"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 5 de agosto de 2015

Azul marino, I

A veces, tras un nuevo despertar en el "día de la marmota" que es cualquiera de los días de mi vida actual, sé que en los ojos tengo la mirada de Robinson Crusoe al atisbar por enésima vez el mar que rodeaba su isla y constatar el desolador vacío entre él y el horizonte, la abrumadora ausencia de una vela blanca destacando contra el fondo eternamente azul del mar y el cielo superpuestos. El azul es el color de la soledad "crusoeniana", la soledad del náufrago en su isla desierta, y también el color de algunos escritores, cuya situación -salvando las distancias- viene a ser la misma.  Imagino que Kafka, por ejemplo, la tenía, tenía esta mirada cuando en plena noche, al levantar un momento la cabeza de su mesa de trabajo, sorprendía al mundo desnudo de toda forma animada en su superficie y sentía, entonces, cuán lejos se hallaba de la civilización conocida, de los hombres que (se suponía) eran sus iguales y, en general, de la vida misma, entendida ésta como la manifestación sensible del caos y el calor humanos. Yo no soy Kafka, obviamente, pero a veces podría jurar que él y yo no somos tan distintos, sin que ésto quiera decir que yo pretenda estar a su altura: lejos de mi tal pretensión desorbitada. Es sólo que, en ciertos instantes, sé exactamente cuáles eran sus sentimientos (y las sensaciones que les iban aparejadas), como si ambos fuéramos gemelos univitelinos que, más allá de la época y de las respectivas culturas nacionales, estuviéramos conectados por una sangre intemporal en la que navegan a la deriva los mismos genes: los genes de la Escritura de la que los dos descendemos y que determina, en definitiva, el tipo de escritor que somos. Creo que él y yo somos escritores del tipo "Robinson", del tipo "azul marino", sólo éso: el tipo de escritores que, hagan lo que hagan, siempre van a parar a una isla desierta, a un espacio vacío que, a su vez, está rodeado del Gran Vacío, de un océano de soledad completamente desnuda, que es el atuendo de todo lo que es salvaje en la Naturaleza. Y creo, por supuesto, que Kafka también conocía y sufría este anhelo desesperado de todos los escritores que son como nosotros: el brutal y reincidente anhelo de ser rescatados cuanto antes de nuestro aislamiento, de nuestro destino de náufragos, por la brusca aparición de una vela salvadora que (de repente, de forma inesperada de tan esperada) irrumpe y restalla sobre las olas con la alegría propia de aquello que contiene en sí la promesa de vivir, de volver a vivir una vida que merezca tal nombre entre los hombres civilizados...

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