"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 4 de agosto de 2015

Casi sin quererlo

La lucha de un escritor se desarrolla en ese terreno minado que va desde el deseo de decir justo y solamente lo que se quiere comunicar a lo que, finalmente, se consigue expresar, que casi nunca es, en realidad, lo que en principio se pensaba. Durante el tránsito por ese campo de minas lo normal es que nuestras intenciones y expectativas salten por los aires varias veces seguidas, y que acaben reventadas, esparcidas aquí y allá como muñones amputados de un cuerpo ya irreconocible. En ese momento, la desolación suele ser terrible y a uno le entran ganas de desistir, de no seguir adelante para no acabar hecho trizas él mismo, como su valeroso y valiosísimo mensaje. Sin embargo, no se sabe cómo, sigue, tratando aún de poner a salvo lo poco que queda intacto de él, el trozo más grande del cadáver, y pensando que todavía podría conseguir una medalla por la hazaña si lograra hacerle llegar más o menos entero al puesto de reconocimiento más cercano, para, una vez allí, demostrar su identidad original, o sea: aquello que, de forma precisa e inequívoca, se quería decir en origen. Pero, naturalmente, ya no es posible salvar nada que tenga un sentido ni remotamente parecido a ése, y, entonces, es cuando uno ha de probar que es de veras un artista, pues (si no consiente en rendirse) deberá improvisar sobre la marcha un nuevo comunicado que, ética y estéticamente, sea igual de válido que el primero, y hacerlo aprovechando las partes sueltas del anterior, hilvanándolas según un nuevo orden de prioridades, o bien amalgamándolas en otra aleación tan novedosa, extraña y maravillosa que se diría perteneciente al núcleo duro de un meteorito (por tanto, un fruto caído de las estrellas y no crecido en esta tierra: no en un cerebro vulgar y corriente, al menos, sino en uno genial que ha sido regado y estercolado como Dios manda, con la sangre y las ideas de "lo mejorcito de la humanidad"). 
Es así cómo -casi sin quererlo- uno acaba diciendo lo que nunca había pensado que sería capaz de decir y que, desde luego, apenas le pertenece pues, en el fondo, le ha sido sugerido por una entelequia sin nombre, mucho más inteligente y sensible que su propia y modesta persona, y de la que la prudencia más elemental obliga a callar lo poco que de ella se sabe, sobre todo cuando uno es sabio o tiene aspiraciones de llegar a serlo. (No obstante, y como no podía ser de otra manera, el atrevimiento de los ignorantes le ha dado infinidad de denominaciones, entre las que destacan las populares Musa e Inspiración, y las más intelectuales Numen, Lira, Vena, Plectro o Soplo, no siendo por supuesto ninguna de ellas un equivalente o sinónimo del ente espectral antes citado, sino, simplemente, un múltiple y vanidoso intento de definición de algo que no se puede definir en absoluto puesto que ni tan siquiera se trata de un animal mitológico o de un alienígena abstracto, fenómenos simpáticos para los que, como todo el mundo sabe, sí existen anatomistas especializados capaces de hacer su descripción y la correspondiente clasificación o catalogación pseudocientífica).

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