No es una frase hecha: realmente la vida es un viaje, y la justicia poética quiere que sólo pueda ser apreciada en lo que vale por aquellos que viajan sin parar. Entre dos aduanas no hay un instante que sea en justicia mejor que otro, ni son los múltiples destinos a elegir mejores tampoco. Se puede ir a Petra o a Jerusalen, al Kilimanjaro o a cualquier otro paraíso, siempre que se vaya con la clara conciencia de que al Paraíso se entra solamente para poder salir de allí cuanto antes. Hay tantas cosas que hacer antes de morir, tantos sitios hermosos que visitar que, si lo pensáis bien, en realidad apenas queda tiempo para quedarse en casa si no hallamos la manera de que nuestra casa viaje también con nosotros. Así pues, si yo fuese uno de esos frailes que se las dan de escritores, aconsejaría ponerle, no unas piernas al corazón, sino un tejado, y pedir que en todos los sentidos nos sea leve, más que nuestra estancia, el tránsito hacia cualquier parte a sabiendas de que nos dirigimos a ninguna.
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