Cada mañana vuelvo a enfundarme mi piel, mi nombre y circunstancias, mientras arrastro los pies hacia la taza de café amargo que me devuelve poco a poco a la plena conciencia de mi vida, a la propia identidad brevemente suspendida durante el sueño, mientras tomo de nuevo el débil pulso de la persona que soy y otra vez me preparo para enfrentarme al íntimo desafío de sus rutinas, como quien se dispone a acudir de nuevo a un trabajo mal pagado y aburrido en el que jamás podrá realizarse, ni, al menos, sentirse momentáneamente satisfecho por compartir el destino de sus compañeros, de otros que son como él. Cada mañana emerjo del sueño con el peso de esta añoranza sobre mis hombros, la de poder compartir con alguien palabras, opiniones, necesidades y deseos, la de sentirme igual a otro que sea efectivamente como yo, no idéntico sino afín a mis intuiciones y anhelos, capaz de apreciar y valorar la originalidad de unas y la imposibilidad de los otros sin que ello le cause ninguna molestia o desazón y sin que, para preservar su propia visión del mundo, se vea obligado a ponerme continuamente en entredicho. Confieso que soy víctima de esa equívoca nostalgia de otro ser que nos duplica proponiéndose a nuestra imaginación como nuestro doble, como aquel al que hemos buscado sin descanso desde que, al perder la infancia, perdimos la inocente integridad de nuestro yo, que (fundido en un indiferenciado abrazo con la Naturaleza) no advertía aún la radical orfandad padecida en secreto por cada hombre, ni menos podía comprender todavía que es ese huérfano que cada cual lleva dentro el que siempre necesitará enamorarse de sí mismo en la mirada de un extraño, en un reflejo suyo que él rescata del fondo de unos ojos que son, en el fondo, impenetrables, pero en los que se ve con toda claridad, como en un espejo vivo. Confieso, en fin, que me siento solo, aunque no "solo como un muerto" porque los muertos nada son capaces ya de sentir, siendo esa su única ventaja: la ventaja que casi ningún vivo les envidia. (Por supuesto, yo tampoco, pues sigo queriendo vivir a pesar de estos desagradables despertares en mi propia y exclusiva compañía).
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