"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 7 de julio de 2015

Revisited Cyrano



I


Querida prima: compruebo que es cierto
Que ningún hombre cambia,
Ni estando vivo
Ni una vez muerto.
Un ejemplo es este vicio
O enfermedad de la pluma
Que me causó el resignarme a miraros
Como uno mira la luna:
De lejos y sin tocarla,
Lo que acaba sacando de quicio
A cualquier soñador.

Os amé sin ser Vuestro Amor,
Es decir: me habitué a imaginaros
Sin tener derecho a la Imaginación,
Que es el primer derecho humano.
¿Humano?... Quizás yo no lo fuese con Vos,
A pesar de mi buena intención:
¿Es humano sonreír ante un dios
Que nos exige mantener la herida
Abierta por nuestra propia mano
En toda su extensión…?

Sí, yo soy el que fingió toda la vida
Un cariño de hermano
A quién sólo se tenía por mi amiga.
Sí, soy ése mismo, el tal Cyrano
Que, en cuanto galán, sería hoy un enano
Si no hubiera sido por una nariz;
El mismo que envejeció rimando
Para que os dierais el gusto
De gozar de un amor acústico
Que os hiciera feliz,
Pero que a nada os comprometía.
Reconocedlo: os dí más de una alegría
Y casi ningún disgusto.
¿Se puede pedir más de un amante?

¡Oh, sí!: que sea un caballero andante.
O, mejor: un gilipollas.
Si os dieran a elegir, decidme:
Entre estos dos anormales, ¿a cuál
Eligiríais Vos?
Sed sincera: ¿nunca presentisteis la polla
Por detrás de la voz?
¡No es posible!
Tras la esgrima verbal,
¿No adivinásteis jamás
El palmo de carne de cualquier animal…?
¡Increíble!

Me quito ante Vos el sombrero.
Aún hoy me extraña tanta inocencia
En un alma coqueta.
Más no en vano soy poeta:
Presumo de haber sido el primero
En elegir mi demencia,
Y nunca consultaré con la ciencia
La oportunidad de un Te Quiero.

¡Ay! Me duele mi fuero
De enamorado doliente
Que siempre os habla en metáfora;
Y con gusto me declararía indigente
En cuestión de amores,
Si con un simple beso, señora,
Decretaseis Vos el embargo
De mis pasados dolores.

(Más no caerá esa breva,
Me temo).

Y no hay nadie que se atreva
A decírmelo francamente:
Cyrano, eres un memo.
Contigo cualquier Eva
Sería igual de indiferente:
No eres joven, ni bello,
Y además tienes Aquello
Justo debajo de la frente.
En esas condiciones,
¿De qué te sirve el ingenio?”

¡Ay! ¡Que siempre muera el genio
Sin verse reconocido!
¡Cuanto mejor me hubiera ido
Con una cara decente
Y una lengua cautiva!...
¿Por qué no querrá el destino
Mayor felicidad en la vida
Del más inteligente?

En fin: Dios, el Azar,
O un ADN incompetente
(De esto se habla al hablar,
Vulgarmente, de la Suerte),
Me concedió, en cambio, ocasión
De demostrar un coraje
Que derrotase a la muerte:
Me enamoré del Amor,
Prima, nada más conocerte.
¿Se puede ser más ingenuo?…
No, desde luego que no.
Eso sí: se puede ser más valiente
Y enamorarse del viento,
Yendo de menos a más
Para obtener lo mismo, pero con creces:
Un “no“. O sea, no y no. Un no mil veces.
En fin, ¿se puede ser más ceniciento...?
¡Claro, y el idiota que no lo diga miente!

Porque tú, mi amor, querías a otro.
Y lo insufrible del caso
Es que ése otro no era yo en absoluto
(Creo que ni siquiera relativamente).
Mi rival era un chiquilicuatro.
Si nos pareciésemos sería -acaso-
En el corazón impoluto.
Aunque con una diferencia:
Lo que en el viejo era un mérito,
En el joven no era más que defecto.
Todo esto en cuanto al pretérito.
Pues el presente era peor, al respecto
No había color:
Él también era “limpio” de mente,
Tanto que no sabía rimar Amor
Con… con… con… ¡Oh señor!,
¡No me sale, Cyrano!_ ¡Con flor,
Caballero gilipollas! ¡Con flor!

