Creo que mi inteligencia emocional ha estado lastrada casi siempre por mi imposibilidad de recordar lo que sueño. Muy a menudo he soñado, en cambio, mis recuerdos (dándoles forma en poemas, cuentos y novelas de marcado carácter mitómano y surrealista, donde casi todo es o parece irreal), y ésto ha lastrado, a su vez, mi propia vida impidiéndome vivirla como yo hubiera querido, o sea: como un feliz aventurero que no se compadece de si mismo por las incomodidades, contratiempos y reveses traídos por sus aventuras, ni se arrepiente o se lamenta de las decepciones causadas a la gente que ha tenido que dejar atrás para no tener que renunciar a su sueño de horizontes. Emocionalmente hablando he sido con excesiva frecuencia un completo inepto: un tonto, vamos. Empleando el lenguaje tan caro a los especialistas en Psicología, debo reconocer que "demasiadas veces no he sabido gestionar mis emociones como una persona cabal, dueña de si misma". Al contrario: en no pocas ocasiones me he sentido parcial o totalmente "fuera de mi", como se define popularmente al loco, a una conciencia arrebatada por una visión del mundo que nadie más percibe. Esta tendencia ha posibilitado la pérdida de la relación con buena parte de mis amigos de juventud, ya fuera por mi culpa o por la suya, porque yo abandonaba su trato o porque ellos se hartaban de tenerlo con alguien que, a la larga, resultaba intratable. Y, asimismo, ha sido por esto que perdí a la única mujer que amé, ya que me hallaba literalmente "fuera de mi" cuando la abandoné para lanzarme a perseguir su fantasma en todas las demás a las que juré mi amor (por supuesto, mentía y en mi descargo sólo puedo jurar ahora que no me daba cuenta). En definitiva: en los momentos clave, mis emociones me sobrepasaron convirtiendo mi existencia en una tragicomedia humana protagonizada por un tonto que, para colmo, se creía un héroe incomprendido. Lo que pasaba es que sentía las cosas en exceso y, desbordado de sentimentalidad, mi ser se salía fácilmente de su cauce natural anegando mi propia vida y la de los demás. Resumiendo: era como una riada que se llevaba todo por delante, empezando por mi cordura.
Pero, en realidad y salvando esas crisis, yo era un tipo bastante cuerdo que, sólo de vez en cuando, perdía absolutamente la cabeza por mi manifiesta falta de inteligencia emocional. Es decir: que, en los instantes cruciales, no sabía gestionar mi corazón, y eso me llevaba inevitablemente a la ruina pues las empresas de éste se hunden si solamente se basan en la excesiva necesidad de ser amado. Y vive Dios que yo lo necesitaba, desde luego. Tanto lo necesitaba que mi deseo se volvía desmedido, y poco menos que agresivo, al perder todo autocontrol. La consecuencia es que (al igual que les ocurre a esos enfermos aquejados de temblores a los que se les caen las cosas de las manos) a mi se me escapaba de las mías el afecto naciente de las personas que el azar o el destino me concedía en regalo, sin haber hecho yo ningún mérito para ello: me temo que así fue cómo rompí un par de corazones inocentes que me eligieron a ciegas (de la misma manera en que yo les hice pedazos), y cómo decepcioné mortalmente a algún otro que, de tan delicado, desechó echármelo en cara (como era de justicia hacer, sin duda). Por fortuna mi memoria no es menos débil que mi carácter y, en consecuencia, he olvidado un gran número de errores cometidos en ese entonces. Algunos, sin embargo, no he podido olvidarlos y, entre otras cosas, a ellos debo esta reflexión. Quiero dejar constancia aquí de mi profundo agradecimiento a esas gloriosas meteduras de pata de mi pasado (que, en su momento, viví como grandes fatalidades, y que hoy, en cambio, considero verdaderos hitos en el camino del conocimiento propio), pues ha sido gracias a ellas que, al cabo, he logrado aprender algo sobre mi mismo. Nuestros errores son nuestros maestros, los únicos pedagogos que, a la postre, consiguen guiarnos por la oscura y enmarañada senda de la propia realización. Esos maestros nos enseñan lo que saben con su ejemplo, que es el único modo lícito y decente de enseñar; pero no lo hacen, naturalmente, proponiéndose como modelos de comportamiento a seguir, ya que en si mismos son errores, o sea, equivocaciones flagrantes y, por tanto, en nada modélicas. Lo hacen invitándonos a tenerles siempre presentes en nuestra conciencia (como hitos inmóviles que jalonan un antiguo recorrido) para que sepamos en todo instante, no a qué altura nos encontramos en el que recorremos actualmente, sino cuánta es la distancia a la que nos hemos alejado del hombre que los cometió antaño. Mayor o menor, esa distancia será la única referencia que tengamos para llegar a conocer quiénes somos ahora. Si nos parece grande querrá decir que hemos llegado realmente a ser otros; y, si corta, que nunca seremos sino el que fuimos. (En cuyo caso, es superfluo decirlo, nada o casi nada habrá variado en nosotros en cuanto al deseable dominio de las emociones y continuaremos siendo el mismo tonto emocional de siempre).