Poseía unos ojos azules como el lapislázuli (siempre quise escribir esta palabra en un contexto apropiado y por completo honesto, y nunca había tenido la ocasión hasta ahora) enmarcados por una piel tan blanca como un bloque de mineral cuarzo. Era zurda desde niña, lo que daba idea de su sincera rebeldía, y ostentaba varias cicatrices en la cara (herencia de una adolescencia salvaje) que la obligaban a encerrarse diariamente a solas en el cuarto de baño en un rito misterioso que (por si fuera poco el que ya tenía) le otorgaba un nuevo atractivo, y que me resultaba algo desasosegante, no mucho, porque de cuando en cuando hacía unas gárgaras escandalosas y tranquilizadoras que demostraban que seguía viva y que no se estaba suicidando. La primera noche que pasamos juntos tronaba en abundancia y, sobre los montes cercanos, caían unos rayos bastante gruesos ("como los espárragos de mayor calibre", fascinante comparación que es de su total autoría, y que a mi me dejó alucinado), lo que no impidió que ella saliese a la terraza a empaparse los cabellos bajo la lluvia y a gritarle al cielo como una loca, de la manera en que debían hacerlo las brujas durante un aquelarre. Dormía encorvada como una hoz y su respiración era fuerte, pero sin llegar a roncar. Aseguraba no soñar nunca, lo que era raro porque presumía de ser fantasiosa como su abuela paterna que, según ella, había muerto por culpa de un exceso de imaginación que le llevó a creer que su marido la había envenenado con cicuta (lo mismo que habían hecho con Sócrates). Y por eso guardaba las dos calaveras de sus antepasados (la del supuesto asesino y la de la fantasiosa asesinada) en el armario ropero: primero porque le gustaba coleccionar recuerdos familiares, y segundo porque sus genes celtas no le habían permitido dejarlas a la intemperie (o sea, en la tumba) junto con el resto de sus huesos, pues como los bárbaros celtas ella semejaba practicar el culto al cráneo y adorar las cabezas cortadas que escondía en los sitios más inverosímiles (en su caso, entre la ropa interior, ya que quería tenerlas lo más cerca posible). Pero esta extravagancia no era hija de la superstición que requiere a su lado fetiches o amuletos de la buena suerte, sino consecuencia natural de su modo de amar, que iba más allá de la muerte y por eso no tenía el menor miedo, el menor escrúpulo en besar a una sucia calavera para darle las buenas noches a su querida tata antes de acostarse. Confieso que a mi este rito me incomodaba ligeramente porque lo asociaba con la plegaria intelectual del Hanlet, y porque me parecía algo tétrico en si mismo, con independencia de que planteara o no la cuestión del ser o no ser; pero a ella le daban igual mis prevenciones y mis tímidas protestas, de las que se reía sin contención alguna mientras, en mi honor, consentía en volver a sepultar a sus abuelos bajo el montón de bragas y sostenes que guardaba en el tercer cajón del armario, justo encima de las medias y las camisetas. Entre ella y yo las cosas se pondrían tensas enseguida porque yo no la amaba más que con esa inclinación efímera que, brevemente, nos presta la curiosidad o el asombro, y no con la pasión que nos impone el corazón soberano con sus ciegas elecciones. Pero, aún así, nunca pude olvidarla porque era tan hermosa como lo es la verdad desnuda, y desde ésta y otras páginas procuro darle siempre que puedo las gracias por haberse presentado en mi vida como se presentan los milagros: sin avisarnos, sin al menos haberlos reclamado conscientemente, y, lo que es peor, sin que apenas podamos creer en ellos hasta que ya es tarde, hasta que sus pruebas ya han desaparecido y de su realidad sólo queda una memoria débil y dubitativa que no podremos reconstruir por más que lo intentemos, como tampoco podemos hacerlo con las escenas de ese sueño que casi no sabemos si hemos soñado o no...
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