"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 31 de agosto de 2015

El tonto emocional

Creo que mi inteligencia emocional ha estado lastrada casi siempre por mi imposibilidad de recordar lo que sueño. Muy a menudo he soñado, en cambio, mis recuerdos (dándoles forma en poemas, cuentos y novelas de marcado carácter mitómano y surrealista, donde casi todo es o parece irreal), y ésto ha lastrado, a su vez, mi propia vida impidiéndome vivirla como yo hubiera querido, o sea: como un feliz aventurero que no se compadece de si mismo por las incomodidades, contratiempos y reveses traídos por sus aventuras, ni se arrepiente o se lamenta de las decepciones causadas a la gente que ha tenido que dejar atrás para no tener que renunciar a su sueño de horizontes. Emocionalmente hablando he sido con excesiva frecuencia un completo inepto: un tonto, vamos. Empleando el lenguaje tan caro a los especialistas en Psicología, debo reconocer que "demasiadas veces no he sabido gestionar mis emociones como una persona cabal,  dueña de si misma". Al contrario: en no pocas ocasiones me he sentido parcial o totalmente "fuera de mi", como se define popularmente al loco, a una conciencia arrebatada por una visión del mundo que nadie más percibe. Esta tendencia ha posibilitado la pérdida de la relación con buena parte de mis amigos de juventud, ya fuera por mi culpa o por la suya, porque yo abandonaba su trato o porque ellos se hartaban de tenerlo con alguien que, a la larga, resultaba intratable. Y, asimismo, ha sido por esto que perdí a la única mujer que amé, ya que me hallaba literalmente "fuera de mi" cuando la abandoné para lanzarme a perseguir su fantasma en todas las demás a las que juré mi amor (por supuesto, mentía y en mi descargo sólo puedo jurar ahora que no me daba cuenta). En definitiva: en los momentos clave, mis emociones me sobrepasaron convirtiendo mi existencia en una tragicomedia humana protagonizada por un tonto que, para colmo, se creía un héroe incomprendido. Lo que pasaba  es que sentía las cosas en exceso y, desbordado de sentimentalidad, mi ser se salía fácilmente de su cauce natural anegando mi propia vida y la de los demás. Resumiendo: era como una riada que se llevaba todo por delante, empezando por mi cordura.
Pero, en realidad y salvando esas crisis, yo era un tipo bastante cuerdo que, sólo de vez en cuando, perdía absolutamente la cabeza por mi manifiesta falta de inteligencia emocional. Es decir: que, en los instantes cruciales, no sabía gestionar mi corazón, y eso me llevaba inevitablemente a la ruina pues las empresas de éste se hunden si solamente se basan en la excesiva necesidad de ser amado. Y vive Dios que yo lo necesitaba, desde luego. Tanto lo necesitaba que mi deseo se volvía desmedido, y poco menos que agresivo, al perder todo autocontrol. La consecuencia es que (al igual que les ocurre a esos enfermos aquejados de temblores a los que se les caen las cosas de las manos) a mi se me escapaba de las mías el afecto naciente de las personas que el azar o el destino me concedía en regalo, sin haber hecho yo ningún mérito para ello: me temo que así fue cómo rompí un par de corazones inocentes que me eligieron a ciegas (de la misma manera en que yo les hice pedazos), y cómo decepcioné mortalmente a algún otro que, de tan delicado, desechó echármelo en cara (como era de justicia hacer, sin duda). Por fortuna mi memoria no es menos débil que mi carácter y, en consecuencia, he olvidado un gran número de errores cometidos en ese entonces. Algunos, sin embargo, no he podido olvidarlos y, entre otras cosas, a ellos debo esta reflexión. Quiero dejar constancia aquí de mi profundo agradecimiento a esas gloriosas meteduras de pata de mi pasado (que, en su momento, viví como grandes fatalidades,  y que hoy, en cambio, considero verdaderos hitos en el camino del conocimiento propio), pues ha sido gracias a ellas que, al cabo, he logrado aprender algo sobre mi mismo. Nuestros errores son nuestros maestros, los únicos pedagogos que, a la postre, consiguen guiarnos por la oscura y enmarañada senda de la propia realización. Esos maestros nos enseñan lo que saben con su ejemplo, que es el único modo lícito y decente de enseñar; pero no lo hacen, naturalmente, proponiéndose como modelos de comportamiento a seguir, ya que en si mismos son errores, o sea, equivocaciones flagrantes y, por tanto, en nada modélicas.  Lo hacen invitándonos a tenerles siempre presentes en nuestra conciencia (como hitos inmóviles que jalonan un antiguo recorrido) para que sepamos en todo instante, no a qué altura nos encontramos en el que recorremos actualmente, sino cuánta es la distancia a la que nos hemos alejado del hombre que los cometió antaño.  Mayor o menor, esa distancia será la única referencia que tengamos para llegar a conocer quiénes somos ahora. Si nos parece grande querrá decir que hemos llegado realmente a ser otros; y, si corta, que nunca seremos sino el que fuimos. (En cuyo caso, es superfluo decirlo, nada o casi nada habrá variado en nosotros en cuanto al deseable dominio de las emociones y continuaremos siendo el mismo tonto emocional de siempre).

viernes, 28 de agosto de 2015

Sobre la relatividad del genio en la escritura

No veo qué dificultad hay en escribir libros, incluso buenos libros, si la inmensa mayoría se escriben robando pensamientos ajenos. Lo realmente difícil, creo yo, es escribirlos robando sólo de los propios, algo que debemos creer al exclusivo alcance de los genios. Lo primero explicaría por qué no existen escuelas oficiales para escritores que extiendan titulaciones homologadas en el mercado: por la misma razón que no se abren en ningún país civilizado academias públicas de formación de ladrones. Pero lo segundo no demuestra que la genialidad sea tan rara: sólo confirma que son muy pocos los genios que se dedican a escribir, lo cual, a su vez, como mínimo demuestra dos cosas: una, que la expresión más grande de inteligencia e ingenio no se refugia de preferencia en la ficción (o sea, entre nosotros, los escritores); y dos, que para escribir bien no es necesario ser un individuo genial, y ni siquiera es seguro que sea precisa la genialidad más que como otra condición laboral de las muchas que requiere este trabajo que no es un trabajo. Pero, fuera de eso, cualquier persona estaría, en principio, capacitada para hacerlo, y no veo qué interés hay en negarlo salvo el hecho reconocido de que los más negados de entre nosotros, los más mediocres, suelen estar totalmente convencidos de que ellos sí son verdaderos genios.

La eternidad son dos días

La eternidad es tan efímera como la vida misma, sino más. Ninguna creencia puede prometer en serio una que sea más duradera que la que está al alcance de la memoria de nuestros deudos directos o de nuestros amigos más íntimos. Tirando por lo alto, uno de nuestros nietos o bisnietos será quien nos entierre definitivamente mediante el lógico olvido de su origen; y, si no dejamos familia, nuestra "vida eterna" durará el tiempo que nos sobreviva la última de aquellas amistades antes citadas, que no en vano pertenecían a nuestra misma quinta y eran de una edad parecida a la nuestra. Hablando en plata, es muy atinada esa metáfora de que somos como el polvo: al ascender hacia la nada del cielo, podemos hacer llorar a los que están cerca durante un ratito, hasta que la escoba de los párpados, ayudada por el lagrimeo constante, barra esa pizca de nosotros que se les había metido en los ojos. Pero en breve esa pequeña molestia física pasa y ya no podremos ser parte de ninguna otra interacción objetiva en el mundo físico: dejaremos atrás nuestro recuerdo, eso sí, pero éste es subjetivo y sucede en la Psique individual, donde terminará desapareciendo igualmente. La huella de nuestros últimos pasos en la Tierra no se perderá en dirección a las estrellas, como aseguran los místicos de todas partes, sino entre las neuronas de otro cerebro agonizante (el de uno de nuestros descendientes de la segunda o tercera generación a lo sumo, o el de alguien con el que no teníamos vínculos sanguíneos pero que nos distinguió con su lealtad mientras vivimos). Aproximadamente, esa será la duración máxima de nuestra eternidad puesto que nadie sobrevive en sus obras: ahí sólo sobrevive nuestro nombre, y los nombres no son nada, son sólo mentiras que nos acompañan fielmente hasta la muerte, e incluso más allá, donde el nombre es lo de menos. No solamente la vida es corta, pues: la eternidad también. Tanto que no vale la pena hacerse ilusiones puesto que seremos eternos antes de darnos cuenta, y dejaremos de serlo con mayor rapidez todavía. Como se dice vulgarmente: el tiempo vuela, aquí y más allá, en el mundo y fuera de él. No lo perdamos entonces en tonterías. (O sí, puesto que tampoco se pierde demasiado).

