Hay en nosotros, los hombres, una memoria clara y cierta de lo que no existe, y es sólo por eso que soñamos, amamos y morimos: que vivimos, en definitiva. El Sueño, el Amor y la Muerte son los tres nombres propios de esa imposible añoranza que Dios gestiona como nadie en su provecho para renovar su crédito entre la especie. Así, pues, también Él (como muchos de nosotros) sobrevive a crédito, o sea: por encima de sus posibilidades. Aparte de a los teólogos, ¿no debería dar ésto que pensar a los economistas y a los políticos que hoy tienen el mundo en sus manos?... Porque, ¿qué pasaría si Dios, como tantos otros, también terminara por caer en la indigencia y, en vez de crédito, nos limitáramos a darle alguna que otra limosna, o a expulsarle a patadas de la calle en aras de fomentar nuestra buena imagen de cara al turismo? A la larga, ¿no podría conducir ésto a la bancarrota del Sistema? Si Dios se quedara definitivamente sin avales, ¿cómo se mantendría entre nosotros el nítido recuerdo de lo no existente que nos permite soñar, amar y morir con plena solvencia, es decir, sin contraer deudas impagables con la vida que hipotecarían hasta las cejas a las generaciones futuras?... Si en algo nos importa todavía lo que venga después, nuestra posteridad, el crédito no sólo debe fluir sin obstáculos en este mundo que conocemos sino, asimismo, hacia el otro al que, aún sin existir, recordamos. Está en juego nuestro destino como especie y, si fracasamos, la especie misma no tendrá más crédito que gastar, no ya en este planeta, tampoco en el Universo. Si fracasamos nos colonizarán las máquinas y entonces quedará claro que Dios no era otra cosa que ese metafórico tornillo que, según la expresión popular, pierden los hombres cuando se vuelven locos de remate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario