Como el de cualquier río, el único sentido que puede tener la escritura es el de ser un fluir peculiar e inagotable que ofrece la posibilidad a quien se le acerca de aquietar y ordenar sus propios pensamientos y emociones. Ningún cauce piensa por si mismo, simplemente fluye con un ritmo y un eco que dependen de circunstancias exteriores ajenas a él: de la lluvia caída o de la sequía ocurrida en esa estación concreta del año, del volumen del deshielo en las cumbres de las montañas donde tiene su origen, de los embalses y presas construidas corriente arriba, de los caudales desviados para la agricultura o la industria asentadas en sus márgenes, etc, etc. Al constante discurrir de un cauce, de cualquier cauce, no se le valora por otros parámetros que no sean el ritmo y los distintos sonidos a lo largo de su trayecto, es decir, por la musicalidad producida por sus aguas en cada momento, y ni siquiera la calidad de éstas ha de ser su aspiración fundamental: por lento y parco que sea ese flujo (sostén de la mayor o menor variedad de vida que exista en su seno), su responsabilidad básica es no detenerse, no empantanarse interrumpiendo la canción en sus orillas, donde el antedicho visitante ha de encontrar siempre y en todo caso un alivio pasajero a su cansancio, y una ayuda o apoyo gracias al que aclarar y remansar el (a su vez) río revuelto del propio espíritu, razón última por la que, transitoriamente, acudió a sentarse a su vera...
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