Como la muerte en vida es una vivencia emocional que ha conocido casi todo quisque, supongo yo que tendemos a ser más escépticos respecto a la existencia de los zombies (cuerpos vivientes) que a la de los fantasmas (espíritus vivos); y supongo también que pocos dudarán de que los primeros son avistamientos mucho más improbables que los segundos, a pesar de la abundancia de series y películas de terror que, últimamente, han puesto a aquellos de moda entre el gran público. Por experiencia propia, al menos yo estoy razonablemente seguro de que todos, en un momento u otro de nuestra vida, nos hemos cruzado con algún fantasma (quiero decir que le hemos visto, hablado, y hasta llorado con él), mientras que no lo estoy tanto de que, al margen de los estudios de cine y de las parrillas televisivas, se hayan documentado encuentros reales con muertos a los que se les cae la carne a pedazos o que caminan sobre sus huesos pelados.
Siendo realista, el encuentro cara a cara con un fantasma es una posibilidad bastante frecuente hoy en día, me parece a mi. Y aún diría más: actualmente es posible, incluso, que nos topemos con uno o con varios de ellos varias veces al día ya que la muerte del alma es un hecho cotidiano que sucede de manera habitual entre nuestros vecinos y amigos, hasta el punto de que, sin exagerar, se podría decir que todos nosotros vivimos entre espectros que hasta ayer mismo eran seres humanos plenamente vivos. ¿Acaso no es una verdad estadística indiscutible que todos los días los sueños de los hombres se derrumban con más o menos estrépito, que sus ilusiones se desvanecen en el aire, o que sus corazones se rompen en pedazos por culpa del excesivo trasiego a que los someten sus dueños, como se dice de esos cántaros que van demasiadas veces a una fuente? ¿Y acaso se puede negar que, juntas o por separado, todas estas desgracias son capaces de sorprender de tal modo a una persona (a alguien que, sólo un instante antes, vivía por completo inconsciente de su vulnerabilidad y fragilidad) que de por sí basta para explicar por qué se convirtió en un fantasma?...
Sobre esto último yo tengo mi teoría y es ésta: cuando un hombre deviene fantasma es simplemente porque, en un momento dado, no pudo prever lo que se le venía encima, y en consecuencia tampoco pudo aceptar, a su debido tiempo, el haber muerto (o, si se quiere, la muerte de su sueño, de su ilusión, de su corazón). Es tan simple cómo éso: uno no se entera, no advierte que acaba de realizar el tránsito hacia el lado oscuro puesto que nunca antes ha estado allí, y por tanto no puede saber que la oscuridad es en realidad blanca y deslumbradora; blanca como la nieve cuando ésta nos rodea por todas partes, y deslumbradora como la luz más intensa cuando ésta hiere nuestros ojos de frente y sin piedad.
En resumidas cuentas: uno siempre había creído que la oscuridad sería negra como la noche más impenetrable. Pero no, se equivocaba: en realidad era un resplandor muy atractivo que cegaba a quien lo miraba sin pestañear al confundirlo éste con la luz que despide la vida en su momento de mayor intensidad: en el momento en que uno aprendió a amar, por ejemplo. Es por eso, y sólo por eso, que se cree de vuelta en ella, en la vida. Es por eso que de repente se siente vivo de nuevo, otra vez amando, siendo feliz otra vez. Y, naturalmente, también es por eso que se engaña, que otra vez es incapaz de comprender y de aceptar que ha muerto, y que todavía podría pasarse en ese estado un tiempo indefinido (acaso más tiempo aún que el que vivió realmente) creyendo que son todos los demás, y no él, los verdaderos fantasmas...
No hay comentarios:
Publicar un comentario