jueves, 27 de agosto de 2015

De trampas y tramposos

El esforzado estilismo, no el estilo, es la trampa de los escritores mediocres, de los presumidos, de los coquetos, de los que intentan lucirse más que comunicar, de los que se pasan horas ante el espejo revolviendo entre los afeites y los adornos comunes de su oficio antes de atreverse a salir a la calle: ellos buscan seducir a toda costa porque son dolorosamente conscientes de su escaso valor intelectual, de su profunda inseguridad que les fuerza a solicitar, antes que nada, la comprensión de los lectores, su admiración y su cariño: su amor incondicional, en suma. Ellos son de los que, fundamentalmente, necesitan ser queridos por un público en el que ven a su alma gemela siempre dispuesta a perdonarle sus defectos, a amarle a pesar de ellos, o precisamente gracias a ellos. Son de los que temen que, si se quitaran el maquillaje, la bisutería y las distintas prótesis, sus fieles les abandonarían de inmediato, aunque no sin acusarles antes de ser unos traidores fraudulentos, de haberse burlado de sus sentimientos con un engaño planeado a conciencia (se podría decir que con nocturnidad y alevosía ya que la mayoría de esos lectores tienen la costumbre de leerles al irse a la cama, o sea, de noche, cuando cualquiera se siente más débil y solo, cuando está más cansado que nunca de la vida y necesita oír una voz amiga que le haga creer que vivir no es un asco y que mañana le espera una jornada mucho más interesante y encantadora que esa maníaca actividad de abrocharse y desabrocharse los botones de la ropa en que consiste la diaria existencia de todo el mundo entre que se levanta y se acuesta). 
En resumen: los estilistas temen, sobre todo, acabar siendo víctimas secundarias de su propia trampa, y lo temen con razón porque ese suele ser el destino de todo seductor. Poco a poco van perfeccionando su máscara, se vuelven artificiales. rígidos, estereotipados. Aunque no demasiado, sólo un poco, hasta que la máscara se adapta de tal manera sobre su rostro que lo suplanta con gran éxito, con tanto éxito que, al final de este proceso de conversión, sus caras, las verdaderas, no serán ya otra cosa que meritorias caretas fabricadas con piel humana.  En este cambio suelen invertir un enorme esfuerzo de simulación y, como es lógico, su premio llega cuando no les cuesta ya ningún trabajo simular, cuando el simular es ya la única naturalidad a su alcance. Tal vez en el fondo quisieran poder romper el espejo iluminado ante el que se acicalan durante horas y horas, deshacerse de los botes de cremas y de los estuches de colorete, y hacerle un buen corte de mangas a la interiorizada imagen de si mismos que continua seduciendo a las multitudes. Pero no pueden porque ya es tarde y ellos nunca podrían escribir como boxean los rudos boxeadores que sólo tienen pegada: lanzando aparentemente los puños al aire sin ton ni son hasta encontrar la mandíbula del rival. No, ellos son de los que saben bailar sobre el ring, de los  que se mueven sin parar cambiando de posición continuamente, pero sin tratar de noquear al adversario, solamente de agotarlo hasta que tire la toalla de puro cansancio. No, ellos saben que los golpes no se pueden desperdiciar (del mismo modo, suponemos, que saben que no se deben regalar las caricias, sino venderlas al peso como hacen las putas). Y, visto que es tan poco lo que vale, hace tiempo que entendieron que han de subastar su alma emperifollada al mejor postor si quieren que alguien la aprecie. Pero se engañan, claro está, porque nadie la aprecia en realidad: sólo la compra porque comprar está de moda, es lo que se lleva, lo que hace que parezcamos "estilosos" ahora que todo estilo definitivamente parece haber muerto de éxito... Igual que ellos, sus usurpadores: ni más ni menos.

miércoles, 26 de agosto de 2015

El eterno insatisfecho

La práctica de la literatura enseña, sobre todo, a no vivir del pasado pues la satisfacción por lo escrito (en el raro supuesto que nos satisfaga) tiene apenas una vigencia de minutos (o de horas en el mejor de los casos, no más).  Los franceses (un pueblo eminentemente literario formado por unos cuantos maridos y casi sesenta y siete millones de amantes) llamaron al orgasmo le petit mort en atención a la leve y pasajera angustia que les asaltaba después de hacer el amor con su vecino o vecina; pero, siendo rigurosos, la orgásmica metáfora también podría aplicarse al desmayo anímico que nos acomete a los escritores tras releer varias veces lo que acabamos de escribir. La "pequeña muerte" que sufre cada dos por tres el hombre de letras es un hecho tan extendido en el gremio que no es nada extraño que la gran mayoría de nosotros tengamos el clásico aspecto cadavérico de los amantes extenuados por el furor uterino de sus ocasionales parejas (un aspecto engañoso, naturalmente, pues de todos es sabido que la pasión amorosa de la que suele alardear esa misma mayoría no conduce al ejercicio sexual con la frecuencia deseada por ninguna persona sana y sexualmente activa). Sin embargo, a pesar de que ese poso de agonía dejado por la escritura es una constante en el gremio, pocos son los que lo reconocen franca y llanamente. Si lo hacen será de un modo notoriamente literario, no literal, ante sus lectores (como yo mismo hago ahora), pero nunca ante sus colegas de profesión porque tal cosa sería como si el propio Aquiles desvelara a gritos su punto débil a los arqueros teucros parapetados tras las murallas de Troya. Al igual que los grandes depredadores de la Naturaleza y de la Historia, nosotros no perdonamos la debilidad en uno de los nuestros, momento que aprovechamos para despedazarle en público y repartirnos fraternalmente sus despojos: como la buena familia salvaje que somos, en definitiva.  
El que el escritor no perdone la menor flaqueza en su hermano de tinta es un hecho de sobras conocido gracias a haber sido publicitado por los propios escritores. Oscar Wilde, por ejemplo, compuso un aforismo sobre el tema que es una verdadera joya en su género y que, más o menos, venía a decir que nosotros (los artistas, en general) jamás seremos capaces de distinguir y reconocer a nuestros iguales porque, sencillamente, no hay nadie que esté a ese nivel salvo nuestro ego. Bien mirado, un verdadero artista es siempre alguien que padece el síndrome del hijo único, y, en consecuencia, es incapaz de hermanarse con nadie a excepción de Dios (por supuesto, el autor del "De profundis" no lo dijo con estas palabras, pero es lo que insinuaba). De todas formas, yo no pretendía hablar de la insatisfacción de pertenecer a la clase literaria sino de la intrínseca a la tarea del escritor (aunque ya se ve que entre lo que uno pretende y lo que consigue hay una enorme distancia, lo que por otra parte constituye un nuevo motivo para sentirse insatisfecho). En realidad, y si se piensa a fondo, la única manera de que la escritura no termine defraudando sería no dejando de escribir ni por un momento: nunca, ni siquiera por la obligación de atender a los deberes fisiológicos básicos que están en la mente de todos y que no voy a citar aquí por no arriesgarme a molestar con la grosería a ciertas sensibilidades demasiado sensibles, valga la redundancia. En fin: que lo mejor sería que este texto en concreto no tuviese un final, que fuera infinito y que permaneciera inacabado mientras continua escribiéndose eternamente, algo que además de ser un absurdo sería una completa insensatez, por lo que más vale aceptar la subsiguiente insatisfacción que va a acarrearme y ponerle de una vez el consabido punto y final.

martes, 25 de agosto de 2015

Otra historia sobre reptiles

Nunca como ahora he vivido (al menos no de forma tan continua y con tal grado de independencia) dedicado casi exclusivamente a la escritura, sin otro afán más urgente en mi día a día que el de pasar a limpio el siempre confuso texto de mis emociones actuales y la prolija, emborronada, y no menos sempiterna contabilidad de mi pasado. No obstante como contable soy un desastre, así que, básicamente, a lo que me dedico es a anotar los sentimientos que, como los huesos que abandonamos en el plato, se han quedado huérfanos de carne concluido, o casi concluido, el "banquete del vivir". Sí, amigos: la vida para mí ha llegado ya a los postres, y como es lógico, ahora que los pasteles están sobre la mesa, mi preocupación mayor es no poder hincarles el diente por culpa de una repentina falta de apetito que vengo experimentando últimamente. (Me resisto a sacar a relucir aquí el refrán que viene al caso porque todos conocemos de sobra la malignidad intrínseca del refranero universal, pero no hay duda de que mis temores tienen fundamento pues ningún habitante del paraíso es realmente consciente de vivir en él hasta que no descubre a la serpiente, a esa mala consejera que, velocísima, se aproxima siempre reptando: como la desgana que yo padezco). 
En cualquier historia, no sólo en la Sagrada, la aparición de la serpiente se justifica sólo por ese motivo: para que tomemos conciencia de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y justo por eso es necesario que aparezca: porque uno no toma conciencia de nada que no esté a punto de perder o que no haya perdido ya. Cualquier veterano consumidor de ayahuesca os lo podría confirmar: "la serpiente tiene la llave del Otro Mundo, es el San Pedro del Otro Cielo, del alucinógeno, y nadie puede entrar en él si antes no la abraza como haría con su amante más querida". Cualquiera que haya viajado más de una vez al Otro Mundo sabe que el abrazo de la serpiente es la clave que abre las puertas de la percepción. Pero igual que las abre las cierra, y cuando las cierra lo hace dando un portazo de enfado con el que clausura para siempre el paraíso, es decir: ese pequeño Edén particular que es el mundo en que se refugia cada cual.  
Poder refugiarse en un mundo propio puede parecer una suerte pero no lo es (o, mejor dicho, no lo es tanto como parece).  En realidad es más bien una condena porque significa cerrarse al mismo tiempo a la verdadera percepción. Y, naturalmente, esto último enfada de tal modo a la serpiente que, al cabo, no le quedará otro remedio que dejarse ver para advertirnos de que nuestro existir paradisíaco se ha acabado o está a punto de acabarse.  Por eso es de temer su aparición, o sea: porque todo tiene un fin y es ella quien lo anuncia. Preparémonos, pues.

