Ni en las sociedades comunistas, donde el hombre debía trabajar como un esclavo para hacer rico al Estado, ni en las capitalistas, donde ha de aceptar alguna forma de esclavitud voluntaria para tener él mismo derecho a cierta riqueza o bienestar, no encuentra fácilmente acomodo este extraño individuo que ejerce de por vida la soberanía infantil encarnada en el sueño a ultranza de la Belleza y la Libertad. La sociedad, cualquier sociedad, es un Oscuro Imperio del Pragmatismo donde rige la razón de la actividad eficaz y solidaria, la búsqueda de resultados materiales y el deseo de perduración biológica. Todo sujeto que no persiga tales fines per se no tiene un hueco natural en ellas, salvo que el éxito (y, por tanto, el dinero) le fabrique uno a su medida. Así pues, sea cual sea el modelo social en que viva, la salvación del artista pasa por alcanzar cierto reconocimiento, un triunfo más o menos sonoro del que poder mamar y sobrevivir representando su papel. Fuera de este marco que le torna aceptable como individuo, la insistencia en el arte supone una rebeldía que es tildada casi unánimemente de locura, y conlleva la renuncia a la "felicidad cívica", entendiendo por tal la suma de los derechos reservados al ciudadano que, sin ser necesariamente ejemplar, asume los objetivos y responsabilidades sociales antes citadas. En estas duras circunstancias, la exclusiva fidelidad del artista al sentido superior que preside su vida -o sea, su obra- conduce al suicidio, ya sea cívico o personal, debido a que su radical elección será interpretada por una mayoría como "capricho", cosa que, en un adulto, merece la condena de sus iguales que, al contrario que él, son ciudadanos responsables. Y como es lógico (puesto que su pasión le hace desatender sus deberes como miembro de un grupo o comunidad), a ese hombre se le retirarán de facto un buen número de derechos sin que la sociedad interiorice apenas su parte de culpa en este acto inhumano que casi el pleno de la humanidad aprueba, o al menos no rechaza abiertamente. Conscientemente o no, con su elección vital él se ha puesto a la altura de los parias, de los criminales y los marginados, y, en consecuencia, le corresponde la misma consideración y el mismo destino. A partir de ahí, y por mor de su insobornable vocación, tendrá poco que ganar y casi todo a perder (familia, pareja, amistades, trabajo, etc). Puede, incluso, que hasta pierda realmente la cabeza y un psiquiatra a sueldo del Estado le declare loco, en efecto. Como los de cualquier otro miserable, sus derechos básicos han caducado y, por no tener, ese rebelde ya no tiene garantizado sino el rechazo general y la incertidumbre diaria. A partir de ahí tal vez ya sólo tenga acceso "a las noches en llamas y a la risa perfecta", en feliz expresión del infeliz borracho Bukowski, quien exaltaba así su propia y trágica aventura en busca de la Libertad y la Belleza. (Y es que, en el fondo de su corazón, aquel loco y admirable bastardo seguía siendo un niño soberano que, en su inocencia de creador, sentía estar combatiendo en "la única batalla que cuenta", en la única que es preciso dar y ganar en esta guerra perdida antes incluso de su declaración en que consiste, para algunos de nosotros, el estar vivo...).
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