...Más luego, no bien va avanzando el día, voy comprendiendo que mi supuesto vínculo de gemelaridad con Kafka no es más que otro invento defectuoso de mi neurosis de escritor, neurosis que, en realidad, en poco se parece a la suya ya que él, si de algo quería ser rescatado, era precisamente de ese cotidiano vivir en la piel de cualquier hombre culto que se siente atrapado en la maquinaria de la Civilización, en cuyo absurdo mecanismo no es más que otra pieza anodina y sin alma. Poco a poco voy comprendiendo que él, en realidad, quizás hubiese querido ser raptado por el capitán de un barco que le llevara sin escalas hasta una isla desierta donde el azul marino fuera el único color reinante en la redonda, el color totalitario bajo el cielo; voy entendiendo que nuestra pretendida hermandad es la que existe entre todos los neuróticos del mundo, cuyo común denominador espiritual es la necesidad constante de darse a la fuga, de huir de una realidad de pesadilla a otra que se les antoja un sueño sólo porque aún no se han instalado en ella, ya que, de llegar a hacerlo, en seguida serían otra vez víctimas del deseo de fugarse.
Si mal no recuerdo, el anhelo más reiterativo de Frank Kafka era huir a un sótano de gruesas paredes donde poder escribir sin parar y sin ser molestado, para lo cual imaginaba que alguien (probablemente una de sus novias frustradas, Felice o Milena) sería la encargada de pasarle la comida por debajo de la puerta acorazada, de modo que él no se vería obligado a interrumpir la redacción de sus prodigiosos escritos por una razón tan superficial e inútil como la ingesta puntual de alimentos sentado a una mesa familiar, un rito que un artista del hambre como él despreciaba desde que era niño. Y, en paralelo al suyo, el mío, mi anhelo más resistente, aunque no tenía nada que ver con un sótano, no era muy distinto porque estaba en relación con un fallado: como el neurótico Kafka, yo siempre había querido refugiarme de la máquina civilizadora en una de esas buhardillas bohemias cuyas claraboyas se abren al cielo estrellado como bocas que bostezan de pereza y aburrimiento; y habría querido también permanecer allí sin moverme mientras aguardaba la visita puntual de una mujer que me traía a domicilio el que para mi era el único alimento imprescindible (el amor servido en bandeja), y a la que yo, naturalmente, franqueaba el paso con gran rapidez pero, eso sí, sin obligarla a pasar antes por debajo de la puerta...
Como se ve (salvedad hecha de la planta o nivel de la casa en que cada cual se acuartelaba) nuestras mutuas neurosis eran bastante similares, y se podría decir, pues, que Kafka y yo no sólo habitábamos en el mismo edificio espiritual, sino que éramos en verdad gemelos que prácticamente vivían puerta con puerta. Por tanto, mi suposición de nuestra consanguinidad literaria no era del todo equivocada y el vínculo entre nosotros existía, sin duda alguna, si no en los textos elaborados por cada quien, sí en el contexto general del Ser respectivo. Los dos éramos Robinsones habitantes de islas solitarias, y no importaba que uno quisiera, sobre todo, huir de la civilización y el otro huir hacia ella, porque lo más importante es que éramos escritores de un solo tema (la Fuga), cuya perspectiva se pintaba de un único color en sus obsesivas retinas de náufragos: el azul marino, vaya.
Como se ve (salvedad hecha de la planta o nivel de la casa en que cada cual se acuartelaba) nuestras mutuas neurosis eran bastante similares, y se podría decir, pues, que Kafka y yo no sólo habitábamos en el mismo edificio espiritual, sino que éramos en verdad gemelos que prácticamente vivían puerta con puerta. Por tanto, mi suposición de nuestra consanguinidad literaria no era del todo equivocada y el vínculo entre nosotros existía, sin duda alguna, si no en los textos elaborados por cada quien, sí en el contexto general del Ser respectivo. Los dos éramos Robinsones habitantes de islas solitarias, y no importaba que uno quisiera, sobre todo, huir de la civilización y el otro huir hacia ella, porque lo más importante es que éramos escritores de un solo tema (la Fuga), cuya perspectiva se pintaba de un único color en sus obsesivas retinas de náufragos: el azul marino, vaya.
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