Es tan imposible recordar todo lo que nos pasa por la cabeza como lo es retener el agua contenida en el cuenco de una mano apretando los dedos de la misma hasta cerrar por completo el puño. No, no se puede detener ese flujo imparable como sí se puede hacer, en cambio, con las imágenes del mundo, que siempre es posible capturar en secuencias de fotogramas de forma que no haya dificultad en reconstruir posteriormente cualquier acontecimiento o paisaje memorable paso a paso, cosa que no se logra con los pensamientos o las ideas del mismo tenor que, muy de vez en cuando, atraviesan nuestra mente de parte a parte como una lluvia de estrellas fugaces en el firmamento: de éstas retenemos, si acaso, la memoria de un bombardeo discontinuo (racimo de breves destellos o minúsculos fogonazos) en el campo nocturno presidido por la estrella polar, pero no la particular trayectoria ni el grado de inclinación o intensidad de cada pequeño meteorito que, cual gotas de fuego, componen esa lluvia incandescente.
Pues bien: algo parecido me ocurre a mi al intentar recordar un pensamiento original y brillante, o una idea maravillosa y deslumbradora, que de manera súbita e inesperada (por causa de una lógica semejante a la de las órbitas siderales) cruzó velozmente, igual que la estela apenas visible de un disparo, entre las ralas neuronas de alguno de mis hemisferios cerebrales, para desaparecer a continuación sin dejar el menor rastro de su paso tras apagarse su brillo como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiera entrado en mi atmósfera vital ordinaria...
¡Ay!, me lamento ahora que, por fin, casi había logrado superar la lamentable costumbre de lamentarme: ¡cuántas veces no se habrán perdido de tal forma para mí mis ya de por si escasas posibilidades de llegar a ser un gran poeta o un gran filósofo! ¡Cuántas veces no se habrán extraviado así y para siempre los más bellos versos que jamás escribiré, o las más agudas teorías que ya nunca podré sistematizar adecuadamente para poder figurar de pleno derecho en el panteón de la filosofía universal al lado de un Platón, de un Nietzsche, de un Schopenhauer o (siendo un poco más humilde) de un Juan de Mairena cualquiera que dé clases de Retórica Avanzada (sólo a alumnos oyentes, eso sí) en un instituto de barrio de este país de "moscas perennemente cautivas en su frasco" (como definía Wittgenstein a los que no asocian el filosofar con la conquista de la libertad), donde, según los últimos sondeos, hay cerca de 45 millones de "opinólogos" y casi ningún filósofo que no haya sido antes torero! ¡Oh, sí!, de veras que lo lamento y... ¡Olé!
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