El otro día recién he comprendido que, sumando dichas y desdichas, en general he sido bastante infeliz (aclaro que mis dichas fueron, en su mayoría, del tipo tormentoso, y que las desdichas nunca estuvieron a la misma altura).
En esencia no creo haber sido un hombre triste, pero si algo "unamuniano" en la vivencia de la sentimentalidad: exageradamente trágico en el sentir, e irónico, casi cáustico, en el pensar (ojalá hubiera sido al revés).
Desde mi juventud (y aún antes) me he dedicado a huir con relativa frecuencia de la Realidad al Mito sin tomar la precaución de señalizar el camino para cuando me fuese forzoso hacer el recorrido inverso (la consecuencia es que hoy en día soy una persona ligeramente irreal, si bien pienso que no llego a la categoría de fantasma, aunque no sea yo quien para decirlo).
Como es natural, he tenido mis más y mis menos con el sentido común y, finalmente, se diría que él y yo hemos hecho tablas porque continuo manteniendo la cabeza sobre los hombros y el corazón en las nubes, donde siempre estuvo. (Por cierto: en los últimos veinte años sólo me lo han roto una vez, lo cual es como confesar que, en lo que atañe a mujeres, soy pobre de solemnidad).
De mis siete vidas en reserva seguramente he gastado más de la mitad en ilusiones fallidas, y las restantes las he dilapidado -no muy alegremente, eso sí- en ingenuas inversiones que prefiero olvidar (en su mayor parte aceptando los sablazos de amigos y enemigos, a los que aprecio por igual).
Declaro aquí, ante testigos, que mi capital humano ha sufrido sucesivas quitas que le han dejado casi en los huesos, y que por eso es que necesito un crédito urgente para ir tirando (agradecería a quien se sienta generoso que se abstenga de pedirme avales, y le advierto de pasada que no podré pagar intereses en los próximos mil años).
Si he de ser sincero (¡y por Dios que debería serlo de una puñetera vez!) ya no hay nada que esperar de mi: una verdad que ahora procuro predicar con el ejemplo...
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