Lo dicho: un tonto pero en redundante.
Y, por encima, tozudo.
Y, por si fuera poco, guapo.
Aunque sólo si permanecía mudo,
Pues al abrir la boca perdía
La mayor parte de su belleza
Por redondear la tontería.
Y, sin embargo, era gentil
(Más por bobo que por gentileza):
Hubiera sido demasiado vil
Partirle en dos la cabeza
En un ciego impulso,
Como al principio fue mi deseo;
Y, para mi fama, demasiado insulso
Mandarle simplemente a paseo.
Además, estaba el hecho
De que él era el Elegido:
Maltratarle sería despecho,
Protegerle un suicidio.
¿Qué hacer, pues?… Suicidarse,
Desde luego. Y, suicidándose, revivir:
Dar para nunca jamás recibir,
Amar en vez de amarse.

De golpe me vino la idea
Y de golpe la puse a andar.
El tonto tenía una percha,
Pero nada para colgar:
Si yo no cortaba la tela
O no manejaba el telar,
¿Cómo vestiría él su amor
Con trajes de corte,
Y no con harapos
Sucios y malolientes?
El pobre no sabía hilvanar
Más de dos versos seguidos:
Cuando no le entraba el pavor
Perdía el norte,
Y más que hablar pasaba el trapo
De la lengua por los dientes.
Sin mí, estaría perdido
Y Vos moriríais de pena:
Lo cual no podía ser,
Pues amar es querer
Que nuestro amado sea feliz
Por mucho que nos cueste..,
Aunque nos cueste la nariz.

¿La nariz?... ¡Qué digo!: las narices.
La que arriba, en la cara
Nos separa los ojos;
Y la que más abajo declara
Entre las piernas la hombría,
Moqueando deslices
A su sagrado antojo.
Y por eso, con doble impotencia,
Doblemente castrado
Quedé yo: por amaros, señora,
Sin vuestra correspondencia.
¡Ay!¡Pobre del que no es amado
Si tiene un corazón que adora
O un alma que no se enfría!
Me quedé, ya digo, a vuestro lado,
Tras echar a los perros mi esperanza
De ser querido algún día,
Y agarrado a mi “lanza”
Con ambas manos: eternamente frustrado
Por tener que clavarla a solas
En mi fantasía.

Ya lo sabéis: ése fue el hombre
Al que los hombres llamaron Cyrano
Por darle el regalo de un nombre
Con el que la Fama lo distinguiera.
De entre los grandes amantes,
Él no sería otro cualquiera.
Sería, como mínimo, el más inhumano.
O bien el más divino,
Por máximo o por malsano:
Algo así como un “San Cyrano“,
El santo que renunció a sí mismo
Por un placer más sutil:
El de amar sin egoísmo,
Sin considerarse por ello un Gil
Y sin hacer, después de todo, el “primo”.


II


Pero, ahora que lo pienso,
¿A qué o a quién os entregasteis Vos
por vos misma y sin mi ayuda?
¿A qué causa primera, a qué verdad
Nacida de la muda
Inspiración libre y espontánea,
Y sin apenas influjos...?
¿A un hijo o a su reflujo?
¿A Dios o a los horizontes de grandeza?
¿Al hambre o a los pobres de este mundo?
¿A la cosa en sí o a su múltiple belleza?
¿A qué llamasteis Vos “amor” sin consultarlo
Con el común prejuicio de la gente
Hacia todo lo que espíritu presenta?
¿Sólo a un ruido, al fin y al cabo?
¿A una traca pirotécnica:
La de las palabras estallando
En el cielo de la boca?
¿A una pólvora húmeda
Que ilumina la noche
Con fogonazos de sentido
A quemarropa?...

¡Ay! Sólo una falsa idea
Teníais del amor,
Y resultó ser cierta:
¿Cómo se puede amar
A quien amando no acierta
A hablar?”

Pues siendo aún tan joven
Ya sabíais que no hay pasión
Sin lenguaje personal,
Sin sintaxis propia
En la expresión certera
Y en la bella descripción
De los propios sentimientos.
En resumen: que más querido
Es el amante cuanto más hermoso
Resulta a nuestro oído.

