Nunca como ahora he vivido (al menos no de forma tan continua y con tal grado de independencia) dedicado casi exclusivamente a la escritura, sin otro afán más urgente en mi día a día que el de pasar a limpio el siempre confuso texto de mis emociones actuales y la prolija, emborronada, y no menos sempiterna contabilidad de mi pasado. No obstante como contable soy un desastre, así que, básicamente, a lo que me dedico es a anotar los sentimientos que, como los huesos que abandonamos en el plato, se han quedado huérfanos de carne concluido, o casi concluido, el "banquete del vivir". Sí, amigos: la vida para mí ha llegado ya a los postres, y como es lógico, ahora que los pasteles están sobre la mesa, mi preocupación mayor es no poder hincarles el diente por culpa de una repentina falta de apetito que vengo experimentando últimamente. (Me resisto a sacar a relucir aquí el refrán que viene al caso porque todos conocemos de sobra la malignidad intrínseca del refranero universal, pero no hay duda de que mis temores tienen fundamento pues ningún habitante del paraíso es realmente consciente de vivir en él hasta que no descubre a la serpiente, a esa mala consejera que, velocísima, se aproxima siempre reptando: como la desgana que yo padezco).
En cualquier historia, no sólo en la Sagrada, la aparición de la serpiente se justifica sólo por ese motivo: para que tomemos conciencia de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y justo por eso es necesario que aparezca: porque uno no toma conciencia de nada que no esté a punto de perder o que no haya perdido ya. Cualquier veterano consumidor de ayahuesca os lo podría confirmar: "la serpiente tiene la llave del Otro Mundo, es el San Pedro del Otro Cielo, del alucinógeno, y nadie puede entrar en él si antes no la abraza como haría con su amante más querida". Cualquiera que haya viajado más de una vez al Otro Mundo sabe que el abrazo de la serpiente es la clave que abre las puertas de la percepción. Pero igual que las abre las cierra, y cuando las cierra lo hace dando un portazo de enfado con el que clausura para siempre el paraíso, es decir: ese pequeño Edén particular que es el mundo en que se refugia cada cual.
Poder refugiarse en un mundo propio puede parecer una suerte pero no lo es (o, mejor dicho, no lo es tanto como parece). En realidad es más bien una condena porque significa cerrarse al mismo tiempo a la verdadera percepción. Y, naturalmente, esto último enfada de tal modo a la serpiente que, al cabo, no le quedará otro remedio que dejarse ver para advertirnos de que nuestro existir paradisíaco se ha acabado o está a punto de acabarse. Por eso es de temer su aparición, o sea: porque todo tiene un fin y es ella quien lo anuncia. Preparémonos, pues.
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