De los nobles troncos podridos

La vida nos formula a todos preguntas urgentes y cruciales que, o respondemos en su momento, o nos emplazarán a darles respuesta más adelante, cuando otra vez no nos quede escapatoria, pues nunca dejaremos de oírlas en nuestra conciencia mientras no obtengan de nosotros una clara contestación. El tiempo pasa sin que se apague allí su eco acusatorio y, tarde o temprano, volverán a arrinconarnos contra la pared exigiéndonos algo que, antaño, declinamos ofrecerle. Sin embargo, nadie es capaz de cambiar su carácter y naturaleza y, por tanto, si ya lo hizo antes, repetirá punto por punto el mismo silencio cobarde y la misma huida con la que creyó ponerse a cubierto de aquella tormenta de responsabilidad que caía sobre sus hombros. El hombre no aprende salvo lo que le interesa, y hay algunos que ni eso, pues ni siquiera llegan a saber nunca cómo huir sin caer en el pánico. Algunos son lo que son de una sola vez y de golpe cuando apenas aprenden a caminar, y aquel que es un niño terminal nunca conseguirá cambiarse por si mismos los pañales. Los seres, las criaturas radicalmente dependientes protestarán de manera histérica e inconsolable siempre que mamá Vida les obligue a vestirse para ir al cole. Y es que el mundo es para ellos la imagen viva del horror, y por eso es natural que tiemblen ante la sola idea de tener que enfrentarlo con los ojos abiertos. Temprano, el miedo arraigó en sus almas como la hiedra alrededor de un antiguo tronco de árbol noble y, poco a poco, les fue vaciando por dentro hasta que sólo quedó en pie su corteza frágil y hueca...

lunes, 24 de agosto de 2015

Los elegidos de los dioses, II

Se ha dicho que las mentiras (o, al menos, las inexactitudes interesadas) son el fértil estiércol que hace crecer a los mitos. Y quizás no sea una exageración porque en todo mito existe cierta "sobredosis de irrealidad" que a la postre lo engendra. Aunque, en realidad, que algo sea real o irreal siempre es lo de menos en el nacimiento de un mito. Véamoslo, si no, en los cuatro ejemplos que he seleccionado por serme especialmente amables:
Dylan Mariais Thomas, además de poeta, fue un bebedor muy conocido en bastantes pubs de Gales. Pero, a pesar de que nadie duda que fuera un alcohólico, existen muchas posibilidades de que muriera, en realidad, de una sobredosis de tristeza causada por la pérdida de su primer amor (la inolvidable Rose), y no por causa de los dieciocho güisquis dobles que, según algunas fuentes, ingirió de modo consecutivo y sin casi respirar en una inconcreta taberna de la ciudad de Nueva York.
James Douglas Morrison, además de famoso cantante de rock and roll, fue un aficionado a la Poesía cuya más sincera afición eran las drogas sicodélicas (LSD, marihuana y peyote, un orden de preferencia en que, a veces, se intercalaba la cocaína). A pesar de ello murió (si es que lo hizo) de una sobredosis de popularidad tras la que fue enterrado en el cimetiere du Père-Lachaise, donde las oleadas de sus fans continúan aplaudiéndole a rabiar nada más bajarse de los autobuses que les llevan en peregrinación hasta su tumba.
Janis Lyn Joplin, además de una blue-women irrepetible, fue una desaliñada muchacha de modesta belleza que contaba sus amantes por miles cada vez que se subía a un escenario, lo cual no impedía que cada noche, al regresar a casa, se asfixiara de soledad. De eso. precisamente, falleció en la ciudad de Los Ángeles: de una sobredosis de desamor (no de heroína, como intentaron hacernos creer sus incontables biógrafos).
Luis Andrés Caicedo Estela, además de un alumno imposible y un cinéfilo empedernido, fue un brillante escritor en ciernes que, por propia voluntad, ya nunca dejará de serlo pues, según sus amigos, se mató nada más recibir en su domicilio de Cali, Colombia, un ejemplar de su primera novela impresa que (¡qué casualidad!) se titulaba "!Que viva la música!". Esos mismos testigos afirman también que lo hizo tragándose 60 (¡sesenta!) pastillas de Secobarbital cuando, en realidad, pereció a causa de una sobredosis de incomodidad que padecía desde que era un niño (cosa que, por otra parte, había prometido no dejar de ser jamás): el hecho indiscutible es que le incomodaba vivir, y que por nada del mundo quería hacerse adulto. Con la ayuda de los dioses lo logró, y eso fue todo. 

domingo, 23 de agosto de 2015

Los elegidos de los dioses, I

A Dylan Thomas, Jim Morrison, Janis Joplin y, en especial, a Andrés Caicedo, un "colega" donde los haya.

No sé si lo que siento al pensar en cada uno de vosotros es envidia o admiración, y, sea una u otra, tampoco sé si es sana o insana. Sólo se que, cuando me pongo nostálgico, acostumbro a recitar vuestros nombres de carrerilla porque, a pesar de que ninguno pertenezcáis a mi generación, a todos os tuve por colegas en la época en que el sentimiento de la amistad constituía por si mismo una verdadera religión: la religión de la juventud. Entre otros muchos "mártires del desarraigo" que, casi sin pena ni gloria, pasaron entonces por mi vida, vosotros brillabais sobre esos altares juveniles provistos de la dorada pátina que santifica incluso a los iconos paganos. Todos, sin excepción, habíais muerto jóvenes, como debe ser; pero no porque hubierais sufrido un accidente en cualquier encrucijada del azar, sino porque, en el fondo, esa era la fe romántica que profesabais desde el mismo momento de vuestro nacimiento: tengo para mi que, ya desde ese primer instante, os eligieran los dioses, pues es bien sabido que en los holocaustos y sacrificios éstos reclaman siempre "la mejor parte", la parte más valiosa de la ofrenda. La entera Humanidad es esa ofrenda, por supuesto, y su parte más valiosa son los hombres y mujeres que más se duelen de su condición humana, y que, para mitigar un tanto tal sufrimiento, hallan oportunamente en el Arte un recurso válido mientras aguardan a poder fundirse en un abrazo con la muerte, su amor más hondo y radical. ¿Que de dónde les viene a esta gente su pasión autodestructiva?... Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero al parecer lo que sí se sabe es que les poseyó de golpe y para siempre, igual que entra por primera vez el aire en los pulmones del neonato. Lo que se sabe es que desde ese instante inicial sintieron ya un horror congénito al mundo y a la especie a que pertenecían, y que luego, a lo largo de su existencia contradictoria, continuamente necesitaron en demasía ser amados. El resto, los datos y las anécdotas de sus cortas biografías, es sólo una pura leyenda que nos sirve a nosotros, sus admiradores, solamente para enterrarles en el olvido a mayor profundidad de lo que estará jamás cualquier otro ser humano, ya que en todos las épocas pocos serán los sepultados así: bajo el peso de su propio mito.

sábado, 22 de agosto de 2015

En el jardín más famoso de Atenas

En el jardín más famoso de Atenas
Los jóvenes alumnos aguardan
La llegada del maestro Epicuro.
Y mientras aguardan comentan
Las noticias que las naves han traído
Desde el otro lado del Egeo:
Entre otras la muerte de Demetrio,
El expugnador de ciudades,
Ocurrida al parecer en su lecho
(Un logro que es, por cierto, 

Sorprendente en tal personaje,
Y excepcional para los tiempos).
Uno de ellos, natural de Esmirna,
Efebo de músculos lisos, como de mármol,
Se adelanta y propone el juego de la lucha
Para entretener la espera.
Más sus compañeros le miran
Con unánime reprobación
Porque han aprendido que no son esos
Los placeres que convienen a un discípulo,
Sino aquellos en que el esfuerzo sea mínimo
Y puedan satisfacerse en reposo.
Bajo la sombra rala de un olivo
Destella el vino de Corinto
Mezclado en las hermosas cráteras,
Y los muchachos beben de las copas de bronce
Con gesto lánguido y desmayado,
Pues saben que mayor daño ocasiona al alma
Un movimiento brusco
Que el trago ávido y violento.
Entretanto siguen hablando de los temas
Habituales en su estudio:
Del "hedoné” como valor supremo,
De la desidia de los dioses, 

Del goce imperturbable y del Clinamen,
Esa ligera curvatura de los átomos
En su desvío hacia todos los que son

De su misma especie...
Si alguno nombra a Aristipo,
Otro acude a Diógenes como fiador
De sus propias opiniones;
Y todos esperan a Epicuro, el maestro,
Que a estas horas está e
n la plaza 
Sentado al sol, como tiene por costumbre.

Psicología del anormal

Vive este escritor
Una vida exangüe
Y casi-casi impersonal:
Yo no conozco a nadie
Que sea más anormal
Siendo menos que nadie,
Que tenga menos caudal
En las venas o en las manos,
Que aparente -¡ni de lejos!-
Ese aire mohíno y ultracano
Que de un hombre hace un tipejo
En franca regresión anal,
O que en heridas ajenas
Se rasque sin complejos
El prurito del propio mal
Sin padecer otro misterio
Que el de mantenerse serio
En su pose demencial.
Él casi nunca ama por amor.
Y, de matar, sería en mentidero:
Porque así lo quiere su Ficción,
No porque en su frío corazón
Conviva el amante sincero
Con el verdadero criminal.
Su impostura es la del mero
Curioso, la del observador
Que se cuela en una misa
Luciendo la agnóstica camisa
Del creyente dominguero,
Pero sin ningún otro fervor.
Mera cobardía integral
A integrarse en este mundo,
La razón por la que escribe;
Y sólo por eso se desvive,
Siendo mucho más profundo
Cuando es más irreal.
En fin, un ser indefinible
Al que la imposibilidad de ser
Le hace aún más inhumano
No sabiendo qué querer,
Salvo aquello que ni es posible
Ni estará nunca en su mano:
Un “caso interesante”
Para un buen doctor
Que no juegue a detective,
Pues quien sus huellas persigue
No hallará entre las pistas
Rastro del hollador.
Nunca sería él un artista

Si el arte no fuera el disimulo
Que salva al fingidor
(Como el pensamiento es nulo
Mientras no se oculta a la vista
Para pensarse mejor).

