Descartado que yo pueda responder alguna vez a la absurda pregunta de por qué escribo tal vez debiera intentarlo con la otra, con la menos retórica: "¿Para quién?". La respuesta "para mi mismo" sería demasiado previsible además de inexacta, aunque no del todo falsa quizás, pues algo hay de autista en esta actividad o vicio secreto de encadenar palabras y razonamientos como quien habla a solas, igual que existe también cierto exhibicionismo en ello si se cae en la vanidad de hacerlo ante una ventana (como es mi caso al escribir en este blog). Reconocido entonces, y por más que me cueste admitirlo, que soy un exhibicionista, queda por determinar ante quién me exhibo, quién sería a mi juicio ese interlocutor invisible al que me dirijo y que para mi tiene la condición o categoría de "paciente oreja divina", ya que, a su manera, también él o ella aceptan al leerme oír la confesión de mis pecados, de mis penas, delirios y deseos, escucha que realizan, supongo, con una atención que no merezco y concediéndome incluso la absolución por anticipado.
De entrada debo admitir que no sé, en realidad, qué sexo tiene ese hipotético lector (en el supuesto que no se trate de un andrógino). Pero apuesto a que, ya sea hombre o mujer, su carácter se inclina un tanto a lo femenino, sino bastante, porque (al carecer desde mi adolescencia de un interlocutor de esa clase, de un interlocutor divino, debido a mi absoluta falta de creencias) siempre he visto en el de la mujer el rostro de lo Inefable y, a su alrededor, el aura celestial. Desconozco que significará ésto para un psicoanalista pero yo confío en que no se trate del omnipresente complejo de Edipo (asimismo tan inefable como la faz de cualquier dios), o de un larvado donjuanismo que ve en la literatura publicada en la Red sólo un pertrecho más con el que armar hoy caballero a una pobre y trasnochada Galantería Andante. Desde luego, y como vulgarmente se dice, a mi se me ha pasado el arroz y ya no estoy en edad de atacar molinos de viento ni en el mundo real ni en el virtual, por lo que no hay peligro de que caiga en tal espejismo. Lo juro: en principio, no estoy intentando ligarme a ninguna mujer al afirmar que escribo pensando en una genérica, en una mujer que también podría resultar ser un hombre y que (ya sea aparentemente mujer u hombre) tal vez ni siquiera exista. Digo solo que mi lector ideal posee un espíritu de ese signo, sustancialmente femenino en cuanto a la generosa amplitud de su sensibilidad e inteligencia, pero no en cuanto a su raciocinio o a sus valores e intenciones en general, puesto que, como todos sabemos, la virtud primordial de la mujer es activa y yo ya no estoy para bromas.
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