Nadie lo diría porque aquí no hago sino dejar pasar las horas sentado ante una pantalla de ordenador (por tanto, en una tensa pasividad que es muy común entre los cazadores de cualquier clase y especialidad cinegética, ya cacen patos o leones), pero yo soy eso que se llama un hombre de acción (no de pensamiento) mientras oteo el vuelo bajo de una frase ingeniosa a la que, pronto, pueda abatir sin necesidad de salir a campo abierto, sin abandonar mi seguro puesto de observación donde me siento erróneamente a salvo de la salvaje e imprevista violencia de la vida, que, cuando menos lo esperas, se revuelve contra su cobarde acechador, contra el que no da la cara ni acepta entablar con ella una pelea cuerpo a cuerpo, sino que sólo la vigila y la espera sin quitarle el ojo de encima, sin hacer un ruido que le ponga al descubierto, como hacen todos los que tienen un miedo cerval a aquello que está descaradamente vivo, tanto que su aparición les parece casi insultante y por ello se apresuran a marcarle con la cruz telescópica de un punto de mira, ya que al final (y mientras no se demuestre lo contrario) quien otea en una cacería es el cíclope que mira a través del único ojo de la escopeta, no el cazador propiamente dicho, el cual tampoco es quien dispara en último extremo sino la costumbre, el hábito de apretar el gatillo cuando la pieza está lista para ser cobrada y no antes, cosa que sabe el ancestral instinto de matador que hay en nosotros, y no nuestra poca o mucha experiencia en esas lides...
No hay comentarios:
Publicar un comentario