viernes, 21 de agosto de 2015

Para quien tal vez ni siquiera exista

Descartado que yo pueda responder alguna vez a la absurda pregunta de por qué escribo tal vez debiera intentarlo con la otra, con la menos retórica: "¿Para quién?". La respuesta "para mi mismo" sería demasiado previsible además de inexacta, aunque no del todo falsa quizás, pues algo hay de autista en esta actividad o vicio secreto de encadenar palabras y razonamientos como quien habla a solas, igual que existe también cierto exhibicionismo en ello si se cae en la vanidad de hacerlo ante una ventana (como es mi caso al escribir en este blog). Reconocido entonces, y por más que me cueste admitirlo, que soy un exhibicionista, queda por determinar ante quién me exhibo, quién sería a mi juicio ese interlocutor invisible al que me dirijo y que para mi tiene la condición o categoría de "paciente oreja divina", ya que, a su manera, también él o ella aceptan al leerme oír la confesión de mis pecados, de mis penas, delirios y deseos, escucha que realizan, supongo, con una atención que no merezco y concediéndome incluso la absolución por anticipado.  
De entrada debo admitir que no sé, en realidad, qué sexo tiene ese hipotético lector (en el supuesto que no se trate de un andrógino). Pero apuesto a que, ya sea hombre o mujer, su carácter se inclina un tanto a lo femenino, sino bastante, porque (al carecer desde mi adolescencia de un interlocutor de esa clase, de un interlocutor divino, debido a mi absoluta falta de creencias) siempre he visto en el de la mujer el rostro de lo Inefable  y, a su alrededor, el aura celestial.  Desconozco que significará ésto para un psicoanalista pero yo confío en que no se trate del omnipresente complejo de Edipo (asimismo tan inefable como la faz de cualquier dios), o de un larvado donjuanismo que ve en la literatura publicada en la Red sólo un pertrecho más con el que armar hoy caballero a una pobre y trasnochada Galantería Andante. Desde luego, y como vulgarmente se dice, a mi se me ha pasado el arroz y ya no estoy en edad de atacar molinos de viento ni en el mundo real ni en el virtual, por lo que no hay peligro de que caiga en tal espejismo. Lo juro: en principio, no estoy intentando ligarme a ninguna mujer al afirmar que escribo pensando en una genérica, en una mujer que también podría resultar ser un hombre  y que (ya sea aparentemente mujer u hombre) tal vez ni siquiera exista. Digo solo que mi lector ideal posee un espíritu de ese signo, sustancialmente femenino en cuanto a la generosa amplitud de su sensibilidad e inteligencia, pero no en cuanto a su raciocinio o a sus valores e intenciones en general, puesto que, como todos sabemos, la virtud primordial de la mujer es activa y yo ya no estoy para bromas.

jueves, 20 de agosto de 2015

La trascendencia de lo intrascendente

Eso que los pomposos llaman  "nuestra futura trascendencia"  no está asegurada por la realidad flagrante de una línea sucesoria engendrada por medio de la carne o del espíritu, por la innegable existencia de hijos u obras, ya que los hijos (los de cualquiera) muy bien podrían resultar ser desagradecidos y olvidadizos, y las obras (las de cualquiera) mediocres, simples anacronismos sin vida y sin ningún interés. Nuestra "trascendencia futura" (por seguir con la cursilada) es mucho más probable que esté, en cambio, en lo que (en su momento, mientras lo vivimos) nos pareció por completo intrascendente. Por ejemplo: en todo aquel tiempo que, gustosos, solíamos perder con los amigos (por cierto: ahora ya muertos y trascendidos) hablando de cosas tan nimias como el nudo gordiano, los números primos, la poesía de los epitafios, la regla áurea, las auroras boreales, Tutankamón, la reina de Saba, el efecto mariposa, la tortilla de patatas, y tantas y tantas cosas por el estilo que (creímos) no tendrían la menor importancia de cara a poder alcanzar alguna vez una hipotética inmortalidad personal y que, por supuesto, jamás pensamos (ni yo ni ellos, estoy seguro) iba a ser lo único realmente memorable de nuestro paso, individual y conjunto, por esta vida donde tan fácilmente se pierde toda memoria...

miércoles, 19 de agosto de 2015

Casi

Es incuestionable que la vida de un verdadero escritor ha de ser una vida digna de llamarse así: vida de escritor. Pero también es cierto que esta clase de vida casi nunca suele ser una vida digna de tal nombre. Quien escribe (si lo hace en serio, como actividad primaria que desplaza al resto, a las secundarias) apenas vive, apenas se siente vivir puesto que básicamente observa y recrea la vida con el fin de componer su obra, pero no participa, no se entrega a ella. En definitiva: es alguien que casi nunca se mancha las manos en éso en que los demás introducen con delectación las suyas hasta el codo y más arriba aún. Él no asiste en primera persona a los partos sangrantes y, sin embargo, ni los veterinarios ni los ginecólogos saben tanto sobre gestaciones y alumbramientos. El no lucha en primera línea y, no obstante, nadie ha recibido más heridas en batalla, ni conoce tan a fondo el miedo y la desesperanza que reinan en las trincheras. En muchos casos son hombres que apenas han vivido y, a pesar de ello, pocos podrían decir que les superan en experiencia vital, que han visitado mundos más lejanos y diversos, conciencias más misteriosas y únicas, almas más indescifrables o salvajes. Y conocen todo ésto no por haber estado allí, naturalmente, sino por haberlo captado con precisión desde su personal observatorio, o sea: como captan los astrónomos aficionados las estrellas y los planetas que están a millones de años-luz de su pequeño telescopio casero. En pocas palabras: son observadores que se mantienen siempre alerta en lo más alto de su soledad y sería en verdad extraño que se les escapara algo de lo que sucede en los confines más alejados del Universo, del Macro y del Microuniverso, pues también son ellos los primeros en registrar cada nuevo cometa que orbita alrededor del corazón humano amenazándolo de destrucción o de periódico encantamiento. 
Pero con todo ser capaces de explorar tan minuciosamente los cielos más remotos de la vida, no son quienes de vivir apenas, porque apenas nada sucede en las suyas salvo lo que no sucede en ninguna parte, es decir: las fantasías de su imaginación, las maravillosas irrealidades que llamamos ficciones y que su ingenio inventa sólo y exclusivamente por una razón: para no sentir que en realidad (ya que casi no viven) se hallan casi muertos en vida... Casi. 

martes, 18 de agosto de 2015

El "no" a la vida

Sólo he logrado alcanzar una cierta identidad gracias a la negación de mi ser social, de ese que, aún hoy y a pesar de mis sucesivos desmentidos, todavía soy para los demás: un médico que no ejerce gracias a su temporal condición de rentista. Pero mis más serios compromisos consistieron siempre en prestar juramentos que nada tenían que ver con el hipocrático: todos ellos eran de carácter íntimo y habían sido ratificados formalmente con el monosílabo "no" pronunciado entre dientes, ni siquiera de viva voz. Y con ese "no" oculto y apagado en el fondo de mi garganta es cómo me he enfrentado a la vida casi siempre (salvo en los pocos momentos místicos en que, como quien intenta suicidarse apuñalándose con una hoja de doble filo a cual más afilado, me arrojé sin pestañear sobre un "sí" brotado espontáneamente del corazón).  Casi siempre, repito, he dicho no a la vida empujado a ello por un instinto profundo de hombre escéptico y libre que sabe no ha venido al mundo a trabajar para acercarse lo más posible a ella, sino "para otra cosa", cualquiera sea lo que esto signifique. Por ejemplo: sin duda fue por eso que no tuve hijos. Y también era por eso, supongo, que tarde o temprano abandonaba a las mujeres que me querían, los trabajos que me ofrecían, las amistades que no pedía... Esa "otra cosa" para la que yo había nacido me aconsejaba la fuga cada vez que la vida se acercaba demasiado a mi, pués, sin yo saberlo, algo en mi interior sabía que sólo desde la distancia respecto al vivir podría llevarla a cabo, hacerla realidad. Sin embargo, terrible contradicción, ¡yo creía con toda sinceridad querer vivir, solamente vivir!... 
Pero no era verdad porque, en el fondo, nunca quise participar en la vida, ser uno más, parte de algo que se sintiera existiendo en un Todo y, después de integrado, no lamentase la disolución de su ser en el matraz del sueño colectivo. A esta luz concluyo, entonces, que yo no quería ser alguien en el Todo pero, no obstante, quería serlo todo para alguien (o al menos lo quise así mientras fui joven). ¿Qué os parece, amigos? ¿Se puede ser más iluso, más contradictorio?... No, desde luego que no. En esa "otra cosa" de la que aquí hablo no dudo que estaba mi ser más desnudo y radical. Pero yo sentía no tener derecho a ella por el hecho de no querer luchar por ella: no sé si me explico. Yo creía que en la lucha estaba la única justificación posible para desear lo que se desea y que, si no luchaba, mi deseo no me sería nunca lícito. De ahí que imaginase que sólo el amor cierto de otra persona podría concederme ese derecho, ¿comprendéis? En el fondo yo no podía, ni quería, realmente amar; quería escribir, pero para escribir necesitaba que me amaran. ¿Lo entendéis ahora?... En más de una ocasión a lo largo de mi vida me habían acusado de ser un "solitario frustrado", pero yo tardé demasiado tiempo en intuir lo acertado que era este diagnóstico y, si lo pensáis bien. eso lo explica todo: era demasiado joven,  muy estúpido y, sobre todo, débil. ¿Qué queréis que hiciera? ¿Decir "lo siento"?... ¡Vale¡ ¿Pero de qué vale decir "lo siento" cuando ya es tarde y, además, cuando ha sido gracias a algo que no se perdona que finalmente he podido perdonarme a mi mismo por ser lo que soy?...

lunes, 17 de agosto de 2015

En favor de Judas, cómo no

En la historia del Nazareno hay algunos fallos argumentales muy notables: realmente clamorosos, vaya. Y no seré yo otro de los que se rasguen las vestiduras con la virginidad de la Virgen María porque ya muchos se quedaron en bolas por ese motivo. No: yo me refiero a la propia encarnación del Hijo de Dios en un gran hombre como fue Jesucristo. Si lo revolucionario y novedoso era que un dios se convirtiera al fin en un simple ser humano, ¿por qué elegir a alguien con madera de gran hombre y no a un don nadie, no a un pelanas sin importancia ideológica de ninguna clase o a un bribón cualquiera capaz de vender, no ya a su propia madre, sino su supuesta virginidad con tal de sobrevivir?... Por ejemplo, y como ya advirtió por escrito en alguno de sus milagros literarios Nuestro Señor Borges, ¿no sería mucho más apropiado haber escogido a Judas para realizar ese histórico papel protagonista y no el de un secundario que, para colmo, ha de hacer de traidor? Teniendo en cuenta la escasa grandeza moral presente en el promedio de la humanidad parecería, en principio, más adecuado y honesto elegir para ello a uno de sus representantes más grises, a uno que, como individuo, fuera de una absoluta mediocridad y estuviese situado en la zona central de la campana de Gauss, ¿no?... (Dejo aquí la sugerencia y escondo rápidamente la mano como buen cobarde que soy).

