"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 27 de agosto de 2015

De trampas y tramposos

El esforzado estilismo, no el estilo, es la trampa de los escritores mediocres, de los presumidos, de los coquetos, de los que intentan lucirse más que comunicar, de los que se pasan horas ante el espejo revolviendo entre los afeites y los adornos comunes de su oficio antes de atreverse a salir a la calle: ellos buscan seducir a toda costa porque son dolorosamente conscientes de su escaso valor intelectual, de su profunda inseguridad que les fuerza a solicitar, antes que nada, la comprensión de los lectores, su admiración y su cariño: su amor incondicional, en suma. Ellos son de los que, fundamentalmente, necesitan ser queridos por un público en el que ven a su alma gemela siempre dispuesta a perdonarle sus defectos, a amarle a pesar de ellos, o precisamente gracias a ellos. Son de los que temen que, si se quitaran el maquillaje, la bisutería y las distintas prótesis, sus fieles les abandonarían de inmediato, aunque no sin acusarles antes de ser unos traidores fraudulentos, de haberse burlado de sus sentimientos con un engaño planeado a conciencia (se podría decir que con nocturnidad y alevosía ya que la mayoría de esos lectores tienen la costumbre de leerles al irse a la cama, o sea, de noche, cuando cualquiera se siente más débil y solo, cuando está más cansado que nunca de la vida y necesita oír una voz amiga que le haga creer que vivir no es un asco y que mañana le espera una jornada mucho más interesante y encantadora que esa maníaca actividad de abrocharse y desabrocharse los botones de la ropa en que consiste la diaria existencia de todo el mundo entre que se levanta y se acuesta). 
En resumen: los estilistas temen, sobre todo, acabar siendo víctimas secundarias de su propia trampa, y lo temen con razón porque ese suele ser el destino de todo seductor. Poco a poco van perfeccionando su máscara, se vuelven artificiales. rígidos, estereotipados. Aunque no demasiado, sólo un poco, hasta que la máscara se adapta de tal manera sobre su rostro que lo suplanta con gran éxito, con tanto éxito que, al final de este proceso de conversión, sus caras, las verdaderas, no serán ya otra cosa que meritorias caretas fabricadas con piel humana.  En este cambio suelen invertir un enorme esfuerzo de simulación y, como es lógico, su premio llega cuando no les cuesta ya ningún trabajo simular, cuando el simular es ya la única naturalidad a su alcance. Tal vez en el fondo quisieran poder romper el espejo iluminado ante el que se acicalan durante horas y horas, deshacerse de los botes de cremas y de los estuches de colorete, y hacerle un buen corte de mangas a la interiorizada imagen de si mismos que continua seduciendo a las multitudes. Pero no pueden porque ya es tarde y ellos nunca podrían escribir como boxean los rudos boxeadores que sólo tienen pegada: lanzando aparentemente los puños al aire sin ton ni son hasta encontrar la mandíbula del rival. No, ellos son de los que saben bailar sobre el ring, de los  que se mueven sin parar cambiando de posición continuamente, pero sin tratar de noquear al adversario, solamente de agotarlo hasta que tire la toalla de puro cansancio. No, ellos saben que los golpes no se pueden desperdiciar (del mismo modo, suponemos, que saben que no se deben regalar las caricias, sino venderlas al peso como hacen las putas). Y, visto que es tan poco lo que vale, hace tiempo que entendieron que han de subastar su alma emperifollada al mejor postor si quieren que alguien la aprecie. Pero se engañan, claro está, porque nadie la aprecia en realidad: sólo la compra porque comprar está de moda, es lo que se lleva, lo que hace que parezcamos "estilosos" ahora que todo estilo definitivamente parece haber muerto de éxito... Igual que ellos, sus usurpadores: ni más ni menos.

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