"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 6 de agosto de 2015

Las fábulas fugaces: araña (Extracto de una entrevista con Nadie, escritor fantasma)

Reportero: ¿En qué consiste el oficio de escritor, señor Nadie?
Nadie: Escribir no es un oficio. Parece mentira que usted aún no lo sepa cuando mi madre, que es casi analfabeta, lo sabe desde que yo tenía seis años, que fue cuando empecé a escribir.

R: Disculpe pero no le entiendo...

N: Ya somos dos.

R: ¿Dos qué...?

N: Dos que no me entienden.

R: ¿Quiere decir que el escritor no es un trabajador, en realidad?
N: Usted lo ha dicho, no yo: hágalo constar. Pero, ya que estamos, le diré que no le falta razón: algo de eso hay, sí señor.
R: Veamos… Usted ha escrito en alguna parte que el escritor es como una araña. ¿Por qué lo dijo? ¿Lo dijo porque ambos trabajan fabricando, con los destilados de sus entrañas, una red en la que atrapar a sus potenciales víctimas?
N: ¡Santo Dios! ¡Qué portentosa imaginación tiene usted! Dígame: ¿no ha pensado en abandonar el periodismo y hacerse uno de los nuestros?
R: No, no quiero ser una “araña”.
N: ¡Jajaja! ¡Lástima! Le aseguro que tiene cualidades especiales para ello. Para empezar, domina a la perfección el arte de hilar las metáforas hasta conseguir que las palabras sólo valgan para colgárselas del cuello, como las medallas.
R: Bien. Y ahora en serio: ¿quiere responderme, por favor?
N: ¿Cuál era la pregunta? Disculpe pero, a pesar de ser casi un desconocido en el mundillo literario, ya estoy un poco viejo y sufro notables lagunas en lo que se refiere a la memoria inmediata.
R: Decía que en qué consiste para usted su profesión.
N: Yo no tengo profesión alguna: por eso soy escritor, ya se lo dije.
R: ¡Ah! Así que su profesión consiste en no tenerla. Bien, me parece una respuesta bastante original. La transcribiré literalmente, se lo prometo.
N: Como quiera, pero por mi puede escribir lo que le dé la gana: no pienso demandarle por difamación.
R: Un periodista que se respete a sí mismo no puede hacer eso: no puede escribir palabras que no hayan salido de la boca del entrevistado. Si lo hiciera no sería un buen profesional. 
N: ¡Ah! Entonces tampoco podrá reproducir usted mi símil de la araña porque no ha salido de la mía. No en esta ocasión. 
R: Pero en alguno de los escasos escritos que ha publicado ha sugerido usted que no es desacertado...
N: No, amigo mío: yo lo único que he sugerido es que, en cuanto animales laboriosos, ambos pertenecemos a la categoría de los tejedores. Nada más.
R: Perdone pero esa no es exactamente la verdad. Por aquí lo tengo anotado... Literalmente, esto es lo que ha dicho: "Las arañas son especialistas en no soltar el hilo hasta cerrar esa perfecta trampa de estilo que es cualquier telaraña: en comparación, la mayoría de nosotros, los escritores, no somos más que tejedores aficionados, y haríamos lo correcto si solo intentáramos copiar su técnica sentados ante nuestros propios telares”. ¿No lo recuerda...?
N: Pues no. Ya le avisé antes de que mi memoria es una calamidad.
R: En ese caso, si lo que se propone es desmentirla en todas sus partes, sería mejor dar por terminada la entrevista, ¿no cree?
N: Vale. Pero, por favor, no patalee tanto cada vez que una de mis respuestas no es de su agrado. Sé lo que intenta con eso: intenta enredarme aún más en esa otra telaraña tan pegajosa en la que, después de mucho dudar, he caído atrapado como una mosca al aceptar que me entrevistaran.
R: ¿De qué me habla...? 
N: De ustedes: de la Prensa, naturalmente. No finja que no lo sabe: la Prensa en su conjunto es otra araña a la que la gente como yo sirve de ocasional despensa alimenticia que saquear a la desesperada, cuando ya no le quedan otros recursos a los que echarles el diente.
R: Ahora que lo menciona, esa era precisamente la última pregunta de mi cuestionario: el capítulo alimenticio. ¿De qué vive usted, si no es de su literatura? 
N: No lo sé pero no me quejo.  Y menos lo haré en una revista como la suya cuyos lectores han de ser en su totalidad inspectores del Fisco puesto que, si no, no me explico que interés podría tener para ellos que yo respondiese a esa pregunta. ¡Bien, se acabó su tiempo!: ya le ha concedido el suficiente como para arrepentirme de esa pérdida el resto de mi vida. Eso sí: como su fotógrafo no se de prisa en llegar, ninguno de los dos, ni usted ni yo, vamos a salir en la foto que, sin duda, será la imagen del año a juicio de todos sus compañeros de profesión.
R: Descuide que llegará: él también es un profesional como la copa de un pino. 
N: Eso es un gran consuelo, desde luego. ¿Qué sería de nosotros sin los profesionales, verdad? ¿Sabe...? Me da pena por usted: al fin y al cabo usted es útil, no como yo, y debe resultarle doloroso tener que perder tanto tiempo con un personaje al que no reconocen ni en su casa a la hora de comer.
R: ¡Qué se le va a hacer! ¡Son gajes del oficio! Lo siento pero tengo que preguntarle otra cosa: la curiosidad es lo último que se pierde, ya sabe. ¿Tiene usted familia?
N: ¿Por quién me toma, amigo mío? Los escritores no tenemos más hijos que nuestros libros.
R (sonriendo con sarcasmo): Pues menos mal porque, que yo sepa, libros, lo que se dice libros, tampoco tiene ninguno. Eso de no tener hijos ha de ser un alivio nada pequeño en un momento como este, ¿no?... Quiero decir: cuando uno se da cuenta de que, en realidad, no es “nadie”.
N (sonriendo de igual modo, pero de oreja a oreja): ¡No lo sabe usted bien, amigo! Ser nadie es una verdadera bendición que debería probar: se lo recomiendo encarecidamente. Las personas no te saludan de buen grado y uno pasa desapercibido en todas partes, se vuelve realmente invisible. ¡Es una bendición, se lo aseguro! Además, no supone ningún trabajo desaparecer del recuerdo y la percepción de los demás: solo hay que consentir en hacerse escritor a jornada completa y no conceder entrevistas. ¡Pruebe y verá!
R (dejando de sonreír bruscamente): ¡Ah! ¡Ahí llega mi fotógrafo! Ha tenido usted suerte: al fin van a poder inmortalizarle, señor Nadie... Y eso sin necesidad de haber escrito nada que valga la pena.
N (echando a andar en sentido contrario): ¿No se lo había dicho…? No solo soy nadie, también soy un fantasma: mi imagen no se registra ni en los espejos ni el papel cuché. ¡Lo siento, otra vez será! Si antes no le devora una araña, búsqueme cuando me den el Nóbel. Adiós y buenos días.

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