Pero -para mí, Cyrano-
Vuestra sabiduría precoz
Fue una gran fatalidad:
No me hizo mal el Mal
Sino Mi Bien: o sea, Vos.

Y siendo yo en casi todo
(Con los hombres, digo)
Poco más que un lobo,
En mi condición de animal
Viví
Una contradicción feroz:
Año tras año,
Fieramente amé a quien me amaba
Haciéndome daño
Al no saber cómo aceptar
A su lado la fealdad
(O sea, a mí).


Feo: ese fui yo,
Que por única memoria
Dejé una nariz.
Y más que feo fui sentimental:
Se entiende que una niña,
Sin ser mala,
Me hiciera en vida
Tanto mal.
Y más aún me hiciera,
Si una rápida muerte
No me diera
Una oportuna viga
Que se astilló en mi cabeza.

¿Suerte?
Sí, y más todavía: certeza
De haber sido liberado
De la esclavitud.
Pues, ¿qué es ser esclavo
Sino ser leal a la pereza
Con que desistimos de ser libres?
Eso hice yo: desistir de mi virtud
Para seguir por siempre enamorado.
En vez de ser valiente y no insistir
En querer a quien no nos quiere,
Como hace el que es cobarde.

Por fortuna –digo-
Hoy ya no me arde
El corazón bajo la camisa
De mármol: es muy tarde
Para todo y, por primera vez,
Ya no tengo prisa
Gracias a estar muerto.

Sólo un grave entuerto
Me queda por deshacer:
El de mi propio mito
De hombre pendenciero
Y amante incondicional:
Ya fuese la guerra
Del poder o del querer,
Si fui fiero, repito,
Lo fui por equivocación
Y no por acierto,
Pues toda lucha es banal.

Y más vano es no luchar,
También hay que decirlo.
De forma que seguir vivo
Es el único error
Que se comete viviendo,
Y no hay modo de no cometerlo
Mientras se quiera vivir.

En mi caso fue amar
Como si se me fuese la vida
A cada segundo,
Sabiendo que,
Desde que Cristo es Cristo,
No es el Amor un reino
De este mundo,
Ni de los hombres felices
(Y menos cuando el trono de rey
Lo pretende El Monstruo de las Narices,
Sin haberlo previsto
Y sin que le ampare la ley).

¿Qué ley, decís? Sencillo:
La que concede ser feliz
A quien de nacimiento es bello.
¿Es que no lo entendéis?
A mí se me concedió aquello
Que distingue a cualquier gallo
-Un espolón-,
Pero en un sitio inapropiado
Para acercarse a un espejo,
Y de ahí mi fiereza
En todo asunto que afectara al corazón
Disparando mi complejo
De inferioridad.

¿Lo comprendéis ahora?
¿Comprendéis por qué adora
Quién apenas ama?
No es por un exceso de bondad,
Ni por sentirse inferior
Al objeto amado, sino porque la llama
Se apagaría en su interior
Si ya no le quemara:
Es decir, que en él es el dolor
Lo que la inflama,
Y sin dolor tal vez no amara.

Así de complicado era yo, Cyrano,
Y así de perverso:
Elegí querer a una mujer,
Pero a una tan perfecta
Que siempre me quedara a desmano,
En la punta afilada de algún verso
Y lejos de mi “espada”,
Lo que, a fin de cuentas, no es querer.

¿Quién era ella? ¿Y eso qué importa?
Basta con saber que era “mi amada”
Y que, con el tiempo, llegó a no ser nada
Que me importara por su ser,
Sino por ponerme en hora
-Cual reloj- y darme cuerda
Para seguir con vida un día más.
¿Mía?... O mi memoria ya no lo recuerda,
O eso no lo fue jamás,
Lo que tampoco importa ahora.

¿Qué importa, entonces? Ya no lo sé,
Porque un muerto nada sabe
Al existir para siempre en la Verdad.
Digamos que, hace tiempo, la amé.
O que, al menos, lo fingí;
Y que, fingiéndolo, a ratos me creí
Acaso más feliz
Que si de veras la quisiera.

Y no digamos más,
Pues nada más queda por decir
Salvo lo de siempre:
Y tú, mi amor, ¿quién eres?
¿Nadie o yo mismo?
¿Una estocada o su espejismo?...”

¡Touché!, pues: te toco, y mueres.
(O adiós, si lo prefieres ).


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