Una definición aproximada de la Literatura, seguida de una descripción de la influencia personal que ha tenido en mi caso, así como de las perspectivas más probables que me deparará en un futuro

Un movimiento perpetuo o dinámica sin fin de naturaleza íntima que aflora en superficie como río de palabras más o menos largo y caudaloso, 
río que sortea con sus meandros y bruscas desapariciones subterráneas el paisaje de una vida singular, con frecuencia lastrada por su rotunda inutilidad para la acción mundana,  y marcada por las traiciones cometidas en la torpe lucha por entender que los demás (padres, madres, maestros, amigos, novias o esposas) no son responsables de nuestro siniestro destino, 
destino que, en la práctica, no es moralmente superior al de cualquier "yonqui" o drogadicto, y que socialmente tendrá sus mismas consecuencias salvo que lo impida una situación económica solvente (ni siquiera boyante) que me garantice cierta seguridad e independencia hasta el momento de mi muerte: 
muerte que, por supuesto, será un duro trago que beberé a solas y en el más absoluto de los olvidos, lo cual no es un mal final, como erróneamente podría pensarse, pues es el que corresponde también a todos los creadores oscuros y a las buenas personas que se mueren sin tener a nadie de quien despedirse...

De los ríos en general

Como el de cualquier río, el único sentido que puede tener la escritura es el de ser un fluir peculiar e inagotable que ofrece la posibilidad a quien se le acerca de aquietar y ordenar sus propios pensamientos y emociones. Ningún cauce piensa por si mismo, simplemente fluye con un ritmo y un eco que dependen de circunstancias exteriores ajenas a él: de la lluvia caída o de la sequía ocurrida en esa estación concreta del año, del volumen del deshielo en las cumbres de las montañas donde tiene su origen, de los embalses y presas construidas corriente arriba, de los caudales desviados para la agricultura o la industria asentadas en sus márgenes, etc, etc. Al constante discurrir de un cauce, de cualquier cauce, no se le valora por otros parámetros que no sean el ritmo y los distintos sonidos a lo largo de su trayecto, es decir, por la musicalidad producida por sus aguas en cada momento, y ni siquiera la calidad de éstas ha de ser su aspiración fundamental: por lento y parco que sea ese flujo (sostén de la mayor o menor variedad de vida que exista en su seno), su responsabilidad básica es no detenerse, no empantanarse interrumpiendo la canción en sus orillas, donde el antedicho visitante ha de encontrar siempre y en todo caso un alivio pasajero a su cansancio, y una ayuda o apoyo gracias al que aclarar y remansar el (a su vez) río revuelto del propio espíritu, razón última por la que, transitoriamente, acudió a sentarse a su vera...

sábado, 15 de agosto de 2015

No se consuela quien no quiere

Hoy no hay palabras: nunca he sido tan sincero.

viernes, 14 de agosto de 2015

El regalo

Si Marai está en lo cierto y "en todas las situaciones de la vida siempre amamos y buscamos a la persona diferente", entonces en el centro mismo del corazón humano se ha instalado a perpetuidad un error trágico de dimensiones épicas al entender éste que lo único capaz de darnos sentido es aquello que, en rigor y a la larga, sólo puede hacernos desgraciados. La pregunta es: ¿por qué la Naturaleza nos impide por todos los medios a su alcance, con todas sus tretas y todas sus fuerzas, la distendida armonía espiritual en el amor de quién deseamos? ¿Por qué precisamente a nosotros se nos priva de este regalo, del secreto que trae la calma y perpetúa la felicidad, a cambio de experimentar salvajemente el deseo que, por el contrario, las exprime y agota casi en seguida? ¿Es éste el primitivo pacto hecho con Dios del que hablan las religiones, o es sólo el primer y grandioso fallo evolutivo que hizo posible la Evolución?... ¿Y en el fondo qué más da de qué o de quién sea la culpa si nunca podremos desear con toda nuestra alma a la persona amiga, a la persona semejante, y apasionarnos por ella hasta perder el sueño y la razón como hacemos con toda naturalidad con ese desconocido, con ese completo extraño al que encontramos en la calle y que (de repente, sin saber por qué) nace a nuestra conciencia como un fuego desatado en nuestra habitación mientras dormíamos, fuego que luego prende en nuestro cuerpo y en nuestra mente sin que podamos sofocarlo, pues a partir de entonces seguirá ardiendo, pase lo que pase, hasta la muerte?...

jueves, 13 de agosto de 2015

Una confesión (otra más)

Más de una vez me advirtieron que, como artista, el mundo me quedaría siempre demasiado a desmano como para pensar en conquistarlo y, por tanto, más me valdría renunciar y resignarme a jugar cualquier otro papel en la sociedad si quería ser reconocido y apreciado de alguna manera. Nunca hice realmente caso de esas voces (algunas de las cuales me eran muy queridas) y me adentré solo en esta senda obsesiva de la Literatura que, de cuando en cuando, terminaba para mi al borde de un precipicio al que, por supuesto, debía lanzarme de cabeza para poder proseguir mi camino. Confieso que en varias ocasiones quise apartarme de él y, de hecho, lo hice durante un tiempo, pero la inquietud por volverlo a pisar nunca se desvanecía y, naturalmente, mis pies acababan por tomar la dirección que les resultaba más atractiva y cómoda. Caminar por ese camino no es que fuera placentero pero, aún así, no había ningún otro que me estimulara tanto recorrer a pesar de sus cuestas empinadas, sus peligrosos socavones, la aridez de su suelo y sus repentinas interrupciones en las que uno se sentía completamente extraviado al estar casi convencido de haber llegado a su extremo, a un punto que ya no iba a tener continuación, ninguna salida.  
Pero mis temores estaban equivocados porque siempre había una salida, aunque para ello, para encontrarla, hubiera que despeñarse previamente en un profundo abismo y romperse en la caída todos los huesos del alma. De esta forma, dolorido y arrastras, es cómo continuaba adelante, y cómo volvía a ponerme en pie sin que nadie me ayudara, salvo que sus intereses coincidieran momentáneamente con los míos (lo cual tampoco es fácil que ocurra, lo reconozco, porque los míos no son de los que se comparten: soy una persona cuya vocación le hace "fisiológicamente egoísta", valga la expresión, puesto que mi ser respira con más amplitud y profundidad en soledad, no en compañía, y, en consecuencia, quienes me aman sienten relativamente pronto que su amor no va a compensarles nunca de un modo satisfactorio, que tendrán que dar siempre mucho más de lo que reciben, y ésto, naturalmente, es un mal negocio aunque no se busque con ello hacer negocio). Las intenciones vitales y los ritmos circadianos determinan las afinidades entre los humanos mucho más que las respectivos gustos y voluntades: por tanto, es natural que no se coincida en nada con nadie que no sea semejante a nosotros, y yo aún no he tropezado con alguien que se parezca a mi. Por eso sigo soltero, supongo, y por eso cuento holgadamente a mis amigos con los dedos de una mano. Las cosas como son: no quiero decir que sea un hombre insociable, quiero decir que apenas vivo en sociedad y una pareja, a fin de cuentas, no es otra cosa.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Apuntes sobre una economía divina

Hay en nosotros, los hombres, una memoria clara y cierta de lo que no existe, y es sólo por eso que soñamos, amamos y morimos: que vivimos, en definitiva. El Sueño, el Amor y la Muerte son los tres nombres propios de esa imposible añoranza que Dios gestiona como nadie en su provecho para renovar su crédito entre la especie. Así, pues, también Él (como muchos de nosotros) sobrevive a crédito, o sea: por encima de sus posibilidades. Aparte de a los teólogos, ¿no debería dar ésto que pensar a los economistas y a los políticos que hoy tienen el mundo en sus manos?... Porque, ¿qué pasaría si Dios, como tantos otros, también terminara por caer en la indigencia y, en vez de crédito, nos limitáramos a darle alguna que otra limosna, o a expulsarle a patadas de la calle en aras de fomentar nuestra buena imagen de cara al turismo? A la larga, ¿no podría conducir ésto a la bancarrota del Sistema? Si Dios se quedara definitivamente sin avales, ¿cómo se mantendría entre nosotros el nítido recuerdo de lo no existente que nos permite soñar, amar y morir con plena solvencia, es decir, sin contraer deudas impagables con la vida que hipotecarían hasta las cejas a las generaciones futuras?... Si en algo nos importa todavía lo que venga después, nuestra posteridad, el crédito no sólo debe fluir sin obstáculos en este mundo que conocemos sino, asimismo, hacia el otro al que, aún sin existir, recordamos. Está en juego nuestro destino como especie y, si fracasamos, la especie misma no tendrá más crédito que gastar, no ya en este planeta, tampoco en el Universo. Si fracasamos nos colonizarán las máquinas y entonces quedará claro que Dios no era otra cosa que ese metafórico tornillo que, según la expresión popular, pierden los hombres cuando se vuelven locos de remate.

martes, 11 de agosto de 2015

¡Olé!

