Si Marai está en lo cierto y "en todas las situaciones de la vida siempre amamos y buscamos a la persona diferente", entonces en el centro mismo del corazón humano se ha instalado a perpetuidad un error trágico de dimensiones épicas al entender éste que lo único capaz de darnos sentido es aquello que, en rigor y a la larga, sólo puede hacernos desgraciados. La pregunta es: ¿por qué la Naturaleza nos impide por todos los medios a su alcance, con todas sus tretas y todas sus fuerzas, la distendida armonía espiritual en el amor de quién deseamos? ¿Por qué precisamente a nosotros se nos priva de este regalo, del secreto que trae la calma y perpetúa la felicidad, a cambio de experimentar salvajemente el deseo que, por el contrario, las exprime y agota casi en seguida? ¿Es éste el primitivo pacto hecho con Dios del que hablan las religiones, o es sólo el primer y grandioso fallo evolutivo que hizo posible la Evolución?... ¿Y en el fondo qué más da de qué o de quién sea la culpa si nunca podremos desear con toda nuestra alma a la persona amiga, a la persona semejante, y apasionarnos por ella hasta perder el sueño y la razón como hacemos con toda naturalidad con ese desconocido, con ese completo extraño al que encontramos en la calle y que (de repente, sin saber por qué) nace a nuestra conciencia como un fuego desatado en nuestra habitación mientras dormíamos, fuego que luego prende en nuestro cuerpo y en nuestra mente sin que podamos sofocarlo, pues a partir de entonces seguirá ardiendo, pase lo que pase, hasta la muerte?...
No hay comentarios:
Publicar un comentario