferioridad.
¿Lo
comprendéis ahora?
¿Comprendéis
por qué adora
Quién
apenas ama?
No
es por un exceso de bondad,
Ni
por sentirse inferior
Al
objeto amado, sino porque la llama
Se
apagaría en su interior
Si
ya no le quemara:
Es
decir, que en él es el dolor
Lo
que la inflama,
Y
sin dolor tal vez no amara.
Así
de complicado era yo, Cyrano,
Y
así de perverso:
Elegí
querer a una mujer,
Pero
a una tan perfecta
Que
siempre me quedara a desmano,
En
la punta afilada de algún verso
Y
lejos de mi “espada”,
Lo
que, a fin de cuentas, no es querer.
¿Quién
era ella? ¿Y eso qué importa?
Basta
con saber que era “mi amada”
Y
que, con el tiempo, llegó a no ser nada
Que
me importara por su ser,
Sino
por ponerme en hora
-Cual
reloj- y darme cuerda
Para
seguir con vida un día más.
¿Mía?...
O mi memoria ya no lo recuerda,
O
eso no lo fue jamás,
Lo
que tampoco importa ahora.
¿Qué
importa, entonces? Ya no lo sé,
Porque
un muerto nada sabe
Al
existir para siempre en la Verdad.
Digamos
que, hace tiempo, la amé.
O
que, al menos, lo fingí;
Y
que, fingiéndolo, a ratos me creí
Acaso
más feliz
Que
si de veras la quisiera.
Y
no digamos más,
Pues
nada más queda por decir
Salvo
lo de siempre:
“Y
tú, mi amor, ¿quién eres?
¿Nadie
o yo mismo?
¿Una
estocada o su espejismo?...”
¡Touché!,
pues: te toco, y mueres.
(O
adiós, si lo prefieres ).
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