Es tan imposible recordar todo lo que nos pasa por la cabeza como lo es retener el agua contenida en el cuenco de una mano apretando los dedos de la misma hasta cerrar por completo el puño. No, no se puede detener ese flujo imparable como sí se puede hacer, en cambio, con las imágenes del mundo, que siempre es posible capturar en secuencias de fotogramas de forma que no haya dificultad en reconstruir posteriormente cualquier acontecimiento o paisaje memorable paso a paso, cosa que no se logra con los pensamientos o las ideas del mismo tenor que, muy de vez en cuando, atraviesan nuestra mente de parte a parte como una lluvia de estrellas fugaces en el firmamento: de éstas retenemos, si acaso, la memoria de un bombardeo discontinuo (racimo de breves destellos o minúsculos fogonazos) en el campo nocturno presidido por la estrella polar, pero no la particular trayectoria ni el grado de inclinación o intensidad de cada pequeño meteorito que, cual gotas de fuego,  componen esa lluvia incandescente.
Pues bien: algo parecido me ocurre a mi al intentar recordar un pensamiento original y brillante, o una idea maravillosa y deslumbradora, que de manera súbita e inesperada (por causa de una lógica semejante a la de las órbitas siderales) cruzó velozmente, igual que la estela apenas visible de un disparo, entre las ralas neuronas de alguno de mis hemisferios cerebrales, para desaparecer a continuación sin dejar el menor rastro de su paso tras apagarse su brillo como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiera entrado en mi atmósfera vital ordinaria... 
¡Ay!, me lamento ahora que, por fin, casi había logrado superar la lamentable costumbre de lamentarme:  ¡cuántas veces no se habrán perdido de tal forma para mí mis ya de por si escasas posibilidades de llegar a ser un gran poeta o un gran filósofo! ¡Cuántas veces no se habrán extraviado así y para siempre los más bellos versos que jamás escribiré, o las más agudas teorías que ya nunca podré sistematizar adecuadamente para poder figurar de pleno derecho en el panteón de la filosofía universal al lado de un Platón, de un Nietzsche, de un Schopenhauer o (siendo un poco más humilde) de un Juan de Mairena cualquiera que dé clases de Retórica Avanzada (sólo a alumnos oyentes, eso sí) en un instituto de barrio de este país de "moscas perennemente cautivas en su frasco" (como definía Wittgenstein a los que no asocian el filosofar con la conquista de la libertad), donde, según los últimos sondeos, hay cerca de 45 millones de "opinólogos" y casi ningún filósofo que no haya sido antes torero! ¡Oh, sí!, de veras que lo lamento y... ¡Olé! 

lunes, 10 de agosto de 2015

Y poco más

Un escritor no escribe de lo que quiere sino de lo que puede, pues es el tema quién elige al escritor y no a la inversa. Si es honesto, un escritor sólo puede intentar no salir corriendo de aquello que le escribe al escribir y poco más.

La crucifixión de las ranas

Hoy, casi veinte años después de mi último y más sonado enamoramiento, sospecho que el del amor-pasión es un sentimiento sobrevalorado, como también lo es la juventud. Y es lógico porque ambos, amor y juventud, tienen algo en común: suelen ocurrirnos cuando aún no somos nuestros únicos dueños, cuando apenas sabemos quienes somos  y creemos que en otro está la respuesta a esta pregunta. El amor es un acontecimiento que nos sucede cuando todavía somos una potencia de futuro cuya función es construir nuevos mundos y reproducir la vida; no la de reconciliarnos con ambos, con el Mundo y la Vida ontológicamente considerados, con esa pareja de tiranos que a todos nos gobiernan y dirigen con mano de hierro hasta que descubrimos que, en realidad, hemos nacido para otra cosa (por ejemplo: para hacer las paces con nuestro propio corazón, y no para guerrear sin tregua con el de un desconocido al que antaño, cuando éramos jóvenes, creímos poder amar sincera y eternamente...). 
Para entonces, sin embargo, la mayoría se ha acostumbrado de tal modo a esa guerra que ya no pueden entenderse a sí mismos sin la lucha, sin el pelear por pelear, y por eso aducen que es posible cambiar de enemigo pero no retirarse de la pelea: son los que proclaman estar dispuestos a morir abrazados a quienes aman con todo su odio (u odian con todo su amor, tanto monta), atravesados ambos por la única espada que cuenta con dos empuñaduras enfrentadas. Ahora bien: a pasar de su extraño diseño y de sus no menos extrañas características, la espada del amor-pasión hiere y mata como cualquier otra puesto que, a fin de cuentas, se trata de un arma bien afilada, de un arma mortífera. A fin de cuentas, o sirve para abrir heridas o sirve para ensancharlas, no para cerrarlas, no para facilitar la formación de una cicatriz que las trascienda y, después de un tiempo, nos permita olvidarlas.  (La cicatriz y la espada no se pueden ver, y la prueba es que la una sólo aparece y se desarrolla en ausencia de la otra, y que la otra seguirá cumpliendo su cometido en la medida en que la una nunca llegue a completarse dando lugar a un verdadero tejido córneo). 
Cuando la herida de amor no es capaz de cicatrizar se dice comúnmente que éste ha triunfado sobre la muerte, siendo como es la muerte invencible por naturaleza. Pero es mentira porque lo que triunfa ahí no es el amor como tal, sino nuestra penosa y exacerbada sensibilidad de amantes inmortales, en definitiva: nuestro hiperexcitado Sistema Nervioso Central que continua respondiendo a ciertos impulsos incluso después de ser seccionado por la mitad, igual que el de aquella rana abierta en canal sobre la mesa de disección en nuestra antigua clase de Ciencias Naturales. O sea: que el famoso "Misterio del Amor" nunca se halla en el sentimiento que lleva este nombre, sino en el amante que lo concibe y padece, en su raza y tipo concreto de persona apasionada, del mismo modo que, para nosotros, los tiernos escolares del 2º curso de Bachillerato, no era el fenómeno de la conducción eléctrica en los organismos vivos lo misterioso en el experimento de la ranita descoyuntada, sino la graciosa manera en que aquel pequeño y patético cadáver pataleaba en cuanto le acercábamos el electrodo a cierta parte de su anatomía (creo que a la columna vertebral en la zona del bajo vientre expuesta a la vista).
Así, pues, el misterio es siempre lo que hace gracia, lo que tortura. ¿No es acaso por ello, y sólo por ello, que nunca dejará de sorprendernos y fascinarnos la forma que tiene un amante de "patalear" en  reflejo instantáneo a la aproximación accidental o intencionada de su particular electrodo: la persona amada?... (Y, no obstante, ese bichejo crucificado sobre la mesa de estudios elementales que es este mundo lleva muerto desde hace casi veinte años, y su respuesta es sólo un tic descerebrado e inconsciente que nada significa salvo que una corriente de vida circula aún por sus nervios truncados cada vez que un viejo amor se le acerca y, sin quererlo, vuelve a clavarle la oxidada espada de doble empuñadura que él jamás consiguió empuñar por el extremo que le correspondía).  

Un amanecer de cine

¿Será en todos los casos el mundo interior de las personas un mundo emocionalmente bipolar, un mundo de breves y perfumadas alegrías que flotan sobre un continuun pantanoso de insondables pesadumbres al que mantenemos tenazmente en secreto, celosamente oculto?... ¿Por qué, sino, la depresión nos envuelve a veces como una niebla repentina que todo lo difumina y tapa hasta el punto que nuestro entorno más familiar y frecuentado se vuelve irreal e intangible, como le sucedía a aquel personaje de Amarcord (la película de Fellini) que se extraviaba en la misma entrada de su propia casa?...
Hoy me he levantado así, tanteando a ciegas en la blanca oscuridad, preguntando a la nada que me rodea quién soy, dónde estoy, si por casualidad me he muerto sin haberme enterado...

Virginia

Porque de pronto me siento profundamente deprimido recuerdo las palabras de Virginia Woolf poco antes de poner punto final a sus desesperados intentos por adaptar los suyos, sus sentimientos, a los que, se supone, deberían ser los de una mujer como ella, escritora admirada viviendo en la campiña inglesa y felizmente casada con su propio editor: "...No podemos darle la espalda a la vida". ¿Echaba de menos solamente las tertulias literarias con sus amigos londinenses, la época del Boomsbury y de Vita (el nombre lo dice todo), su amiga y amante más querida...? ¿O bien añoraba el sentimiento mismo del vivir en plenitud, el sentimiento de quien vive sin pensar en ningún momento que no vive, de quien nunca siente estar lejos de la vida al sólo tener a su alcance una existencia sencilla comprometida en un quehacer cualquiera, y no la doble vida del creador, la duplicada conciencia de aquel al que no le basta con lo creado y necesita, por ello, crear? ¿O quizás, simplemente, se sentía irremediablemente sola, irremediablemente aislada, irremediablemente "diferente"?... No lo sé, tal vez nadie lo sepa... ¿Quién osaría saber lo que siente un genio cuando siente que se está volviendo loco sin remedio, que en el fondo ya no siente nada, y que incluso volver a sentir sería completamente inútil?... 

jueves, 6 de agosto de 2015

Las fábulas fugaces: araña (Extracto de una entrevista con Nadie, escritor fantasma)

Reportero: ¿En qué consiste el oficio de escritor, señor Nadie?
Nadie: Escribir no es un oficio. Parece mentira que usted aún no lo sepa cuando mi madre, que es casi analfabeta, lo sabe desde que yo tenía seis años, que fue cuando empecé a escribir.

R: Disculpe pero no le entiendo...

N: Ya somos dos.

R: ¿Dos qué...?

N: Dos que no me entienden.

