"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 26 de agosto de 2015

El eterno insatisfecho

La práctica de la literatura enseña, sobre todo, a no vivir del pasado pues la satisfacción por lo escrito (en el raro supuesto que nos satisfaga) tiene apenas una vigencia de minutos (o de horas en el mejor de los casos, no más).  Los franceses (un pueblo eminentemente literario formado por unos cuantos maridos y casi sesenta y siete millones de amantes) llamaron al orgasmo le petit mort en atención a la leve y pasajera angustia que les asaltaba después de hacer el amor con su vecino o vecina; pero, siendo rigurosos, la orgásmica metáfora también podría aplicarse al desmayo anímico que nos acomete a los escritores tras releer varias veces lo que acabamos de escribir. La "pequeña muerte" que sufre cada dos por tres el hombre de letras es un hecho tan extendido en el gremio que no es nada extraño que la gran mayoría de nosotros tengamos el clásico aspecto cadavérico de los amantes extenuados por el furor uterino de sus ocasionales parejas (un aspecto engañoso, naturalmente, pues de todos es sabido que la pasión amorosa de la que suele alardear esa misma mayoría no conduce al ejercicio sexual con la frecuencia deseada por ninguna persona sana y sexualmente activa). Sin embargo, a pesar de que ese poso de agonía dejado por la escritura es una constante en el gremio, pocos son los que lo reconocen franca y llanamente. Si lo hacen será de un modo notoriamente literario, no literal, ante sus lectores (como yo mismo hago ahora), pero nunca ante sus colegas de profesión porque tal cosa sería como si el propio Aquiles desvelara a gritos su punto débil a los arqueros teucros parapetados tras las murallas de Troya. Al igual que los grandes depredadores de la Naturaleza y de la Historia, nosotros no perdonamos la debilidad en uno de los nuestros, momento que aprovechamos para despedazarle en público y repartirnos fraternalmente sus despojos: como la buena familia salvaje que somos, en definitiva.  
El que el escritor no perdone la menor flaqueza en su hermano de tinta es un hecho de sobras conocido gracias a haber sido publicitado por los propios escritores. Oscar Wilde, por ejemplo, compuso un aforismo sobre el tema que es una verdadera joya en su género y que, más o menos, venía a decir que nosotros (los artistas, en general) jamás seremos capaces de distinguir y reconocer a nuestros iguales porque, sencillamente, no hay nadie que esté a ese nivel salvo nuestro ego. Bien mirado, un verdadero artista es siempre alguien que padece el síndrome del hijo único, y, en consecuencia, es incapaz de hermanarse con nadie a excepción de Dios (por supuesto, el autor del "De profundis" no lo dijo con estas palabras, pero es lo que insinuaba). De todas formas, yo no pretendía hablar de la insatisfacción de pertenecer a la clase literaria sino de la intrínseca a la tarea del escritor (aunque ya se ve que entre lo que uno pretende y lo que consigue hay una enorme distancia, lo que por otra parte constituye un nuevo motivo para sentirse insatisfecho). En realidad, y si se piensa a fondo, la única manera de que la escritura no termine defraudando sería no dejando de escribir ni por un momento: nunca, ni siquiera por la obligación de atender a los deberes fisiológicos básicos que están en la mente de todos y que no voy a citar aquí por no arriesgarme a molestar con la grosería a ciertas sensibilidades demasiado sensibles, valga la redundancia. En fin: que lo mejor sería que este texto en concreto no tuviese un final, que fuera infinito y que permaneciera inacabado mientras continua escribiéndose eternamente, algo que además de ser un absurdo sería una completa insensatez, por lo que más vale aceptar la subsiguiente insatisfacción que va a acarrearme y ponerle de una vez el consabido punto y final.

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