"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 10 de agosto de 2015

La crucifixión de las ranas

Hoy, casi veinte años después de mi último y más sonado enamoramiento, sospecho que el del amor-pasión es un sentimiento sobrevalorado, como también lo es la juventud. Y es lógico porque ambos, amor y juventud, tienen algo en común: suelen ocurrirnos cuando aún no somos nuestros únicos dueños, cuando apenas sabemos quienes somos  y creemos que en otro está la respuesta a esta pregunta. El amor es un acontecimiento que nos sucede cuando todavía somos una potencia de futuro cuya función es construir nuevos mundos y reproducir la vida; no la de reconciliarnos con ambos, con el Mundo y la Vida ontológicamente considerados, con esa pareja de tiranos que a todos nos gobiernan y dirigen con mano de hierro hasta que descubrimos que, en realidad, hemos nacido para otra cosa (por ejemplo: para hacer las paces con nuestro propio corazón, y no para guerrear sin tregua con el de un desconocido al que antaño, cuando éramos jóvenes, creímos poder amar sincera y eternamente...). 
Para entonces, sin embargo, la mayoría se ha acostumbrado de tal modo a esa guerra que ya no pueden entenderse a sí mismos sin la lucha, sin el pelear por pelear, y por eso aducen que es posible cambiar de enemigo pero no retirarse de la pelea: son los que proclaman estar dispuestos a morir abrazados a quienes aman con todo su odio (u odian con todo su amor, tanto monta), atravesados ambos por la única espada que cuenta con dos empuñaduras enfrentadas. Ahora bien: a pasar de su extraño diseño y de sus no menos extrañas características, la espada del amor-pasión hiere y mata como cualquier otra puesto que, a fin de cuentas, se trata de un arma bien afilada, de un arma mortífera. A fin de cuentas, o sirve para abrir heridas o sirve para ensancharlas, no para cerrarlas, no para facilitar la formación de una cicatriz que las trascienda y, después de un tiempo, nos permita olvidarlas.  (La cicatriz y la espada no se pueden ver, y la prueba es que la una sólo aparece y se desarrolla en ausencia de la otra, y que la otra seguirá cumpliendo su cometido en la medida en que la una nunca llegue a completarse dando lugar a un verdadero tejido córneo). 
Cuando la herida de amor no es capaz de cicatrizar se dice comúnmente que éste ha triunfado sobre la muerte, siendo como es la muerte invencible por naturaleza. Pero es mentira porque lo que triunfa ahí no es el amor como tal, sino nuestra penosa y exacerbada sensibilidad de amantes inmortales, en definitiva: nuestro hiperexcitado Sistema Nervioso Central que continua respondiendo a ciertos impulsos incluso después de ser seccionado por la mitad, igual que el de aquella rana abierta en canal sobre la mesa de disección en nuestra antigua clase de Ciencias Naturales. O sea: que el famoso "Misterio del Amor" nunca se halla en el sentimiento que lleva este nombre, sino en el amante que lo concibe y padece, en su raza y tipo concreto de persona apasionada, del mismo modo que, para nosotros, los tiernos escolares del 2º curso de Bachillerato, no era el fenómeno de la conducción eléctrica en los organismos vivos lo misterioso en el experimento de la ranita descoyuntada, sino la graciosa manera en que aquel pequeño y patético cadáver pataleaba en cuanto le acercábamos el electrodo a cierta parte de su anatomía (creo que a la columna vertebral en la zona del bajo vientre expuesta a la vista).
Así, pues, el misterio es siempre lo que hace gracia, lo que tortura. ¿No es acaso por ello, y sólo por ello, que nunca dejará de sorprendernos y fascinarnos la forma que tiene un amante de "patalear" en  reflejo instantáneo a la aproximación accidental o intencionada de su particular electrodo: la persona amada?... (Y, no obstante, ese bichejo crucificado sobre la mesa de estudios elementales que es este mundo lleva muerto desde hace casi veinte años, y su respuesta es sólo un tic descerebrado e inconsciente que nada significa salvo que una corriente de vida circula aún por sus nervios truncados cada vez que un viejo amor se le acerca y, sin quererlo, vuelve a clavarle la oxidada espada de doble empuñadura que él jamás consiguió empuñar por el extremo que le correspondía).  

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