R: ¿Quiere decir que el escritor no es un trabajador, en realidad?
N: Usted lo ha dicho, no yo: hágalo constar. Pero, ya que estamos, le diré que no le falta razón: algo de eso hay, sí señor.
R: Veamos… Usted ha escrito en alguna parte que el escritor es como una araña. ¿Por qué lo dijo? ¿Lo dijo porque ambos trabajan fabricando, con los destilados de sus entrañas, una red en la que atrapar a sus potenciales víctimas?
N: ¡Santo Dios! ¡Qué portentosa imaginación tiene usted! Dígame: ¿no ha pensado en abandonar el periodismo y hacerse uno de los nuestros?
R: No, no quiero ser una “araña”.
N: ¡Jajaja! ¡Lástima! Le aseguro que tiene cualidades especiales para ello. Para empezar, domina a la perfección el arte de hilar las metáforas hasta conseguir que las palabras sólo valgan para colgárselas del cuello, como las medallas.
R: Bien. Y ahora en serio: ¿quiere responderme, por favor?
N: ¿Cuál era la pregunta? Disculpe pero, a pesar de ser casi un desconocido en el mundillo literario, ya estoy un poco viejo y sufro notables lagunas en lo que se refiere a la memoria inmediata.
R: Decía que en qué consiste para usted su profesión.
N: Yo no tengo profesión alguna: por eso soy escritor, ya se lo dije.
R: ¡Ah! Así que su profesión consiste en no tenerla. Bien, me parece una respuesta bastante original. La transcribiré literalmente, se lo prometo.
N: Como quiera, pero por mi puede escribir lo que le dé la gana: no pienso demandarle por difamación.
R: Un periodista que se respete a sí mismo no puede hacer eso: no puede escribir palabras que no hayan salido de la boca del entrevistado. Si lo hiciera no sería un buen profesional. 
N: ¡Ah! Entonces tampoco podrá reproducir usted mi símil de la araña porque no ha salido de la mía. No en esta ocasión. 
R: Pero en alguno de los escasos escritos que ha publicado ha sugerido usted que no es desacertado...
N: No, amigo mío: yo lo único que he sugerido es que, en cuanto animales laboriosos, ambos pertenecemos a la categoría de los tejedores. Nada más.
R: Perdone pero esa no es exactamente la verdad. Por aquí lo tengo anotado... Literalmente, esto es lo que ha dicho: "Las arañas son especialistas en no soltar el hilo hasta cerrar esa perfecta trampa de estilo que es cualquier telaraña: en comparación, la mayoría de nosotros, los escritores, no somos más que tejedores aficionados, y haríamos lo correcto si solo intentáramos copiar su técnica sentados ante nuestros propios telares”. ¿No lo recuerda...?
N: Pues no. Ya le avisé antes de que mi memoria es una calamidad.
R: En ese caso, si lo que se propone es desmentirla en todas sus partes, sería mejor dar por terminada la entrevista, ¿no cree?
N: Vale. Pero, por favor, no patalee tanto cada vez que una de mis respuestas no es de su agrado. Sé lo que intenta con eso: intenta enredarme aún más en esa otra telaraña tan pegajosa en la que, después de mucho dudar, he caído atrapado como una mosca al aceptar que me entrevistaran.
R: ¿De qué me habla...? 
N: De ustedes: de la Prensa, naturalmente. No finja que no lo sabe: la Prensa en su conjunto es otra araña a la que la gente como yo sirve de ocasional despensa alimenticia que saquear a la desesperada, cuando ya no le quedan otros recursos a los que echarles el diente.
R: Ahora que lo menciona, esa era precisamente la última pregunta de mi cuestionario: el capítulo alimenticio. ¿De qué vive usted, si no es de su literatura? 
N: No lo sé pero no me quejo.  Y menos lo haré en una revista como la suya cuyos lectores han de ser en su totalidad inspectores del Fisco puesto que, si no, no me explico que interés podría tener para ellos que yo respondiese a esa pregunta. ¡Bien, se acabó su tiempo!: ya le ha concedido el suficiente como para arrepentirme de esa pérdida el resto de mi vida. Eso sí: como su fotógrafo no se de prisa en llegar, ninguno de los dos, ni usted ni yo, vamos a salir en la foto que, sin duda, será la imagen del año a juicio de todos sus compañeros de profesión.
R: Descuide que llegará: él también es un profesional como la copa de un pino. 
N: Eso es un gran consuelo, desde luego. ¿Qué sería de nosotros sin los profesionales, verdad? ¿Sabe...? Me da pena por usted: al fin y al cabo usted es útil, no como yo, y debe resultarle doloroso tener que perder tanto tiempo con un personaje al que no reconocen ni en su casa a la hora de comer.
R: ¡Qué se le va a hacer! ¡Son gajes del oficio! Lo siento pero tengo que preguntarle otra cosa: la curiosidad es lo último que se pierde, ya sabe. ¿Tiene usted familia?
N: ¿Por quién me toma, amigo mío? Los escritores no tenemos más hijos que nuestros libros.
R (sonriendo con sarcasmo): Pues menos mal porque, que yo sepa, libros, lo que se dice libros, tampoco tiene ninguno. Eso de no tener hijos ha de ser un alivio nada pequeño en un momento como este, ¿no?... Quiero decir: cuando uno se da cuenta de que, en realidad, no es “nadie”.
N (sonriendo de igual modo, pero de oreja a oreja): ¡No lo sabe usted bien, amigo! Ser nadie es una verdadera bendición que debería probar: se lo recomiendo encarecidamente. Las personas no te saludan de buen grado y uno pasa desapercibido en todas partes, se vuelve realmente invisible. ¡Es una bendición, se lo aseguro! Además, no supone ningún trabajo desaparecer del recuerdo y la percepción de los demás: solo hay que consentir en hacerse escritor a jornada completa y no conceder entrevistas. ¡Pruebe y verá!
R (dejando de sonreír bruscamente): ¡Ah! ¡Ahí llega mi fotógrafo! Ha tenido usted suerte: al fin van a poder inmortalizarle, señor Nadie... Y eso sin necesidad de haber escrito nada que valga la pena.
N (echando a andar en sentido contrario): ¿No se lo había dicho…? No solo soy nadie, también soy un fantasma: mi imagen no se registra ni en los espejos ni el papel cuché. ¡Lo siento, otra vez será! Si antes no le devora una araña, búsqueme cuando me den el Nóbel. Adiós y buenos días.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Azul marino, II

...Más luego, no bien va avanzando el día, voy comprendiendo que mi supuesto vínculo de gemelaridad con Kafka no es más  que otro invento defectuoso de mi neurosis de escritor, neurosis que, en realidad, en poco se parece a la suya ya que él, si de algo quería ser rescatado, era precisamente de ese cotidiano vivir en la piel de cualquier hombre culto que se siente atrapado en la maquinaria de la Civilización, en cuyo absurdo mecanismo no es más que otra pieza anodina y sin alma. Poco a poco voy comprendiendo que él, en realidad, quizás hubiese querido ser raptado por el capitán de un barco que le llevara sin escalas hasta una isla desierta donde el azul marino fuera el único color reinante en la redonda, el color totalitario bajo el cielo; voy entendiendo que nuestra pretendida hermandad es la que existe entre todos los neuróticos del mundo, cuyo común denominador espiritual es la necesidad constante de darse a la fuga, de huir de una realidad de pesadilla a otra que se les antoja un sueño sólo porque aún no se han instalado en ella, ya que, de llegar a hacerlo, en seguida serían otra vez víctimas del deseo de fugarse. 
Si mal no recuerdo, el anhelo más reiterativo de Frank Kafka era huir a un sótano de gruesas paredes donde poder escribir sin parar y sin ser molestado, para lo cual imaginaba que alguien (probablemente una de sus novias frustradas, Felice o Milena) sería la encargada de pasarle la comida  por debajo de la puerta acorazada, de modo que él no se vería obligado a interrumpir la redacción de sus prodigiosos escritos por una razón tan superficial e inútil como la ingesta puntual de alimentos sentado a una mesa familiar, un rito que un artista del hambre como él despreciaba desde que era niño. Y, en paralelo al suyo, el mío, mi anhelo más resistente, aunque no tenía nada que ver con un sótano, no era muy distinto porque estaba en relación con un fallado: como el neurótico Kafka, yo siempre había querido refugiarme de la máquina civilizadora en una de esas buhardillas bohemias cuyas claraboyas se abren al cielo estrellado como bocas que bostezan de pereza y aburrimiento; y habría querido también permanecer allí sin moverme mientras aguardaba la visita puntual de una mujer que me traía a domicilio el que para mi era el único alimento imprescindible (el amor servido en bandeja), y a la que yo, naturalmente, franqueaba el paso con gran rapidez pero, eso sí, sin obligarla a pasar antes por debajo de la puerta... 
Como se ve (salvedad hecha de la planta o nivel de la casa en que cada cual se acuartelaba) nuestras mutuas neurosis eran bastante similares, y se podría decir, pues, que Kafka y yo no sólo habitábamos en el mismo edificio espiritual, sino que éramos en verdad gemelos que prácticamente vivían puerta con puerta. Por tanto, mi suposición de nuestra consanguinidad literaria no era del todo equivocada y el vínculo entre nosotros existía, sin duda alguna, si no en los textos elaborados por cada quien, sí en el contexto general del Ser respectivo. Los dos éramos Robinsones habitantes de islas solitarias, y no importaba que uno quisiera, sobre todo, huir de la civilización y el otro huir hacia ella, porque lo más importante es que éramos escritores de un solo tema (la Fuga), cuya perspectiva se pintaba de un único color en sus obsesivas retinas de náufragos: el azul marino, vaya.

Azul marino, I

A veces, tras un nuevo despertar en el "día de la marmota" que es cualquiera de los días de mi vida actual, sé que en los ojos tengo la mirada de Robinson Crusoe al atisbar por enésima vez el mar que rodeaba su isla y constatar el desolador vacío entre él y el horizonte, la abrumadora ausencia de una vela blanca destacando contra el fondo eternamente azul del mar y el cielo superpuestos. El azul es el color de la soledad "crusoeniana", la soledad del náufrago en su isla desierta, y también el color de algunos escritores, cuya situación -salvando las distancias- viene a ser la misma.  Imagino que Kafka, por ejemplo, la tenía, tenía esta mirada cuando en plena noche, al levantar un momento la cabeza de su mesa de trabajo, sorprendía al mundo desnudo de toda forma animada en su superficie y sentía, entonces, cuán lejos se hallaba de la civilización conocida, de los hombres que (se suponía) eran sus iguales y, en general, de la vida misma, entendida ésta como la manifestación sensible del caos y el calor humanos. Yo no soy Kafka, obviamente, pero a veces podría jurar que él y yo no somos tan distintos, sin que ésto quiera decir que yo pretenda estar a su altura: lejos de mi tal pretensión desorbitada. Es sólo que, en ciertos instantes, sé exactamente cuáles eran sus sentimientos (y las sensaciones que les iban aparejadas), como si ambos fuéramos gemelos univitelinos que, más allá de la época y de las respectivas culturas nacionales, estuviéramos conectados por una sangre intemporal en la que navegan a la deriva los mismos genes: los genes de la Escritura de la que los dos descendemos y que determina, en definitiva, el tipo de escritor que somos. Creo que él y yo somos escritores del tipo "Robinson", del tipo "azul marino", sólo éso: el tipo de escritores que, hagan lo que hagan, siempre van a parar a una isla desierta, a un espacio vacío que, a su vez, está rodeado del Gran Vacío, de un océano de soledad completamente desnuda, que es el atuendo de todo lo que es salvaje en la Naturaleza. Y creo, por supuesto, que Kafka también conocía y sufría este anhelo desesperado de todos los escritores que son como nosotros: el brutal y reincidente anhelo de ser rescatados cuanto antes de nuestro aislamiento, de nuestro destino de náufragos, por la brusca aparición de una vela salvadora que (de repente, de forma inesperada de tan esperada) irrumpe y restalla sobre las olas con la alegría propia de aquello que contiene en sí la promesa de vivir, de volver a vivir una vida que merezca tal nombre entre los hombres civilizados...

martes, 4 de agosto de 2015

De lo raro y lo bello

La mera belleza física no conlleva mérito: es un pájaro que, por lo común, se posa en cualquier rama. La distinción o rareza, en cambio. no. La rareza elige meticulosa y cuidadosamente sus nidos; y, al elegir, casi nunca emplea criterios estéticos al uso. He conocido a personas feas que evidenciaban una tremenda distinción a primera vista: eran raras a distancia, se les notaba de lejos. La belleza suele ser lo primero que se distingue en los demás pero, por lo general, ser raro es mucho más distinguido que ser bello. Y el colmo es cuando se es raro y bello a la vez: no hay quien se resista a esta combinación. ¿Por qué? Porque da que pensar, y lo que hace pensar nos enamora. El amor comparte el hábito (también llamado vicio) de la Filosofía: piensa, no deja de pensar, hace pensar continuamente. Esa es su belleza y su rareza, y hay quien dice que esta suma da como resultado lo terrible. ¿Qué raro, no?...

Casi sin quererlo

La lucha de un escritor se desarrolla en ese terreno minado que va desde el deseo de decir justo y solamente lo que se quiere comunicar a lo que, finalmente, se consigue expresar, que casi nunca es, en realidad, lo que en principio se pensaba. Durante el tránsito por ese campo de minas lo normal es que nuestras intenciones y expectativas salten por los aires varias veces seguidas, y que acaben reventadas, esparcidas aquí y allá como muñones amputados de un cuerpo ya irreconocible. En ese momento, la desolación suele ser terrible y a uno le entran ganas de desistir, de no seguir adelante para no acabar hecho trizas él mismo, como su valeroso y valiosísimo mensaje. Sin embargo, no se sabe cómo, sigue, tratando aún de poner a salvo lo poco que queda intacto de él, el trozo más grande del cadáver, y pensando que todavía podría conseguir una medalla por la hazaña si lograra hacerle llegar más o menos entero al puesto de reconocimiento más cercano, para, una vez allí, demostrar su identidad original, o sea: aquello que, de forma precisa e inequívoca, se quería decir en origen. Pero, naturalmente, ya no es posible salvar nada que tenga un sentido ni remotamente parecido a ése, y, entonces, es cuando uno ha de probar que es de veras un artista, pues (si no consiente en rendirse) deberá improvisar sobre la marcha un nuevo comunicado que, ética y estéticamente, sea igual de válido que el primero, y hacerlo aprovechando las partes sueltas del anterior, hilvanándolas según un nuevo orden de prioridades, o bien amalgamándolas en otra aleación tan novedosa, extraña y maravillosa que se diría perteneciente al núcleo duro de un meteorito (por tanto, un fruto caído de las estrellas y no crecido en esta tierra: no en un cerebro vulgar y corriente, al menos, sino en uno genial que ha sido regado y estercolado como Dios manda, con la sangre y las ideas de "lo mejorcito de la humanidad"). 
Es así cómo -casi sin quererlo- uno acaba diciendo lo que nunca había pensado que sería capaz de decir y que, desde luego, apenas le pertenece pues, en el fondo, le ha sido sugerido por una entelequia sin nombre, mucho más inteligente y sensible que su propia y modesta persona, y de la que la prudencia más elemental obliga a callar lo poco que de ella se sabe, sobre todo cuando uno es sabio o tiene aspiraciones de llegar a serlo. (No obstante, y como no podía ser de otra manera, el atrevimiento de los ignorantes le ha dado infinidad de denominaciones, entre las que destacan las populares Musa e Inspiración, y las más intelectuales Numen, Lira, Vena, Plectro o Soplo, no siendo por supuesto ninguna de ellas un equivalente o sinónimo del ente espectral antes citado, sino, simplemente, un múltiple y vanidoso intento de definición de algo que no se puede definir en absoluto puesto que ni tan siquiera se trata de un animal mitológico o de un alienígena abstracto, fenómenos simpáticos para los que, como todo el mundo sabe, sí existen anatomistas especializados capaces de hacer su descripción y la correspondiente clasificación o catalogación pseudocientífica).

lunes, 3 de agosto de 2015

Bosquejo de mi mismo, que no autoretrato

El otro día recién he comprendido que, sumando dichas y desdichas, en general he sido bastante infeliz (aclaro que mis dichas fueron, en su mayoría, del tipo tormentoso, y que las desdichas nunca estuvieron a la misma altura). 
En esencia no creo haber sido un hombre triste, pero si algo "unamuniano" en la vivencia de la sentimentalidad: exageradamente trágico en el sentir, e irónico, casi cáustico, en el pensar (ojalá hubiera sido al revés).  
Desde mi juventud (y aún antes) me he dedicado a huir con relativa frecuencia de la Realidad al Mito sin tomar la precaución de señalizar el camino para cuando me fuese forzoso hacer el recorrido inverso (la consecuencia es que hoy en día soy una persona ligeramente irreal, si bien pienso que no llego a la categoría de fantasma, aunque no sea yo quien para decirlo). 
Como es natural, he tenido mis más y mis menos con el sentido común y, finalmente, se diría que él y yo hemos hecho tablas porque continuo manteniendo la cabeza sobre los hombros y el corazón en las nubes, donde siempre estuvo. (Por cierto: en los últimos veinte años sólo me lo han roto una vez, lo cual es como confesar que, en lo que atañe a mujeres, soy pobre de solemnidad). 
De mis siete vidas en reserva seguramente he gastado más de la mitad en ilusiones fallidas, y las restantes las he dilapidado -no muy alegremente, eso sí- en ingenuas inversiones que prefiero olvidar (en su mayor parte aceptando los sablazos de amigos y enemigos, a los que aprecio por igual). 
Declaro aquí, ante testigos, que mi capital humano ha sufrido sucesivas quitas que le han dejado casi en los huesos, y que por eso es que necesito un crédito urgente para ir tirando (agradecería a quien se sienta generoso que se abstenga de pedirme avales, y le advierto de pasada que no podré pagar intereses en los próximos mil años).
Si he de ser sincero (¡y por Dios que debería serlo de una puñetera vez!) ya no hay nada que esperar de mi: una verdad que ahora procuro predicar con el ejemplo...

Puntería

¡Ah! ¡Esta sensación que penetra hasta el tuétano de los sueños de haber prendido siempre el hilo equivocado...! ¡En mis estudios, en cada encrucijada de la vida, en los argumentos y en las justificaciones, tanto a la hora de amar como de vivir o escribir...! ¡Ah! ¡Qué increíble puntería la mía, golpeando machaconamente en el dedo gordo cada vez que quería descargar mi más certero golpe sobre el clavo de turno con toda la fuerza de que era capaz...!

domingo, 2 de agosto de 2015

De los derechos del artista

Ni en las sociedades comunistas, donde el hombre debía trabajar como un esclavo para hacer rico al Estado, ni en las capitalistas, donde ha de aceptar alguna forma de esclavitud voluntaria para tener él mismo derecho a cierta riqueza o bienestar, no encuentra fácilmente acomodo este extraño individuo que ejerce de por vida la soberanía infantil encarnada en el sueño a ultranza de la Belleza y la Libertad. La sociedad, cualquier sociedad, es un Oscuro Imperio del Pragmatismo donde rige la razón de la actividad eficaz y solidaria, la búsqueda de resultados materiales y el deseo de perduración biológica. Todo sujeto que no persiga tales fines per se no tiene un hueco natural en ellas, salvo que el éxito (y, por tanto, el dinero) le fabrique uno a su medida. Así pues, sea cual sea el modelo social en que viva, la salvación del artista pasa por alcanzar cierto reconocimiento, un triunfo más o menos sonoro del que poder mamar y sobrevivir representando su papel. Fuera de este marco que le torna aceptable como individuo, la insistencia en el arte supone una rebeldía que es tildada casi unánimemente de locura, y conlleva la renuncia a la "felicidad cívica", entendiendo por tal la suma de los derechos reservados al ciudadano que, sin ser necesariamente ejemplar, asume los objetivos y responsabilidades sociales antes citadas. En estas duras circunstancias, la exclusiva fidelidad del artista al sentido superior que preside su vida -o sea, su obra- conduce al suicidio, ya sea cívico o personal, debido a que su radical elección será interpretada por una mayoría como "capricho", cosa que, en un adulto, merece la condena de sus iguales que, al contrario que él, son ciudadanos responsables. Y como es lógico (puesto que su pasión le hace desatender sus deberes como miembro de un grupo o comunidad), a ese hombre se le retirarán de facto un buen número de derechos sin que la sociedad interiorice apenas su parte de culpa en este acto inhumano que casi el pleno de la humanidad aprueba, o al menos no rechaza abiertamente. Conscientemente o no, con su elección vital él se ha puesto a la altura de los parias, de los criminales y los marginados, y, en consecuencia, le corresponde la misma consideración y el mismo destino. A partir de ahí, y por mor de su insobornable vocación, tendrá poco que ganar y casi todo a perder (familia, pareja, amistades, trabajo, etc). Puede, incluso, que hasta pierda realmente la cabeza y un psiquiatra a sueldo del Estado le declare loco, en efecto. Como los de cualquier otro miserable, sus derechos básicos han caducado y, por no tener, ese rebelde ya no tiene garantizado sino el rechazo general y la incertidumbre diaria. A partir de ahí tal vez  ya sólo tenga acceso "a las noches en llamas y a la risa perfecta", en feliz expresión del infeliz borracho Bukowski, quien exaltaba así su propia y trágica aventura en busca de la Libertad y la Belleza. (Y es que, en el fondo de su corazón, aquel loco y admirable bastardo seguía siendo un niño soberano que, en su inocencia de creador, sentía estar combatiendo en "la única batalla que cuenta", en la única que es preciso dar y ganar en esta guerra perdida antes incluso de su declaración en que consiste, para algunos de nosotros, el estar vivo...).